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Carta al pequeño príncipe

Chayo Uriarte

 

“Uno corre el riesgo de llorar un poco
si se ha dejado domesticar”

 

A Manuel Iván, El Principito
(El Pequeño Príncipe, Saint-Exupéry)

 

 

Soy “persona mayor”; tú bien lo sabes, Principito.
Las personas mayores no entendemos.
Somos extrañas a nosotras mismas,
vanidosas y torpes.
Nos creemos importantes
y no tenemos tiempo de conocer nada,
y no estamos contentas donde estamos.
"Tan sólo los niños saben lo que buscan".

Tú, por ejemplo, Principito,
habitas tu pequeño planeta luminoso
y amas tu flor insólita,
y la cuidas y preservas del viento y de las fieras,
y sabes que nunca será efímera
porque te basta levantar los ojos de verde primavera
y envolverla con la luz de tu mirada para sentirla eterna.

Nosotros, los mayores, somor raros,
buscamos los caminos que conducen al hombre,
los caminos de los hombres terrestres,
y más solos estamos,
sin pensar un solo instante
que los ojos son ciegos
y que sólo a través del corazón se mira
la belleza invisible.
Y miramos con palabras estériles o muertas,
porque jamás las impregnamos
de entrañable ternura desde su nacimiento.

Tú no hablas, tú no explicas, Principito,
porque todo lo aclara tu armonía.
Tú preguntas con un suave sonido misterioso,
pero nuestras respuestas no se acercan
a la sabiduría de tu pureza.

Ahora no sabría decirte qué sentimiento me conmueve,
sólo sé que estoy lejos
y que contemplo estremecida
una “puesta de sol” y una estrella
que tiene un pequeñito hueco
parecido a tu forma de espiga dulce y frágil
y un hilo luminoso que desciende a la tierra.

Y es que por él, tú bajaste, Principito,
a nosotros, las personas mayores.

Sé indulgente conmigo.
Trataré de explicarte
con palabras vulgares,
ésto que me sucede,
desde que te conozco.

Con palabras vulgares,
porque no tengo, como tú,
la magia que emana de tu risa,
de tus ojos de ensueño,
del prodigio total de tu presencia.

¿Sabes? Yo nunca he sabido antes de ahora,
la intimidad amable de una sola palabra;
la significación de ser “lo único en el mundo”
cuando se “domestica” a un ser humano,
cuando por el amor se “estrechan los lazos”,
como dijo la zorra.

Escucha Principito,
entiende Principito.
Tú me has domesticado.
Entonces, aunque siga siendo una persona mayor,
que nada entiende,
de pronto se derrumban
los últimos baluartes
que amurallan mi alma
y se queda desnuda a la intemperie,
con todos sus sentidos alerta,
descubriendo feliz algo de tí,
en el temblor del viento que musita tu nombre,
en el color del agua que dibuja tus ojos,
en el vuelo del ave que recuerda tus manos,
en la estrella que miro
y que derrama sobre mi frente obscura,
tu claridad gozosa.

Y soy un poco niña, junto a ti, Principito.
Un poco niña sin ti y a la distancia,
porque cuando me acosa la sed en el desierto,
en el que a veces me pierdo,
qué grato es el encuentro del pozo sorprendente,
y qué buena es el agua
para el exhausto corazón reseco.

Ahora tengo mi estrella que sonríe con tu risa sonora,
y todas las estrellas donde envías a danzar tus cascabeles

No importa que en las tardes me lastime
una puesta de sol, sin tu mirada;
sin que gocen mis brazos
tu leve peso de temprana espiga;
no importa, Principito,
si corro el riesgo de llorar un poco,
porque siendo persona mayor, que no comprende
las importantes cosas de los niños,
tan dulcemente me has domesticado

 

Invierno, 1970.

 

Manuel Iván, El Principito / México

 

 

 

Y recostado sobre la hierba, lloró...

 

  

Carta en respuesta al libro "El Principito" de Antoine de Saint-Exupéry  / Escritor francés.

Esta carta la tomé hace tiempo del periódico “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L. México.

      El nombre de esta persona es Chayo Uriarte de Guadalajara.

 


 

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