Ven a mi mundo

 

Grandes Personajes

 

 

Martín Lutero

 

Federico Ortíz-Moreno *

 

 

Importante reformador religioso. Líder de muchos, causa de desavenencia de otros. Pensador
crítico que fue más allá de las fronteras. Sus razones eran fuertes y sus sentimientos poderosos.
Un hombre que luchó contra sí mismo y contra la Iglesia. El fue: Martín Lutero

 

 

 

 

Antes que todo

 

Antes que nada, y para disipar dudas y evitar malos entendidos, no estoy con este artículo alabando la figura de Lutero. Tampoco le estoy criticando. Simplemente estoy presentando un panorama, bastante general, acerca de su persona, vida, pensamiento y obra.

 

Resulta a veces que por errores o malos entendidos hay personas que ven «entre líneas» cosas que no son, o cosas que «perecen ser», sin serlo. No se trata aquí de enjuiciar a un personaje, tampoco de recriminarle si fue o no santo, como tampoco de decir luego que se niegue o afirme la divinidad de Jesús.

 

Jesucristo fue el hijo de Dios en la tierra, concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, encarnado de María Virgen, y punto. El que se mencionen otras cosas, como simples detalles, leyendas o dichos, no quiere decir que todo esto sea cierto, o que venga, letra por letra, con puntos y comas, en la Biblia; pero tampoco quiere decir que todo esto sea falso. Uno debe tener juicio para entenderlo y no simples celos que no vienen al caso.

 

 

Los personajes

 

Hay innumerables escritos, de todas clases, apócrifos, auténticos, copias de traducciones mal hechas; pero en todo lo que aquí escribo va el auténtico deseo de hablar con la verdad y presentar de la manera más clara y sencilla (comprensible para todo mundo, y de forma amena) lo que se ha escrito y se sabe de grandes personajes como han sido Beethoven, Aristóteles, Byron, Alejandro Magno y Cervantes, entre otros, o tal vez Cuauhtémoc, Edison, Catalina la Grande, Khomeini, Hernán Cortés o Cristóbal Colón..

 

Han existido otros más controvertidos como Freud, Porfirio Díaz, Ceausescu, Gorbachov, Buda, Jesucristo y Juan Pablo II. En el caso de Jesucristo, lo que más me aterra es que haya aún personas que en vez de alentar a escribir (y sin ninguna maldad) acerca de la palabra de Dios, se empecinan a desvirtuar todo.  

 

No estamos aquí para cometer errores, pero tampoco para censurarlos. Hasta ahora, hasta donde yo sé, no ha habido ninguno que se haya atrevido (a lo mejor, y lo más seguro, a nadie se la había ocurrido), a tocar un tema por demás interesante como es la vida de Jesucristo, sobre todo, en primera plana; por lo que doy gracias a «El Porvenir» por esta oportunidad brindada.

 

Creo que, con lo anterior, en muchos lados se removió esa conciencia tan dormida de la mayoría de los sacerdotes y seglares que no ven en la acción (como lo ha hecho el Papa), una verdadera forma de acercarse a la gente y hablar en términos sencillos. Dios no puede estar tan lejos de nosotros, pero parece como si quisieran ellos mismos relegarlo.

 

Hoy me da gusto que esté en vías de formación una asociación de periodistas católicos que intervendrán en la redacción de folletos, revistas y documentos para llevar su palabra a través de la letra impresa. Era hora que despertaran. Aparte de eso, hay muchos otros medios, pero falta gente que se anime, se mueva, se desperece y salga a la calle, a la radio, a la televisión. El mundo es de todos.

 

Platicaba, recientemente, con un padre de la localidad, que otras sectas y religiones les están comiendo el mandado (a los católicos). Un verdadero creyente de su religión buscará por todos los medios no sólo de cumplir con sus compromisos y preceptos morales, sino también ayudar a esparcir con el ejemplo y su palabra lo bueno que hay en su doctrina y su corazón.

 

 

Y ahora, Martín Lutero

 

Importante reformador religioso, Martín Lutero nace y muere en Eisleban, Sajonia, región de Alemania. Su fecha de nacimiento se sitúa en 1483. Hijo de un minero, fue después monje agustino. Su vida estuvo llena de conflictos, hondamente personales de tipo espiritual.

 

Fue también profesor de filosofía de la Universidad de Eufurt, en 1505. Tiempo después, en 1517, se enfrentaría a los predicadores de la Bula de las Indulgencias. En 1529 sería excomulgado por el papa León X; en 1525 se casaría con Catalina de Bora. Martín Lutero nace en 1483 y muere en 1546.

 

 

Los primeros años

 

«Soy hijo de un aldeano -escribía él mismo-; mi padre, mi abuelo y mis antepasados eran simples campesinos; más tarde, mi padre se fue a vivir a Mansfeld, donde entró a trabajar de minero: allí nací yo». Eran las primeras líneas de Martín Lutero refiriéndose a su procedencia.

 

Lo cierto es que la familia de Lutero venía de una aldea llamada Möhra, enclavada muy cerca de las boscosas montañas de la Turingia, no lejos de la comarca en que se conserva el recuerdo de la primera predicación del cristianismo llevada a cabo por San Bonifacio.

 

Los antepasados de Lutero debieron vivir allí, por espacio de varios siglos, pegados a su terruño, a la manera de los campesinos de esa misma región, en cuyas familias siempre hay un hermano, un primo o un conocido o pariente que conserva y trabaja la heredad, mientras que otros se lanzan al mundo a fin de ganarse la vida.

 

 

Los padres de Lutero

 

Hans era el padre de Lutero. A él le tocaría en suerte salir de su aldea en busca de sustento, hogar y patria. Iría a las minas de Mansfeld, donde se ganaría el pan con el sudor de su frente, en unión de Margarita, su mujer, quien con frecuencia cargaba el hatillo de leña a la espalda para encender la lumbre de su hogar.

 

La madre de Lutero le dio a luz en la villa de Eisleben, donde, según cuenta una leyenda, su recia madre, minutos antes de concebirle, acababa de dirigirse a pie para hacer algunas compras. Ahí se crearía bajo los aires de las montañas de Mansfeld, aprendiendo de su padre y aprendiendo de su madre.

 

 

Años difíciles

 

Sabemos que la vida y las costumbres de aquel tiempo eran ásperas, crudas y difíciles. No sólo eran duras, sino arduas y severas. La educación era también así. Cuenta Lutero que, un día, a causa de una simple y mísera nuez, su madre le azotó hasta hacerle sangrar. Su padre, por otra parte, le castigo tan severamente que a su madre le costó gran esfuerzo para que su hijo volviera a acostumbrarse a él.

 

Y en la escuela no hubo mucho cambio. También ahí recibiría reprimendas y castigos. En una de las escuelas le castigaron quince veces seguidas, a golpes, en una sola mañana. Más tarde tendría que ganarse la vida, el pan y sustento, cantando a las puertas de las casas y entonando villancicos de Navidad, por las aldeas.

 

 

Su juventud

 

Fue la anterior una época difícil y espantosa para él. Generalmente todo mundo tiene, al menos, un recuerdo grato de su infancia. Lutero no lo concebía así. No obstante, más tarde, desde los quince años, empezó a irle un poco mejor. Unos parientes de su madre le dieron albergue en Eisenach, donde asistía a una escuela superior.

 

En Erfurt, a cuya Universidad pasó a cursar sus estudios, le sostenía generosamente su padre, quien a fuerza de laboriosidad y de ahorros, había conseguido labrarse una mejor posición financiera. Lutero era un joven brillante, muchacho dedicado a sus estudios.

 

 

El cambio

 

Y, mientras su padre cifraba toda su ilusión para que su hijo terminara la carrera de Leyes, se casara con una buena mujer y diese lustre a su nombre, Lutero veía aún, en las angustias de su niñez, algo que le causaba cierto pesar.

 

Su vida se ve sobrecogida bajo el agobiante peso de las necesidades y preocupaciones de la vida cotidiana, y ese sentir tan especial que nos hace enfrentarnos de una manera tan diferente ante los problemas de la vida y del espíritu, hacia el problema de las relaciones con Dios y el de la relación de Dios con el mundo.

 

 

Pensamiento y angustia

 

Y la vida de Lutero empezaba a cambiar. Fuerzas, catexias y contracatexias, se dejaban sentir sobre él. Se ve asaltado por dudas, piensa acerca del origen eterno la vida, el castigo, el pecado, y muchos otros problemas de gran peso. No cree que pueda haber un juez tan vengador que amenace con castigos espantosos a aquellos que por sus pecados van al temible infierno.

 

Se interna entonces en otro mundo. Para calmar estos reclamos y voces internas se inclina a la penitencia, el ascetismo y los más duros trabajos. De momento su alma se tranquiliza, pero ésta más tarde cobra venganza. Nuevos acontecimientos le hacen nuevamente escuchar esas ya conocidas voces de su yo interno.

 

 

El punto de llamada

 

Corría un día del mes de julio de 1505, cuando volviendo de la casa paterna en Mansfeld, de regreso a Erfurt, le sorprendió una de aquellas espantosas tormentas eléctricas, de esas que se forman lentamente en las montañas para descargarse de pronto, violentamente, sobre los valles, enegreciendo el horizonte.

 

El caminante -Lutero, en este caso- venía ya de por sí arrastrando un enorme pesar. Uno de sus mejores amigos había muerto. Y ahí, en la noche, lleno de pavor, con un turbulento corazón atormentado, Martín se siente de pronto totalmente desmoronado, abatido, lleno de miedo y extraño sentir.

 

Siente en su cara la lluvia, rayos descargando su furia sobre la noble tierra que pisa. Tierra de la que sale y tierra a la que volverá. Se siente aterrado, lleno de miedo. Ha llegado la hora de creerlo todo o negarlo para siempre. La naturaleza le hace frente y él no sabe cómo responder.

 

Así, solo, en medio del camino y de aquella gran tormenta, ve en ella un aviso de Dios. Un aviso, para él, de la cólera y la venganza. De pronto, muy cerca de él, cae un rayo. Nada le pasa... de momento. Pero, en seguida, viendo esto, todo empavorecido, hace a Santa Ana el voto fiel de ingresar a un convento en caso de salir con vida de este peligroso trance.

 

 

Camino al convento

 

Pronto ingresaría Lutero a un convento. Todavía, antes, pasaría una alegre velada de fiesta con sus amigos, bebiendo y cantando a los sones de la cítara. Poco después partiría a cumplir su promesa en el convento de los agustinos, en la ciudad de Erfurt.

 

La vida, en principio, fue difícil para él. Encerrado en una celda donde apenas si podía moverse, escapando apenas su mirada, a través de una pequeña ventana, Martín Lutero, deseaba aires de respiro. Al principio entregase a los deberes de su noviciado y, si alguna duda le asaltaba, se decía: «Si alguien ha entrado en el cielo por el camino de las virtudes monacales, también podré entrar yo».

 

 

El desasosiego

 

Pero no había pasado mucho tiempo cuando empieza en él a darse el desasosiego. Le saltan las primeras dudas y estas se hacen cada vez más fuertes. Cuando estudiaba la Sagrada Escritura, tropezaba en sus páginas con sentencias que le hacían estremecerse, como por ejemplo, aquella que decía «Sálvame en Tu verdad y Tu justicia».

 

Luego, en las Epístolas de San Pablo, saltaban a sus ojos otros pasajes que le obsesionaban días enteros. No ignoraba, ciertamente, las doctrinas de la gracia; pero la afirmación de que la gracia divina borraba para siempre los pecados, producía en él un no sé qué que le hacía inquietar aún más.

 

Su sensibilidad, sus inquietudes espirituales se acentuaban cada vez más. Sentía un profundo temor por el más allá, por la muerte. Consiguió por fin calmar sus temores al leer un pasaje de San Agustín que decía: «El justo se salva por la fe».

 

Luego, el primer hombre que, en medio de su desesperación, llevó, si no consuelo, por lo menos una débil luz a las tinieblas del espíritu de Lutero fue un viejo fraile agustino que llamó su atención, con paternal apremio, a la más simple de las primeras verdades del cristianismo: la del perdón de los pecados por la fe en el Redentor.

 

Se trataba, así mismo, de la doctrina contenida en la tercera Epístola de San Pablo a los Romanos, según la cual el hombre se justifica sin las obras de la Ley, solamente por la Fe. Doctrinas que había oído antes, o al menos leído, pero que nunca como ahora pegaban duro en su corazón. Sobre toda aquellas palabras de San Agustín que repercutían en su fuero interno y su alma desgajada: «el justo se salva por la fe».

 

 

El estado espiritual del joven Lutero

 

El estado anímico y espiritual del joven Lutero va cambiando cada vez más. En 1508 es trasladado por el provincial de su Orden al convento de Wittemberg. Lleva el encargo de explicar e impartir algunos cursos filosóficos.

 

Lutero aprovecha para empaparse aún más en conocimientos de su profesión (y, creo yo, para embrollarse más en sus problemas). Desea penetrar en los secretos de la teología, «en el grano de la nuez -como él mismo dice-, en el meollo del asunto». Las obras a cuyo estudio se entrega son las Epístolas de San Pablo y los libros de San Agustín.

 

Dos años después ha de emprender un viaje a Roma por encargo de su Orden. Sus pensamientos, durante este viaje, son serenos y elevados. Luego, al divisar desde lejos las torres de la ciudad santa, se postra de hinojos, levanta las manos al cielo y exclama: «¡Salve, oh Roma santa!».

 

 

Y viene el cambio

 

Pronto, todo cambiaría. Leía y releía la Epístola a los Romanos y los escritos de San Agustín. Una vez más pesaban sobre él muchos puntos y frases, sobre todo aquella de «El justo se salva por la fe». Se apresta entonces ha hallar una solución. Se adentra más en los estudios, aunque, tal vez, no en la fe...

 

Poco después de regresar de su visita a Roma obtiene el grado de doctor en Sagrada Escritura. Los años siguientes va extendiendo sus actividades. Imparte cursos en la Universidad sobre el Nuevo y el Antiguo Testamento; predica en la iglesia de los Agustinos y, durante una enfermedad del párroco, se hace cargo de la parroquia de su ciudad.

 

 

Los escritos de Lutero

 

Se han conservado algunos escritos suyos de los años 1515 y 1516. En estos se dejan ver diversos temas y la evolución de estos. La mística y la escolástica siguen ejerciendo una gran influencia sobre él. Le da otro sentido a las Escrituras (tal vez las de su conveniencia) y, en un escrito (datado de diciembre, 1515), trata de explicar el misterio de la Trinidad en base a la teoría aristotélica sobre la esencia, el movimiento y la quietud. Se estaba metiendo en demasiados problemas...

 

Sus ideas son cada vez más reformistas. Empieza a discurrir en otros asuntos y tesis. Lutero siente la necesidad de expresarse y lo hace no siempre sacando la mejor ganancia. La doctrina que más le preocupa es la justificación por la fe. Insiste constantemente en que el hombre debe negarse a sí mismo, para refugiarse bajo las alas de Cristo.

 

 

Contra las indulgencias

 

Se dice que la predicación del dominico J. Tetzel para propagar indulgencias para la construcción de la Basílica de San Pedro dio pie a Lutero para publicar las 95 célebres tesis en las puertas de la iglesia del castillo de Wittemberg, el 31 de octubre de 1517.

 

Meses más tarde, en febrero de 1518, Lutero remitía al obispo de Brandemburgo las Resoluciones de sus tesis. El obispo las rechazó y, ante la denuncia de los dominicos, la curia romana intentó callar a Lutero a través de su orden.

Nada se pudo hacer. Si bien Lutero ganó uno de los capítulos (el de Heildelberg), la sentencia ya estaba dada sobre él. Su excomunión se había determinado. Luego, más tarde, sería condenado por el propio emperador Carlos V en la dieta de Worms.

 

 

La rebelión de Lutero

 

León X estaba empeñado en terminar cuanto antes la construcción de la Basílica de San Pedro. En 1515, para obtener los fondos necesarios para realizar su propósito, otorgó una indulgencia especial al que diera una limosna destinada a las obras de la Catedral. Y fueron los monjes dominicos los encargados de la distribución de las indulgencias.

 

En Alemania, los banqueros Fugger adelantaron parte del dinero que necesitaba la Iglesia, suscitando con esto la indignación de los que se oponían a la llamada «venta de indulgencias» (¡Hasta un asesino con dinero podría comprar una indulgencia...!)

 

El 31 de octubre de 1517, Martín Lutero fija a las puertas de la catedral de Wittemberg noventa y cinco tesis contra las indulgencias, declarando que estas no podrían servir para los pecadores vivos no arrepentidos, como tampoco a los difuntos. Protestaron entonces los dominicos contra Lutero y contra los agustinos, sus adversarios.

 

El Papa creyó, en un principio, que se trataba de una querella entre dos órdenes monásticas, y no prestó mucha atención al asunto. Luego, en 1519, vuelve a encenderse la disputa, pues Lutero afirma que sólo la palabra de Dios es infalible (y, yo me pregunto, si la de Lutero -la palabra de Lutero- ¿lo era?), lo que venía a destruir la infalibilidad del Papa.

 

Manifestaba en él, que los eclesiásticos no son superiores a los laicos y que no deben ser los únicos que tengan el privilegio de interpretar las Sagradas Escrituras, pues todo ser dotado de razón e iluminado por la gracia de Dios puede juzgar y entender la verdad.

 

Muchos nobles y artesanos apoyaron con júbilo a Lutero. El Papa mandó quemar los escritos y lo amenazó con la excomunión. Lutero quemó públicamente la bula pontificia y, así, ante la franca actitud de protesta y rebeldía, el Pontífice lo excomulgó en 1520.

 

 

Sobre los libros de Lutero

 

Protegido por Federico de Sajonia se refugió en el castillo de Wartburg (mayo de 1521), donde se dedicó a la traducción del Nuevo Testamento. Más tarde escribiría un buen número de obras donde trataría muy diversos temas. Puede decirse que, fueron muchos los puntos que tocaría Lutero en sus libros. Algunos ciertos y delicados, y otros, más bien, producto de su atribulada alma.

 

Entre sus obras escritas se encuentra una que lo dirige a los cristianos alemanes, otra más que versa sobre la cautividad babilónica de la iglesia, y otra más, muy interesante, “Von der Freiheit eines Christenmenschen” (La Libertad del Cristiano).

En todas estas obras fue delineando la Reforma hacia la creación de iglesias estatales y para ellas escribió Lutero su “Grosser Katechismus” y “Kleiner Katechismus” (“El Gran Catecismo” y “El Pequeño Catecismo”). En ellos iba nuevamente avanzando sobre su propia doctrina.

 

 

Los últimos escritos

 

Lutero continuó escribiendo hasta los últimos días de su vida. En 1525 se casaría con Catalina Bora. En 1537 escribiría los Artículos de Esmascalda, uno de los pilares básicos de la Iglesia Luterana junto con el de la Confesión Augustana.

 

De 1531 a 1545 Lutero desempeñose en su cátedra universitaria de Wittemberg. Se le considera el creador del alemán literario moderno con sus escritos, entre los que cabe destacar la traducción de la Biblia (acabada en 1534), y muchos otros libros más.

 

Criticó la riqueza excesiva de la Iglesia y su apego a los bienes materiales. Poco a poco fue delineando su doctrina: Para él, sólo Dios y su libro, la Biblia, son infalibles. El creyente debe formular sus plegarias en su propia lengua y no en latín.

 

Según Lutero sólo deben aceptarse los sacramentos instituidos por Jesucristo, como son el bautismo y la eucaristía, en forma de pan y vino. Admite algunos dogmas católicos como son la Trinidad, la Encarnación, la Redención y el Espíritu Santo.

 

Ataca la vida monástica, el celibato de los clérigos, la confesión hecha al sacerdote, la adoración de reliquias e imágenes y el sacrificio de la misa, Por último dice que la Iglesia no debe estar supeditada al Sumo Pontífice (entonces, ¿quién mandaría o conduciría?), y establece que las jerarquías eclesiásticas han de reducirse a pastores y obispos.

 

 

La muerte de Lutero

 

Martín Lutero muere en 1546. Su fe en sus creencias le hicieron seguir siempre hacia adelante. El que la vida le haya señalado o no, es cosa de la historia. Tuvo siempre un alma atribulada, pero de ella pudo sacar fuerza, valor y coraje para defender siempre su ideal y punto central de que «el justo se salva por la fe».

 

 

Artículo aparecido en el periódico “El Porvenir” de Monterrey, México, el 9 de abril de 1990.

 


 

Volver a la Página de
Grandes Personajes

 

 

Volver a la Página de
INICIO

 

© 2011 / Derechos Reservados.