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Cuento de Lobos

Gregorio Martínez Sierra

 

En las cabañas, cuando es invierno, cuentan cuentos las viejas al amor de la lumbre; escápanse los tales por la chimenea, cabalgando en el humo, y, vanse al bosque; pero el bosque está frío, y los lances narrados por las abuelas se convierten en témpanos de hielo, que cuelgan del ramaje desnudo. Callados se están inmóviles, mientras duran diciembre y enero; pero al primer sol de la primavera temprana deshiélanse y dejan escapar las palabras que dijeran hazañas estupendas.

 

Entonces, por los bosques revolotean las consejas, pero sólo los poetas las oyen. Yo oí en una primavera este cuento de lobos: Éranse que se eran cuatro lobos, lustrosos de pelaje, que su buen diente y mejor astucia nunca dieron lugar a escaseces en el mantenimiento, de esas que despeluzan la piel y afilan los huesos. Carretera abajo iban camino de su guarida una noche de enero, clara como un diamante.

 

- Hace frío, dijo el lobo más viejo, sacudiendo la pelambre, para dejar caer las saetillas de escarcha que en ella se prendían.

 

- ¡Frío!, dijeron, como un eco de tres voces, los otros tres.

 

La carretera parecía sembrada de polvo de estrellas, y los olmos de la cuneta pintaban sombras quietas y recortadas; el cielo era luz y la tierra espejo, y entre cielo y tierra paseaba la señora Luna su rostro enyesado lleno de ironías.

 

Pasaron el puente; el río lloraba porque los álamos de la orilla se habían quedado sin hojas. Más allá del puente se alzaba una ermita, y junto al pórtico crecía un ciprés.

 

La Virgen velaba en su hornacina, mirando un lucero que brillaba en el aire. Del pórtico al paso de los lobos, suscitóse un sonido; era como una voz queda y silenciosa.

 

- ¿Habéis oído?

- Es la voz de la noche.

 

Volvió a sonar la queja más aguda, como cristal que se quebrase.

 

- Algo se mueve debajo del ciprés.

- Acerquémonos.

- ¿Será un cordero?

 

Era una niña.

 

Es de advertir que aquella noche iban los lobos hartos.

Bien-Hallada creció en la guarda de los lobos, plácidamente como si perdurase sobre su espíritu la calma de aquella adamantina noche de enero. Tenía el pelo oscuro con reflejos azules, como las sombras que pinta la luna sobre la nieve y, tenia el mirar contemplativo como la Virgen de la hornacina.

 

Los padres lobos, hablando de ella, cabeceaban orgullosamente.

 

- Es morena, decían, como espiga madura.

- Y han nacido colores en su rostro, como amapolas en campo de tigo.

- Y suena su voz como agua que corre.

- Y cuando se ríe, es como si de noche saliera el Sol.

- ¿Habéis visto una chispa que se enciende en sus ojos cuando empieza a hablar? Es como resplandor de hoguera lejana.

- Y es nuestra hija.

- Y nos quiere con todo su corazón.

- Y aborrece a los hombres que renegaron de ella.

- Yo le he traído, dice el lobo más joven dos corderos que robé en la majada: rastro de sangre venían dejando en el camino, y aún estaban calientes cuando se los di.

-Yo le he traído fresas del bosque y violetas, dijo el más viejo.

 

El joven se burla.

 

- ¡Violetas tempranas!

- Has de saber, replica el viejo, que al mirar tus corderos, lloró, y gustando mis fresas y aspirando el aroma de mis flores, se echó a reír.

- ¡Violetas tempranas!..., sigue el joven la burla y el viejo se enfurece.

- ¡Paz, paz!, dice la voz cristalina de Bien-Hallada.

 

Me gustan los corderos y las flores, porque son vuestros y son para mí.

 

Y acarician sus manos halagadoras el lomo erizado de sus padres lobos. Los cuales, cuando llega la noche, como viejas nodrizas, inventan consejas para adormecerla, mientras en el hogar chisporrotea el tronco, y en el cañón de la chimenea aúlla el vendaval de sus hazañas.

 

* * *

 

Es en el bosque y es en primavera.

Los padres lobos tienen consejo.

 

- Bien-Hallada está triste.

- Muy triste; ayer la ví peinarse a orillas del arroyo y caían sus lágrimas en la corriente.

- ¿Lloraba?...

- Y llora de noche, cuando la luz se apaga y cree que nosotros estamos dormidos.

- Ha soltado el jilguero que tenía en la Jaula…

- Sí, y al soltarlo dijo...

- No sé, una palabra que era como una música y que yo no entendí. No era mi nombre ni vuestros nombres.

 

Los lobos meditan, después corren al monte, descienden al valle y entran en la ciudad en busca de regalos para su hija. Está la guarda repleta de blancos vellones, de carnes sangrientas, de flores y de frutos. A cada hora traen los lobos solícitos un nuevo dón. Bien-Hallada sonríe.

 

- Gracias, mis padres lobos, dice tristemente.

 

Y los padres lobos cuando llega la noche y ella llora, amparada en las tinieblas, lloran también oyéndola llorar.

 

* * *

 

Es la mañana radiante del primer día de verano.

 

- ¡Bien-Hallada!, grita al despertar el lobo viejo.

- ¡Bien-Hallada!, repiten sus hermanos.

 

Bien-Hallada no está. Buscan los lobos en la guarida.

Bien-Hallada no está. Corren al monte, vanse al arroyo, intérnanse en el bosque… Bien-Hallada  no está.

 

- Nos la han robado, dice el viejo.

- Yo la encontraré, grita lleno de rabia el lobo joven. Y parte.

 

Llegada la noche, vuelve satisfecho.

 

- Sé donde está. Seguidme.

 

Es noche oscura y tibia: cantan los grillos y las cigarras y huele a madreselva y jazmines.

 

Pasan los lobos por la era; un perro ladra, los labradores duermen, pero uno desvelado, canta una copla. Refulgen las estrellas como ascuas. Pasadas las eras, entran en el pueblo: parece que las calles se han dormido. Hay una plaza sobre la cual una ventana abierta manda un rayo de luz; entre los hierros de la ventana, hay rosas y claveles. Dentro suena la voz de cristal.

 

- Es Bien-Hallada.

- Y es el que se la robó.

- Devorémosle.

- Oíd, dice el viejo.

Y oyen que Bien-Hallada dice al robador:

- Eres mi vida.

 

* * *

 

Los lobos vuelven melancólicamente, barriendo el suelo con sus colas. Ha salido la luna.

 

- Como esta era la noche en que la hallamos.

- Pero era invierno.

- Verdad: era invierno.

 

Pasan por el puente, sobre el río.

 

- Debimos devorarle.

- ¡Devorarle! ¿Y cómo? ¿No oíste que le dijo Bien-Hallada: “¡Eres mi vida!”?

- Vamos a casa.

- ¡A casa! ¡Qué contenta estaba!

 

Pasaron la ermita: la Virgen seguía contemplando el lucero.

 

- Aquí.

- ¿Dónde vas tú?

- Voy a traerla. ¡Es nuestra hija! No quiero que ese hombre se la lleve.

- Calla, hermano, calla. ¿No ves que ella es feliz?

 

Así los lobos departían tristemente, bajo la luz de plata que iba dejando caer la luna.

 

Cuento de Lobos / Cuento de Gregorio Martínez Sierra, escritor español.

 

El anterior cuento solía contárnoslo mi papá a mi hermana y a mí cuando estábamos chicos.

Nos deleitaba oírlo al contarnos dicho cuento, al igual que algunos otros relatos y poesías.  

 

Federico Ortíz-Moreno, L.Ps.                           

 

           

 

Gregorio Martínez Sierra. Escritor espaoñol (Madrid, 1881-1947), entre sus obras está “Canción de Cuna” y “El Reino de Dios”.

 


 

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