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Grandes Personajes

 

 

Luís XIV

 

Federico Ortíz-Moreno *

 

 

Prototipo del monarca absoluto de todos los tiempos. Personaje de la noble realeza francesa.
Llamado el Grande o el Rey Sol. Un hombre de astucia e inteligencia, atrayente y cautivador.
Un verdadero monarca digno de un entusiasta pueblo. El fue Luis XIV de Francia.

 

 

 

 

El inicio de la historia

 

Había una vez... Érase que se era... un domingo 4 de noviembre de 1979. Era un día lluvioso y nos hallábamos en Teherán (la capital de Irán). Durante meses la ciudad había sido el centro de una violenta revolución. La destrucción era generalizada y se acumulaban las tensiones.

 

Los hechos de este relato se desarrollan en las inmediaciones de la embajada de los Estados Unidos, en Teherán. Aquí, Moorthed C. Kennedy, Jr., consejero económico y uno de los más altos funcionarios diplomáticos de la embajada norteamericana, veía por la ventana.

 

Se trataba de una manifestación. Jovenes manifestantes lanzaban consignas contra el gobierno de los Estados Unidos, en contra de Mohamed Reza Pahlevi (el «Sha» de Irán), y contra el en aquel tiempo presidente de los Estados Unidos, el señor Jimmy Carter.

 

 

Los verdaderos monarcas

 

Los verdaderos monarcas se hacen a la sazón de las batallas y a la fuerza de la razón y la disciplina. Claro que para esto se necesita también entrega, pundonor, valentía, fuerza e inteligencia, y no todos los monarcas han contado con estas características, y muchos, ni siquiera, con alguna de ellas.

 

Los tiempos son los que marcan la pauta y señalan, a la vez, quién se puede hacer merecedor a tan distinguidos laureles. Algunos pasaran a la historia como monarcas débiles, algunos otros como justos; ciertos más pasarán a ser vistos como monarcas arrogantes, y otros, en cambio, les llegarán hasta nombrar «santos».

 

En todas partes ha sucedido esto; y Europa, no es la excepción. Hoy revisaremos algo que concierne a la historia de Francia y que trata de un personaje ya conocido por nosotros. Un rey, tal vez el más conocido de todos, y que hizo de Francia un gran reino y un gran imperio: Luis XIV.

 

 

Francia y su gobierno

 

Eran tiempos difíciles. Francia requería de un rey que gobernara por su propia autoridad. Se necesitaba de una persona fuerte, de coraje y pundonor que hiciera frente a todas las situaciones difíciles y cambiantes por las que atravesaba el reino.

 

Y la victoria puso en el trono a Luis XIV. Las cosas cambiarían. El estaba dispuesto a la lucha, una lucha a través de la razón y la fuerza de su autoridad. Se trataba de un verdadero monarca firmemente decidido a ser el rey que la nación necesitaba.

 

 

Luis XIV

 

El Rey Sol, hijo de Luis XIII y Ana de Austria. Nació en el año 1638 en Saint Germaine-en-Laye y murió en Versalles en 1715. Su gobierno practicó una política de centralización administrativa y favoreció a los burgueses que, en virtud de un reglamento publicado en 1673, pudieron tener acceso al Consejo del Estado.

 

Rey de Francia de 1643 a 1715, nuestro personaje fue el primogénito de Luis XIII (llamado el Justo). Inició su reinado bajo la regencia de su madre, la reina Ana de Austria, cuyo primer ministro, el cardenal Mazarino fue su principal punto de sostén, en el gobierno, hasta el momento de su muerte.

 

 

Los primeros años

 

Fueron los primeros dos lustros, años tranquilos en la vida de Luis XIV. Durante su minoridad (minoría de edad) poco debían haberle preocupado las cosas; sin embargo, su madre, la reina Ana de Austria, y el cardenal Mazarino, le iban inculcando poco a poco aquello que debía saber y aquello que debía evitar.

 

Siguieron luego los acostumbrados problemas. Personas que querían poder, otros más que se negaban a soltarlo. Fuerzas internas y externas luchaban por un todo incomprendido. El cardenal Mazarino tiene que hacer frente a la crisis, principalmente a la oposición de la nobleza.

 

 

La mayoría de edad

 

Resultado de esta crisis y de otros acontecimientos relativos a esta, Luis XIV es declarado mayor de edad. Corría el año 1651. El joven Luis apenas si rozaba los 13 años. Escasa edad para ser rey, pero la suficiente para contener la avalancha de presiones que se sentían dentro y fuera de la corte.

 

Antes, algunas luchas, guerras y batallas se habían librado, entre ellas, las de Westfalia y la de los Pirineos. Mazarino había firmado las paces para con Westfalia (1648) y la de los Pirineos, once años después, en 1659, concretándose por esta última firma el matrimonio del joven monarca con la infanta María Teresa de España.

 

 

Sube al poder

 

En 1660 el joven Luis se casa con la infanta María Teresa de Austria. Lo hacía en cumplimiento de lo acordado un año antes, en la firma de la paz de los Pirineos. Tenía él apenas 22 años. Al año siguiente, a la muerte del cardenal Mazarino, en 1611, decide asumir personalmente el poder.

 

El sería Luis XIV, monarca absoluto de Francia, cuyo reinado quedó para la historia. Un hombre de inteligencia y sagacidad indescriptibles. Un verdadero monarca que supo rodearse de los mejores hombres y supo llevar a su país por el camino que él consideró el más justo y adecuado.

 

 

Su reinado

 

Fue el reinado de Luis XIV un gobierno convertido en el prototipo de la monarquía absoluta. La nobleza quedaba excluida de los asuntos de gobierno, a la vez que los parlamentos habían quedado prácticamente suspendidos partir de 1673.

 

Luis XIV practicó una política de centralización administrativa y fortaleció a los burgueses, en virtud de un reglamento de 1673, por medio del cual, éstos (los burgueses), pudieron tener acceso al Consejo del Estado. Este paso acarrearía consecuencias. Tuvo, sí, algunos problemas, pero ninguno de consideración. Sabía cómo imponer el orden y lo hacía de una manera ciertamente efectiva y diplomática. Al menos, esto, en un principio.

 

 

Su forma de gobierno

 

Rey de Francia de 1643 a 1715, el gobierno de Luis XIV fue un gobierno centralista. La verdad es esa. Practicó una política de centralización administrativa, rodeándose, al mismo tiempo de grandes y excelentes colaboradores como Colbert, Vauban, Lionnes y Louvois.

 

No le gustaban las guerras ni pensaba en la expansión de su poderío. (Esto, también, al menos, en un principio). Hasta 1678 se limitó a proseguir la línea emprendida por el cardenal Richelieu, en el sentido de asegurar para Francia la frontera con el noreste.

 

Con este criterio actuó, primero, en la llamada guerra de Devolución (1667-1668), por la que Francia obtuvo en la paz de Aquisgrán (1668) una serie de plazas importantes en la línea fronteriza con los Países Bajos.

 

 

Los primeros problemas

 

Más tarde, la guerra de Holanda (1672-1678) dio pie, desde 1673, a la constitución de la Gran Alianza de La Haya (Holanda, el Imperio, la monarquía hispánica, los príncipes alemanes y otras), opuesta a la política expansionista de Francia. La paz de Nimega (1678-1679) pone fin a la guerra y Luis XIV retiene Lorena y el Franco Condado. Emprende luego otra serie de guerras con el exterior que llevan a enemistarlo con casi todas las potencias vecinas. El país se debilitaba y el descontento cundía. La guerra no era necesaria...

 

 

El problema religioso

 

Y mientras el problema de las «anexiones» continuaba, otro problema más amplio se dejaba cernir sobre el pueblo y el gobierno de Luis XIV. En 1682 el monarca se instala con su corte en Versalles. Al año siguiente muere uno de sus asesores: Colbert.

 

Los problemas religiosos se agudizan. Se impone a los hugonotes la revocación del edicto de Nantes (1685), rompe con el Papa Inocencio XI, opuesto a los Cuatro Artículos de 1682 que beneficiaban a la autoridad real dentro de la iglesia francesa.

 

 

Más y más problemas

 

La agresividad de Luis XIV al exterior provoca la irritación de muchos. Algo se había gestado en él. Habría que contenerle. Su marcada obstinación y señalada agresividad provocó la guerra de la Liga de Augsburgo (1689-1697) a causa de la cuestión del Palatinado.

 

Es entonces cuando el monarca tiene que ceder ante la presión europea y el deterioro de la situación interior. Abolió los cuatro artículos (dio marcha atrás a su decreto anterior), renunció a los Países Bajos y reconoció a Guillermo de Nassau-Orange como rey de Inglaterra.

 

Más tarde, a raíz de la nueva configuración europea (1701-1713), desatada debido al problema sucesorio de la corona hispánica (1700), se acentuó la crisis económica y social en el interior y corazón del reino. Luego, por las paces de Utrecht (1713) y Rastatt (1714) aseguró el trono de España para su nieto Felipe de Anjou, quien reinó con el nombre de Felipe V.

 

 

Aspectos y valores

 

Son muchas las cualidades que le hacen resaltar a este monarca, aunque también no pueden dejar de vérsele innumerables defectos. Por una parte la naturaleza le había dotado de todas las cualidades necesarias para gobernar: una inteligencia despierta, una memoria feliz y una férrea y recia voluntad.

 

No quería ser solamente un monarca sabio, justo o valeroso, sino también un rey completamente libre de toda influencia exterior. «No ambicionaba solamente ser, y mucho menos aparentar, sino ambas cosas a un mismo tiempo: ser y pasar por lo que realmente era» -cuenta Leopold Von Ranke, uno de sus biógrafos. Las tres reglas

 

Fueron tres las principales reglas que se había trazado. Una era no tomar nunca una decisión a la ligera, para así no tener que arrepentirse; otra, era la de no tomar por cierto halagos ni esperanzas quiméricas; y, tercera, pensar bien las palabras antes de pronunciarlas, para así ganar y afirmar su reputación.

 

Quien le conoció bien veía en él a todo un hombre. Justo, frío, sereno, inteligente... Lo que en un principio se había impuesto como una ley, acabó siendo en el monarca, a fuerza de hábito, un producto de su propia naturaleza.

 

 

Otros aspectos

 

La moderación en el comer y en el beber y los incesantes ejercicios físicos, que habían sido hasta ahora su único placer, habían dado nuevo vigor a su cuerpo, ya de por si fuerte, recio y vigoroso. Se la pasaba el día entero montando a caballo.

 

No le temía al calor ni al frío y tampoco a la fatiga.

Cualquier hora para él era buena para comer o para echarse a dormir. Jamás se dejaba llevar por las emociones, ni de las placenteras, ni las de la tristeza o el temor. No gustaba de los caprichos y mucho menos daba rienda suelta a ellos.

 

 

Su personalidad

 

Su trato era muy considerado, sobre todo con las mujeres, aún de que éstas fueran de la más humilde condición. Sabía quedar bien incluso con aquellos a quienes negaba algo, y encontraba siempre la manera de realzar y hacer más agradables los favores que concedía mediante una pequeña atención.

 

Jamás se permitía bromas mordaces, mucho menos consentirlas en su presencia o, peor aún, delante de mujeres. Si observaba algo inconveniente, prefería no darse por enterado, pero más tarde, en la primera ocasión que se le presentaba, amonestaba al culpable. Era un hombre alto, fuerte, atrayente, pero que el peso de los años y su posterior absolutismo lo sumió en crasos errores.

 

 

Su final

 

El centralismo al que sometió a su país y su excesivo culto a su persona, hicieron que a Luis XIV se le llegase a considerara uno de los monarcas más absolutos de todos los tiempos. Su vicio por el poder se convirtió en exagerado. Todo se hacía por la fuerza. Lo que en un principio era aceptado de buena manera llegó a convertirse en insoportable. Su frase era: «L’Etat, c’est moi» (El Estado, soy yo).

 

La ambición de Luis XIV se encaminó siempre y por encima de todo. No podía consentir nada ni a nadie a la sombra de una ofensa. Los derechos de los demás ya no existían para él. A tal punto había llegado, en su apogeo, que todo lo miraba desde un marco completamente ortodoxo y hasta dictatorial. El mundo había sido encadenado por el terror.

 

En otra esfera, y por otra parte, su reinado, largo y glorioso para Francia, coincidió con el máximo esplendor de las letras y las artes francesas, motivo por el cual a este período se le ha llamado el siglo de Luis XIV. Aquel que fuese llamado el Rey Sol y que muriese en Versalles en el año 1715 a la edad de 77 años.

 

 

  Artículo aparecido en el periódico “El Porvenir” de Monterrey, México, el 2 de abril de 1990.

 


 

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