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Grandes Personajes

 

 

Nerón

 

Federico Ortíz-Moreno *

 

 

Músico, poeta y loco. Hombre conocido por su crueldad, su cinismo y su diabólica forma
de gobernar. Emperador romano que ha pasado a la historia por su nefasta y siniestra
manera de proceder. Loco, infantil o ingenuo, él fue Nerón
.

 

 

 

  

 

Rumbo a las gradas

 

La gente se aprestaba al gran evento. A un espectáculo al que también ellos (los supuestamente «cuerdos») acudían a ver. El circo se encontraba completamente repleto. Colmado de delirantes espectadores, los asistentes estaban esperando a presidir las luchas de esas tarde.

 

Y de pronto apareció el emperador. Subió al balcón y se mostró ante la concurrencia. La ovación no se hizo esperar. De repente, a una señal, allá abajo, en la arena, se abrieron las puertas del foso que daban al proscenio.

 

Las rejas quedaron abiertas. Subieron las puertas y de su interior salieron cuatro hombres, dispuestos a cualquier cosa con tal de conservar su vida. Uno llevaba un tridente y una enorme malla; otro estaba provisto de una corta, pero afilada espada; el tercero blandía orgulloso un enorme mazo con púas; el último sólo portaba un escudo que le cubría buena parte de su cuerpo.

 

Eran cuatro hombres que tenían una sola cosa en común: un semblante pálido con el temor reflejado en sus miradas. Los cuatro se miraban detenidamente, de pies a cabeza, con suma desconfianza. Muy pronto se trenzarían a lucha entre los cuatro.

 

Antes, tenían que caminar hacia el palco principal. Caminaban a tres metros el uno del otro. Luego, ya alineados frente al palco de honor, el palco del emperador, gritaron al unísono el saludo acostumbrado por los gladiadores: «Ave, César; quienes van a morir, te saludan».

 

La frase estaba dicha. En seguida, a una señal del palco, los cuatro hombres se trenzaron en lucha feroz, el uno contra el otro. Era una lucha de todos contra todos. Los golpes iban y venían; el choque de las armas retumbaban en el gran coso.

 

El tiempo transcurría. Los hombres parecían agotados, sus carnes desgarradas y la sangre pintando de rojo la arena del redondel. El primer hombre cayó, quedando tres solamente. No pasó mucho tiempo en que los golpes, el dolor y las grietas de las carnes hechas jirones hiciera que el número de contendientes fueran solamente dos.

 

El duelo estaba por concluir. Ambos contendientes estaban extenuados. Ninguno de los dos podía más. Por fin, uno de ellos cayó. Habían pasado 20 interminables minutos. El silencio de las graderías había aparecido. Un solo hombre estaba de pie.

 

Cansado, sudoroso, ensangrentado, casi sin poder seguir aún de pie, este gladiador esperaba la señal que le autorizaba dar muerte a sus agónicos contrincantes. Ese hombre que quedaba, miró hacia arriba y esperó el visto bueno del hombre de arriba para dar el golpe de gracia. Este hombre de arriba, el emperador, era Nerón.

 

 

¿Y quién fue Nerón?

 

Nerón fue uno de los más grandes y diabólicos emperadores de todos los tiempos. Su maldad no tuvo alcance. Su gobierno hizo retumbar nos solamente Roma, sino que éste trascendió las fronteras y confines de su Estado. Hombre siniestro y fuera de toda razón, Nerón nació en el año 37. Su madre Agripina lo bautizó con el nombre de Lucio Domicio Enobarbo.

 

 

La familia de Nerón

 

Nerón tuvo como progenitores a grandes personajes que destacaban en aquel tiempo en el primer plano de la política romana. Su madre era Agripina, hermana del emperador Calígula. El padre de Nerón era Cneo Domicio y fue un destacado miembro del Senado, siendo, además, el primer esposo de los tres que tuviera Agripina.

 

Agripina era, por otra parte, sobrina de Claudio, otro soberano del imperio que representaría así mismo un importante papel en la vida de nuestro personaje. Más tarde el propio Claudio le adoptaría al momento de casarse con la misma Agripina.

 

 

La educación de Nerón

 

Los primeros años de la vida de Nerón transcurrieron bajo la tutela de su madre, quien casi, desde el momento de su nacimiento, intentó convertirlo, algún día, en el emperador de Roma; cosa que logro sin muchos contratiempos, aunque sí con algunas muertes.

 

Nerón fue educado por un bailarín y un peluquero, ambos, según se cuenta, con tendencias marcadamente homosexuales y que, seguramente, no pudieron darle al infante la educación que todo un futuro soberano merecía; y, a pesar de que faltaba mucho por hacer, Agripina no perdió oportunidad alguna para ir pensando en hacer de él el futuro emperador de todos los romanos.

 

Su madre, sabemos, no era un dechado de virtudes. Sobrina del emperador Claudio -que además de vicioso no pasó de ser un simple y cándido alcornoque-, logró que éste adoptara al pequeño Nerón, no sólo para recibir la protección de tan destacada figura, sino para, en un momento dado, arrebatarle el trono.

 

 

Los tiempos de Nerón

 

Los tiempos de Nerón eran épocas de un tremendo caos político. Ya desde hacía muchos años, mucho antes del nacimiento de Cristo, Roma vivía en el más completo de los desórdenes. Los emperadores se sucedían unos a otros, y casi nunca por méritos propios ni por la voluntad del pueblo. Todos querían ganar.

 

Eran tiempos nada diferentes a los que hoy vivimos. La corrupción se veía por doquier. Los poderosos llegaban a gobernar gracias a intrigas, incestos, fraudes e incluso hasta asesinatos. Hombres, mujeres, políticos y familiares se disputaban el imperio.

 

La prostitución, la homosexualidad o el lesbianismo estaban a la orden del día. Nadie daría un denario por el futuro del imperio romano. La incompetencia era lo natural. La corrupción, el entreguismo, la pobreza y la humillación era todo aquello que se veía. Y fue aquí, en este ambiente, en que nació Nerón.

 

 

La muerte de Claudio

 

Agripina había querido desde un principio hacer de su hijo Nerón todo un emperador. Pero había un problema: el sucesor legítimo de Claudio (ahora padre -o padrastro- de Nerón), era su hijo Británico. Ella ni se inmutó, sabía que Nerón sería el próximo emperador. Sólo tendría que aguardar.

 

Llegó el tiempo y fue así como preparó su plan. Agripina se dio mañas para conseguir de una conocida hechicera un veneno que habría de administrárselo a Claudio. Más tarde, gracias a la complicidad de uno de los criados del emperador logró que entre los hongos, uno de los platos favoritos del emperador, se le agregara el fatídico menjurje.

 

El brebaje había sido aplicado. Claudio ni cuenta se había dado. A pesar de que los platos del gobernante eran previamente ingeridos por un esclavo, el inocente y tonto Claudio fue engañado por medio de una sutil artimaña. La astuta Agripina hizo creer a los asistentes que el emperador, debido a su embriaguez, había perdido el sentido. Llevado a sus aposentos, su muerte fue anunciada al tercer día.

 

 

Nerón es coronado

 

Corría el año 54. Nerón contaba apenas 17 años. Enterado por su madre del destino que le esperaba, y como si intuyera lo que tal asunto llevaba implícito, aceptó de mala gana tal propuesta, el poder que se le ofrecía.

 

En realidad a Nerón poco le interesaba ser emperador... ¿Para qué? A él, lo que le gustaba, eran los temas relacionados al arte. Nunca tuvo jamás interés por las cuestiones imperiales. Lo que él deseaba era llegar a ser escultor, pintor, o cantante; pero, emperador de los romanos, jamás. Menos aún siendo tan joven.

 

Pero Nerón ya había aceptado. El joven e imberbe gobernante era aclamado por todo el populacho, muchos de ellos (como sigue sucediendo hoy en día), acarreados: invitados con refrescos y bebidas, y la promesa de un mendrugo de pan.

 

«Ave, Nerón», «Ave, César» eran los gritos que se escuchaban. El imperio jamás había sido gobernado antes por un adolescente. Nerón estaba a punto de hacerlo. Faltaba todavía, sin embargo, la aprobación del Senado. Claro, Agripina ya había asegurado prebendas y ventajas a más de 500 hombres de la nobleza, por lo cual no hubo objeciones. Nerón entraba así por la puerta de la historia.

 

 

Nerón contra su madre

 

Fue la vida de Nerón una existencia por demás desordenada. Como «buen hijo» adquirió los hábitos y vicios de su madre; tan pronto se dio cuenta que tenía el poder, el nuevo emperador se distinguió por los abusos cometidos contra sus semejantes.

 

Queriendo hacer uso completo y desmedido de su independencia, entendió que Agripina, su madre, era un obstáculo para ello. Había, pues, una sola salida: eliminarla. Y así lo hizo. Los dos primeros intentos fracasaron, pero el tercero tuvo el efecto deseado: la muerte de Agripina.

 

La gente de Nerón estaba dispuesta a todo. Llegaron al lugar donde se encontraba la madre de Nerón. Ella, adivinando sus intenciones, se levanta la túnica y exclama: «¡Dale al vientre!» El verdugo se limita a obedecer la orden. Cuando llega Nerón, mira a su madre y con rostro compungido y llanto lastimero se queda junto al cadáver por varias horas. Nerón ya había enloquecido; frecuentes alucinaciones, en que veía el rostro de su madre, le acompañarían el resto de su vida.

 

 

Los amores de Nerón

 

La vida amorosa de Nerón fue poco más que azarosa. Casado en el año 53, con su hermanastra Octavia, tal matrimonio nunca llegó a consumarse. No se sabe si por inapetencia de Nerón o por otra cosa. Lo que sí se sabe es que más tarde ella sería asesinada por orden del propio emperador.

 

Acte fue otra de sus queridas. La amó con tanta intensidad que por su propia causa, nuestro biografiado decide asesinar a su propia madre, Agripina. Luego, desplazada Octavia, acusada de haber cometido adulterio (¡para lo que en aquel tiempo se valía!), Nerón se casa con Popea.

 

Es Popea, según parece, quien más deslumbra al emperador; tal vez la mujer por la que más afecto sintió. Vendría luego Messalina (con quien se casara el año 66), y le acompañara en una gira artística. (No olvidemos que Nerón era también -o él mismo se creía- artista). Eran recorridos llenos de fiestas y de orgías donde al final de estas, hombres y mujeres terminaban en su lecho.

 

 

Los herederos de Nerón

 

En el año 63 (Nerón tenía 26 años) siente la alegría al saber que pronto sería padre. Popea estaba embarazada. Por fin tendría un heredero al trono. Nacería una niña, Augusta, que moriría a los tres meses. La tristeza sumiría a Nerón por un tiempo. Luego, otra cosa sería.

 

Dos años después, cuando Popea se acercaba a los 30 años de edad, ésta resulta embarazada nuevamente. No obstante, en cierta ocasión, en un arranque de celos endemoniado, Nerón patea a su mujer. A consecuencia del infame y terrible castigo, Popea muere, y también con ella el posible sucesor por línea directa de Nerón. Finalmente se casaría con Messalina (casada ya cuatro veces) quien fue quien le acompañó en su viaje y gira artística por Grecia.

 

 

Las costumbres y gustos de Nerón

 

Se dice que Nerón tuvo sus muy raras y extrañas costumbres; pudiéramos decir, más bien, «tendencias», «gustos» o «inclinaciones». Muerta Popea, necesitaba el calor de alguien para calmar sus ímpetus naturales. Y muy pronto se le presentó ese alguien que cumplía todos esos requisitos exigidos por el emperador; se llamaba: Esporo.

 

Esporo era un reconocido homosexual a quien Nerón hizo castrar y mandó que la practicaran una transformación de sus genitales (o sea, que lo del «cambio de sexo» no nos debe resultar tan novedoso en nuestros días como algunos lo quisieran ver). Luego, el emperador lo obligaría a vestir ropas de mujer, paseando con él, en una litera, cual si anduviese con la emperatriz, ante la mirada atónita de los romanos que pronto se acostumbrarían el ver estos actos tan bochornosos, pero que eran del encanto y fascinación sutil de los tan dados tanto a las buenas como a las malas «lenguas».

 

 

Circo, maroma y teatro

 

Nerón era un hombre, hasta cierto punto, despreocupado. No le interesaba para nada el gobierno; pero sí, en cambio, buscar afanosamente el cariño y el afecto del pueblo. Era como un niño, que desea hacer cosas sin saber cómo hacerlas o sin tener la menor idea de las consecuencias que éstas pudieran acarrear.

 

En pocas palabras, Nerón era un loco. Para conseguir el afecto de su pueblo mandó edificar su propio circo, en las inmediaciones del río Tíber. Ya existía, no obstante, el llamado Circo Máximo, donde el emperador y su séquito presidían grandes carreras de cuadrigas (esos famosos carros tirados por cuatro caballos al frente), que enloquecían a las multitudes congregadas para verlos.

 

Pero el pueblo estaba cansado de este espectáculo; necesitaban uno más fuerte. Querían ver sangre, necesitaban ver muertes. Nerón, entonces, en su circo, inició los combates entre gladiadores, y entre éstos y las fieras.

 

Se trataba del nuevo espectáculo, donde el pueblo quedaba satisfecho sólo cuando un gladiador daba muerte a otro, o cuando «por fortuna» el hombre perecía bajo las garras de un tigre o un león. Fue entonces que nació aquella frase conocida que alude a los programas de políticos y gobernantes tanto de aquellos tiempos como de nuestra era moderna que dan «pan, circo, maroma y teatro» a fin de apaciguar y envilecer aún más a las masas.

 

 

El gobierno de Nerón

 

Apasionado a los juegos de lira, Nerón aborrecía todo lo que fuera guerra. Jamás dirigió una campaña. Las guerras se sucedían sin que él se preocupara en lo más mínimo. El Senado, sin embargo, celebraba las victorias como si hubiesen sido del mismo emperador.

 

Los pleitos estaban a la orden del día. Las comunidades cristianas iban ganando adeptos. Se viene luego lo del incendio a Roma en el que algunos historiadores dicen, fue Nerón quien la mandó quemar. Otros más, se oponen a tal aseveración y argumentan que el emperador, al momento de la conflagración, se hallaba en la localidad de Anzio, cuando de pronto alguien le comunicó la noticia de que el circo y toda Roma se encontraban en llamas.

 

 

La muerte de Nerón

 

Los pleitos, conflictos y reyertas continuaron. La gente empezó a ver que Nerón no era propiamente un emperador. Era más bien un pobre loco al que le gustaba hacer versos, cantar, declamar y tocar la lira.

 

Una vez, estando en una campaña bélica, allá por las Galias, Nerón se encontraba plácidamente tocando su instrumento favorito: la lira. Sospechaba algo. Creía que intentaban eliminarle. Llama a sus libertos (sus guardias de cámara, vigilantes y cuidadores), pero estos no le hacen caso.

 

La mayoría de ellos ya ni se encuentran ahí. Decide entonces suicidarse. Toma un cuchillo; pero, incapaz de llevar a cabo lo planeado, llama a su esclavo, Epafrodito, quien le ayuda a cumplir su cometido. Agarra el cuchillo y clava la hoja en la garganta del emperador. La sangre brotó y con ella se fue la vida de Nerón.

 

 

Artículo aparecido en el periódico “El Porvenir” de Monterrey, México, el 23 de julio de 1990.

 


 

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