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Grandes Personajes

 

 

Nicolás II de Rusia

 

Federico Ortíz-Moreno *

 

 

Hombre de noble familia, importante soberano ruso que viviera el fin a una etapa de gloria y grandeza.
Personaje de gran relevancia que nos habla sobre su vida y su gobierno. Eminente miembro de la familia
imperial que ocupa un destacado lugar en la historia. Él fue el último de los zares: Nicolás II de Rusia.

 

 

 

  

La verdadera historia

 

No siempre se cuenta la verdadera historia. Muchas veces he dicho que la historia la escriben los vencedores y siempre -o casi siempre- éstos se complacen en mentir y hacer ver las cosas de una manera distinta a como sucedieron y a la forma que les es más conveniente para ellos.

 

Claro, no todo es falsedad; pero ¿quién pudiera asegurar que lo «cierto» es verdadero, y lo «falso» es mentira? De ahí a que muchos de los hechos parezcan paradójicos, increíbles, vanos o presuntuosos. La «verdadera verdad» nunca se sabrá, aunque sí se podrá suponer; y aún esto con considerables reservas.

 

Hoy tocamos un tema -al menos para mí- bastante interesante. Se trata de la vida de un hombre y su familia, aquellos que fueron los últimos exponentes de la dinastía Romanov. Él, el último de los zares; su familia, principales víctimas de la revolución rusa. Todos ellos relacionados a una sola persona: Nicolás II de Rusia.

 

 

Todo entre familia

 

Se ha escrito y hablado mucho de los zares. Se sabe que de ellos dependía el nombramiento de todos los ministros, funcionarios, recaudadores de impuestos y hasta policías. La mera verdad, no existía parlamento. El pueblo no tenía voz ni voto; en pocas palabras, el zar era omnipotente. Hoy, los tiempos no han cambiado mucho; y no me refiero propiamente a Rusia. Me refiero al caso específico de México, por más que los lidercillos tricolores, azules, verdes o rojos digan todo lo contrario. Pero las cosas siempre han sido así. Vemos los errores (horrores) y seguimos viviendo en ellos y para ellos.

 

 

El pequeño Nicolás

 

Nicolás nació un 18 de mayo de 1868, y fue el hijo de Alejandro III quien gobernó Rusia de 1881 a 1894 y de la emperatriz María Fiodorovna, quien antes de ser zarina de los rusos había ostentado el título de princesa Dagmar de Dinamarca. Por línea directa, Nicolás era descendiente legítimo de la familia Romanov que había manejado los destinos de Rusia desde 1613.

 

En realidad, los rusos siempre han estado emparentados con familias de occidente. Por ahí han pasado familias de países occidentales tales como Francia, Alemania, Austria y otros tantos más. Recordemos que las familias se unían (como hoy lo siguen haciendo: ver simplemente el caso de Monterrey) para acrecentar poder, lujo, riqueza, nombre y prestigio.

 

 

Siguiendo la línea

 

La familia Romanov era poderosa. Nicolás, al ser el hijo mayor le correspondía el privilegio, a la muerte de su padre, convertirse en zar de todas las Rusias y ceñir la corona como todo un soberano. En su familia tenía como hermanos a Xorge, Xenia, Niguel y Olga.

 

Por otro lado, su padre había dedicado trece años de su reinado a aplastar toda clase de oposición a la autocracia. Su poder era absoluto y se le veía con temor. De él dependían, de hecho, casi todos los nombramientos, desde ministros y funcionarios, hasta recaudadores de impuestos y policías. No existía el parlamento. El pueblo no tenía ni voz ni voto. En pocas palabras, su poder era absoluto, casi omnipotente.

 

 

La vida del pequeño Nicolás

 

No se tienen muchos datos (al menos extenuantes) acerca de la infancia de Nicolás II. Lo que sí se sabe es que, por encontrarse su padre Alejandro III muy ocupado en las funciones del reino, era su madre, María Fiodorovna, quien atendía a sus hijos, supervisaba sus estudios, les daba consejos y mantenía con ellos frecuentes charlas maternales.

 

Se dice que tanto Nicolás como sus hermanos fueron tratados con suma sencillez. En los primeros años, el futuro zar de Rusia recibió educación por parte de profesores particulares en materias tales como historia, geografía, idiomas y hasta baile! Sin embargo, a pesar de todo esto, es de destacar que su padre, Alejandro III, nunca se preocupó por enseñarle a su hijo tan siquiera las nociones más elementales de cómo gobernar o dirigir un pueblo.

 

 

El joven Nicolás

 

Cuando se es joven se hacen muchas cosas, más aún si se tiene dinero. Lo que se esperaba de él, era lo que hacía: A los 21 años Nicolás llevaba el género de  vida que se esperaba de un heredero al trono: patinaba con sus hermanos y amistades, montaba a caballo, asistía a cuanta reunión social se presentaba y, como casi todos, veía muy lejano el día en que estuviera manejando los destinos de su patria.

 

En 1890, cuando ya era oficial, conoció a la bailarina Matilde Kschesinska, quien no obstante saber lo imposible de sus anhelos, se enamoró del zarévich; y aunque a Nicolás la chica lo atraía, él solo tenía pensamientos y mirada para Alix Victoria Elena Luisa Beatriz, princesa alemana de Hesse-Darmstadt, nacida el 6 de junio de 1872 y nieta de la reina Victoria de Inglaterra, y a quien había conocido tiempo atrás, cuando él tenía 16 y ella 12 años.

 

 

Nicolás sube al poder

 

Y así pasan las cosas. Cuando menos uno se lo espera, viene la muerte. Contra todo lo que podía esperarse, debido sobre todo a su excelente estado de salud, un día, el 1º de noviembre de 1894, Alejandro III murió repentinamente.

 

Contaba apenas 49 años. Su fallecimiento sobresaltó a toda Rusia, y, por supuesto, a toda la familia, especialmente a Nicolás, que por ese entonces tenía 26 años de edad. Así, mientras los cañones retumbaban con sus salvas en honor al desaparecido zar, un sacerdote ortodoxo, con vestiduras doradas, pronunciaba un juramento de obediencia a su nueva majestad, el zar Nicolás II. Sin embargo, la nueva pareja gobernante no sería coronada sino hasta el 26 de mayo de 1896, en Moscú.

 

 

El matrimonio de Nicolás y Alejandra

 

A fin de cumplir los requisitos que todo emperador debía de reunir, Nicolás decidió casarse. La muerte de su padre estaba reciente y a él le faltaba mucho por conocer. Su esposa Alix, quien tomó el nombre de Alejandra Fiodorovna también le faltaría mucho por aprender.

 

Alix tenía que cambiar de religión y esto le llevó bastante tiempo. Pero lo cierto es que su gran amor a Nicolás le ganó la partida al fanatismo religioso. Luego, por ser de origen alemán, pueblo enemigo de Rusia durante siglos, Alejandra tuvo, desde su compromiso, por su matrimonio y durante el tiempo que gobernó, muchos enemigos.

 

Había gente que no la podía ver (y no se trataba de que fueran ciegos). Tenía enemigos por todas partes. La tachaban de espía, ladrona, ambiciosa, acomodaticia, atrevida, intrigante, disociadora y muchos otros adjetivos más. Del matrimonio entre Nicolás y Alejandra nacieron cinco hijos: Olga, Tatiana, María, Anastasia, y Alexis. Este último, heredero de la corona (ya que fue el único varón), sería, por azares del destino, el iniciador de la dinastía de los Romanov, pues había nacido con una enfermedad sanguínea incurable: hemofilia.

 

 

Nicolás II, el zar

 

No pudiera decirse que Nicolás fuese el mejor de los zares. Había llegado al trono sin la menor experiencia en cuestiones de mando o de gobierno. Desde un principio se vio forzado a aprender todo sobre la marcha. Al principio estuvo bajo la influencia de la madre, sus tíos, su tutor y otra gente más, hasta el punto que sus detractores llegaron a decir que Nicolás II no tenía voluntad propia.

 

Uno de sus allegados, el gran duque Alejandro, primo del zar, diría, refiriéndose al soberano que Nicolás había pasado los primeros diez años de su reinado sentado frente a un escritorio, escuchando casi temerosamente las voces de sus poderosos tíos, Vladimir, Alexis y Sergio, quienes pontificaban todo lo que el zar decía y aplaudían, en forma casi ensayada (tipo PRI) todo lo que el de arriba decía.

 

 

Los primeros problemas

 

Nicolás era un hombre noble; sin embargo, sus allegados, eran todo lo contrario: sumamente ambiciosos y con unas ansias de poder que caían fuera de todo prejuicio. Entre 1894 y 1904, su primo, el káiser Guillermo II de Alemania, manipuló la política rusa de relaciones exteriores y fue «gracias a él» que Rusia y el joven zar sufrieran su primera amarga derrota.

 

Guillermo II había convencido a Nicolás de que su imperio debía de conquistar Corea. El zar hizo caso; sin embargo, el avance ruso sobre este territorio hizo inevitable la guerra contra Japón y A Rusia le tocó «las de perder». Mientras tanto, a la vez que Nicolás II saboreaba el trago amargo de la derrota, una nueve crisis se estaba dentro del pueblo ruso. Sus habitantes estaban hartos, cansados de tanta autocracia, tanta burguesía; pero, sobre todo, del ignominioso trato que recibían los campesinos.

 

 

¿Cómo fue su gobierno?

 

No podemos decir que el gobierno de Nicolás II haya sido fuerte. Es más, muchos llegaron a decir que no hubo ni siquiera un tal gobierno. El poder no existía. Había muchas cosas que se le criticaba, entre ellas su incapacidad en asuntos políticos; su manera tan ingenua de cómo se dejaba convencer por sus consejeros, sobre cualquier tema que fuera, que era de llamar la atención; y su desconocimiento de los problemas más urgentes del pueblo ruso.

 

Por último, estaba también un apego desmedido o exagerado a su esposa y sus hijos. Todo esto en desmedro de su propia patria que él manejaba como por inspiración divina. En suma, su gobierno no era nada fuerte. El, en sí, no era malo, al contrario, muy noble, o demasiado bueno o débil de carácter. En verdad nunca aportó soluciones a los asuntos difíciles, pues todo lo dejaba en manos de sus ministros.

 

 

Todo se viene abajo

 

Empezaban a surgir por esa época, inicios del siglo XX, tres personajes que harían tomar rumbos diferentes al zar, a su familia y, en general, a todo el pueblo ruso. Estos hombres serían: Grigori Efémovich, mejor conocido como Rasputín; Vladimir Ilich Ulianov, conocido como Lenin; y Alejandro Kerenski.

 

El descontento se estaba dando y éste iba en aumento. Las marchas y manifestaciones se dejaban sentir por todas partes. Todo terminó en el conocido «domingo sangriento», un 22 de enero de 1905, cuando más de 200 manifestantes fueron masacrados por órdenes de los ministros leales al zar Nicolás II. Este era tan sólo el comienzo...

 

 

Lenin y Kerenski

 

Valdimir Ilich Ulianov, quien adoptó el pseudónimo de Lenin, había nacido en Simbirsk en 1870, y su convicción revolucionaria se había iniciado a raíz del fusilamiento de su hermano, acusado de haber participado en un complot para asesinar a Alejandro III.

 

Alejandro Kerenski, otro de los revolucionarios, también había nacido en Simbirsk. En 1899 había llegado a San Petersburgo para estudiar en la universidad. Poco a poco Kerenski fue tomando partido por la onda agitación juvenil, las reuniones de masas y las huelgas. Pero, entre Lenin y Kerenski había también sus diferencias, detalles y puntos, los cuales, años más tarde se dilucidaron a favor del primero.

 

 

Rasputín en palacio

 

Ya había comentado que el hijo de Nicolás II había salido hemofílico. Muchos médicos habían visitado el palacio, tratando de aliviar la enfermedad de Alexis. Hasta que un día llegó a las puertas del recinto del zar un monje campesino llamado Rasputín.

 

El 1º de noviembre de 1905 era presentado en Zarskoie Selo era presentado en palacio este hombre barbudo cuyo verdadero nombre era Grigori Efímovich, y que la historia conoce mejor como el monje loco, Rasputín, quien no sólo había despertado la curiosidad y admiración entre el pueblo por las profecías que hacía, sino por su forma y habilidades para tratar a los enfermos.

 

 

El monje Rasputín

 

Suciamente vestido, con cabello y barba que daban asco, con modales soeces (nada diferentes a los que acostumbran nuestras actuales clases privilegiadas), lenguaje profano y costumbres vulgares, se enteró de lo sucedido al zarevich (primogénito, hijo del zar) solicitó que se lo dejaran ver a solas.

 

No había pasado mucho tiempo. Rasputín salió al poco rato de la habitación y dijo que el niño sanaría. Dicho esto, se retiró. A la mañana siguiente, Alexis daba claras muestras de recuperación. ¿Que qué fue? ¡Sepa! ¿Hipnotismo? ¿Magia? ¿Alguna técnica médica desconocida hasta ese momento?

 

Se supone que haya sido hipnotismo. Lo cierto es que a partir de entonces el gran Rasputín empezó a gozar de privilegios. Desde ese día la zarina quedó convencida de que los poderes de Rasputín eran de origen divino y comenzó a pedir tan asiduamente su presencia, que el discutido monje se convirtió, a la postre, en un residente más del palacio, con todos los beneficios y prebendas que tal categoría le proporcionaba.

 

 

Rasputín en el gobierno

 

Una vez teniendo a su favor el respaldo de la zarina, lo mismo que el soterrado (aunque de hecho total) apoyo del zar, que la complacía en todas sus inquietudes, Rasputín comenzó a manejar la situación a su antojo. Y, como la mayoría de los ministros de Nicolás II no sólo despreciaban al monje, sino que no podían entender por qué le permitía que influyera en asuntos del gobierno, pensaron en eliminarlo.

 

Rasputín se había opuesto a la guerra con Alemania y pugnaba por una paz separada con los germanos, cosa que no podía aceptar la burguesía rusa, comprometida con Francia e Inglaterra. Y como todas las insinuaciones de Rasputín eran apoyadas por la zarina, la clara ineptitud del zar, como estadista, se deja ver en toda magnitud. Con este comportamiento, era como si hubiese firmado su propia sentencia de muerte.

 

 

La guerra contra Austria

 

A Nicolás II le había faltado mano dura. Luego quiso enderezar las cosas, pero ya no se pudo. Después del asesinato del archiduque de Austria, Francisco Fernando, en Sarajevo, Yugoslavia, el 28 de junio de 1914, se desencadenó la Primera Guerra Mundial.

 

Ciertos problemas habían surgido entre Rusia, Austria y Alemania. Se cruzaron cartas y telegramas entre Guillermo II y Nicolás II de Rusia, cada uno de ellos, a su modo, tratando de evitar el enfrentamiento. Todo fue inútil. El 2 de agosto de 1914, ante la Plaza del Palacio de Invierno, colmada de gente, Nicolás II lanzó la proclamación formal de hostilidades.

 

 

Problemas y más problemas

 

El 29 de diciembre de 1916, «el amigo», como llamaba la zarina a Rasputín, fue asesinado por el príncipe Félix Yusopov y tres nobles más. El dolor que esto produjo a la zarina fue tremendo. A parte, la esposa del zar tuvo que soportar una serie de acusaciones y diatribas por parte de sus opositores, quienes a voz en cuello aseguraban que ella había sido la amante de este que llamaban «vulgar personaje».

 

El 17 de marzo cayó Petrogrado. El avance de los revolucionarios había sido devastador. Sin embargo, esto como que a Alejandro no le preocupaba mucho. En una de sus cartas que escribiera a la zarina se detalla algo sobre la situación y le dice: «Me dedicaré a jugar dominó en el tiempo libre». ¿Cómo es posible, se pregunta uno, que en situaciones tan difíciles y delicadas haya hecho esto? (Aunque quién sabe si tuviese la razón. ¡Al fin, para qué preocuparse!).

 

 

El final

 

Viéndose perdido y abrumado por una fuerza tan contundente y avasalladora que el pueblo mismo iba adquiriendo, bajo la mano guiadora de Lenin, por un lado, y de Kerenski por el otro, Nicolás II toma la decisión que creía era la más acertada: abdicar. Primeramente le aconsejan que lo haga a favor de su hijo Alexis; pero Nicolás no podía dejar el gobierno en manos de un hijo hemofílico. Es así como a pensamiento de él mismo e insinuación de otros, el zar abdica a favor de su hermano Miguel. No obstante, había un «ligero» problema. Nadie quería otro Romanov en el poder.

 

 

Detención, cárcel y muerte

 

Los que quedaban estaban divididos. Unos querían preservar la vida dl zar y toda su familia; otros más querían encarcelarles y darles muerte. Instalado el Presidium del Consejo de Diputados, Obreros, Campesinos y Guardias Rojos, dependiente del poder de los soviets, se decidió fusilar al zar y su familia cuanto antes.

 

El 16 de julio de 1918 un contingente de revolucionarios, comandados por Iakob Iurovski, ordenó a la familia imperial que cambiaran de habitación. Llevados a un pequeño sótano de la casa de Ekaterinburgo, donde se encontraban, permanecieron ahí unas cuantas horas.

 

De pronto, un escuadrón entró de improviso. Un grupo de soldados irrumpía en forma precipitada. Todos armados rodearon al zar, la zarina y sus hijos. Al ingresar al cuarto, Iurovski dijo unas palabras a Nicolás e inmediatamente después disparó a su cabeza. En seguida los demás miembros de la familia cayeron acribillados por las balas de los fusiles y pistolas.

 

Nadie se había salvado (aunque se dice -y esto no está plenamente confirmado- que se salvó una de sus hijas, Anastasia, la más chica, a quien creyeron muerta, debajo de los cadáveres de su padre, madre, hermanas y hermano; quien luego tomaría otro nombre, escaparía, y luego de mucho tiempo emigraría a los Estados Unidos donde residiría hasta hace poco -hará unos tres o cinco años- fecha en que muriera).

 

Todo lo anterior, según una increíble historia, llevada ya a las pantallas. Algo que bien pudo ser cierto, pues la realidad va más allá de la ficción. Mientras, la vida de Nicolás II de Rusia, el último de los zares, es recordada ahora por nosotros, aquí, en esta serie de ¡Grandes Personajes!

 

 

Artículo aparecido en el periódico “El Porvenir” de Monterrey, México, el 10 de septiembre de 1990.

 


 

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