Ven a mi mundo

 

Grandes Personajes

 

 

Hellen Keller

 

Federico Ortíz-Moreno *

 

 

Figura que representa un gran valor entre los humanos. Una persona llena de fe, esperanza y
optimismo. Su condición de ciega, sorda y muda no representó para ella obstáculo alguno para
querer saber, desear aprender y tratar de conocer el mundo.  Y así, no obstante su mundo de

obscuridad, Helen se sobrepuso para enseñar al mundo que no  todo está perdido cuando

se tiene fe y esperanza. Un ejemplo para todos que nos dejó, ya hace tiempo, Helen Keller.

 

 

 

 

Para conocer el mundo

 

Para conocer el mundo no hacen falta ojos, hace falta corazón. Podremos tener los recursos, pero si no tenemos ese algo que nos impulse a estar abiertos ante todo, difícilmente aprendemos algo. El agua se escurrirá entre las manos y no podremos beber de la fuente del conocimiento.

 

A veces las verdades quedan cortas ante hechos contundentes. Creemos que si nos falta algo ya no podremos armar el rompecabezas de la vida. ¡Qué mentira tan grande! El ser humano es tan complejo y tan grandioso que olvidamos que los llamados “cinco sentidos” son tan sólo una parodia que apenas si llegan a representar un pequeño pedazo a través del que podemos conocer el mundo.

 

 

El valor de una persona

 

Helen Keller representa un verdadero valor de la personalidad. Una persona que siendo sorda y ciega llegó no solamente a valerse por sí misma, sino que llegó, incluso, a conocer más que los demás. Algo que debe hacernos pensar, reflexionar, y considerar seriamente que somos muy poco y podemos ser más.

 

La obra de Helen Keller nos muestra la vida de una persona que sumida en las tinieblas de la incomprensión, en el mundo de la obscuridad, supo dar los pasos para llegar a comprender que no todo está perdido cuando falta algo. Y que incluso, el carecer de algo, puede ser motivo y causa de nuevas actitudes que nos lleven a un mejor conocimiento de la persona y de nuestros semejantes.

 

 

La familia

 

Hellen Keller nació a fines del siglo pasado en una pequeña población de unos dos mil habitantes. El poblado se llama Tuscumbia, está situado al norte de Alabama, junto al río Tennesse. Se trata de una región fértil, de clima benigno, extensos campos de cultivo, verdes y floridos pastos, y preciosos bosques rodeados de altas montañas.

 

En las afueras de aquella población habitaba un capitán del ejército confederado, el Mayor Arthur H. Keller (cuyo abuelo fue un emigrado suizo). Al terminar la Guerra Civil, el señor Keller construyó su casa, contrajo matrimonio y de esta unión nació Hellen Keller.

 

 

Helen Keller

 

Hellen Keller nació en Estados Unidos el año de 1880. Su madre era mucho más joven que su padre. Vivían en una casa que era llamada “Ivy Green” (“Ivy Green” significa, en español ‘hiedra’), pues sus paredes, los árboles y las verjas que la rodeaban estaban cubiertos de frondosa hiedra inglesa. Y fue allí, en esa casa, entre el verdor de las plantas y olorosas flores, en que un 27 de junio de 1880, naciera el primer vástago de los Keller: una niña rubia, sana, alta y fuerte. Los padres le darían por nombre Helen, Helen Keller.

 

 

Helen: la niña

 

Helen era una criatura llena de vitalidad. Una niña lista, recia y fuerte de carácter. A los seis meses ya pronunciaba los primeros vocablos y al año exacto ya daba sus primeros pasos. Gozó del primero y único verano luminoso de su vida. Cuentan que vino el invierno, y en un desapacible mes de febrero, Helen enfermó. Ahí empezaría su desgracia.

 

No se supo exactamente cuál era su mal. El médico suponía (como nuestros nuevos médicos siguen suponiendo sin saber nada) que se trataba de una aguda congestión del estómago y cerebro. Otro, “más listo aún” (de todo hay en la viña del Señor) sugirió que se trataba de una congestión nasal, complicada con envenenamiento residual del olor despedido por la hiedra).

 

La niña estaba bastante enferma; pero, una mañana ¡oh sorpresa! ¡Gran regocijo en la casa! La fiebre había desaparecido. ¿Qué extraño mal había entrado en el cuerpo de la pequeña? ¿Qué mosco le habría picado? Nadie lo supo. La niña se había aliviado, pero nadie se había dado cuenta de una cosa más dolorosa: ¡la niña había perdido la vista! ¡Y también, y para siempre, la vista y el oído!

 

 

Entre luz y sombras

 

Helen ya no fue la niña traviesa, alegre y juguetona que era antes. El mundo se le había cerrado. Su acercamiento con el mundo exterior era nulo. Encerrada en la cárcel del silencio y las tinieblas, Helen nació dolorosamente a una nueva vida; pero, también, de aquella especie de tumba, surgió la personalidad única y radiante de Hellen Keller.

 

El hecho le sirvió a Helen para enfrentarse a la vida. Un mundo al que habría que vencer. Helen triunfaría y el mundo le reconocería su fuerza y valor para enfrentarse a todo. Helen, una persona que vencería su invalidez y, haciendo uso de su elevado espíritu, inteligencia y sabiduría mostraría al mundo que todo se puede hacer si existe voluntad. Un hecho que ha servido de ejemplo, modelo y guía para la humanidad.

 

 

Los primeros conflictos

 

Helen había sido hasta entonces una niña intranquila. Pero entonces, ante este problema, impotente y sola, sumergida en un profundo pozo, Helen no sabía de otras necesidades mas que las que se les pudiera otorgar a un pequeño animal.

 

La niña era como un pequeño niño salvaje. Se enfurecía cuando no comprendía lo que le decían. Nunca estaba satisfecha. Las rabietas estaban a la orden del día. Se enojaba y chillaba de coraje, siempre que su voluntad topaba con algún obstáculo. Pudiera, hasta decirse, que Helen era una niña malcriada: lloraba, pegaba, se revolcaba, aventaba y rompía todo lo que se le pusiese enfrente. Era casi imposible dominarla.

 

 

¿En qué gastaba su tiempo?

 

Helen pasaba el tiempo sentada en el regazo de su madre. Algunas veces sentada en el suelo, otras sobre la alfombra. Algunas veces más, agarrada de su madre, acompañándola en el ir y venir de su cotidiana labor familiar. Helen empezaba a descubrir de nuevo el mundo.

 

Y así fue como creció. Día a día descubría nuevas cosas. Era su nuevo mundo. Un mundo tangible en formas, volúmenes y tamaños. Un mundo lleno de olores, aromas y sensaciones. Sus manos palpaban todos los objetos, “observaba” los movimientos de las cosas (digamos, los animales, como el perro y el gato); adquiría conocimiento de las cosas...

 

 

La necesidad de comunicarse

 

Sabiendo ya la existencia de los demás, de los cuerpos animados e, incluso, los inanimados, Helen siente la necesidad de comunicarse, dar a entender lo que siente, dar a entender sus deseos, sus angustias y sus miedos.

 

Algo debió indicarle que sus ademanes eran observados, y bien o mal interpretados, y recurrió a ellos. Esto le valió recompensas, así como severas reprimendas. Seguía siendo traviesa, y más ahora que sabía que podía nuevamente dominar el mundo, su mundo que le rodeaba. Así, cuando tenía hambre, imitaba el acto de rebanar un pedazo de pan y untarlo con mantequilla; si quería un helado, hacía el típico movimiento de estar mordiendo, chupando o lamiendo un helado.

 

Y así fue aprendiendo muchas otras cosas. Si tenía frío, tiritaba y estremecía su cuerpo. Si tenía calor, se echaba aire con las manos. Eran ademanes o gestos sencillos que poco a poco fue aprendiendo, aún de que ella, muchos de ellos, no los viera nunca.

 

 

Una niña inteligente

 

Helen era más que una niña inteligente, una niña excepcional. Su intuición y comprensión eran asombrosas. Captaba rápidamente todo lo que se le enseñaba y retenía el sentido de lo que no podía ver ni oír. Aprendió a ayudar en algunos quehaceres de la casa, como guardar la ropa, distinguir las prendas, moler café, amasar la harina y la pasta para hacer galletas...

 

Llegó incluso a distinguir vibraciones y sonidos. Dichas vibraciones, de algún modo llegaban a ella y las sentía. Sabía quién llegaba y quién salía; e incluso saber si la persona que entraba o salía era de la casa o no.

 

Más tarde llegó el día en que empezó a darse cuenta de que ella no era como os demás. Observó que entre ellos no se valían las señas; o al menos, no las empleaban. Cuando se encontraba entre dos personas, tocaba sus labios y sus bocas y a veces quería imitarlas moviendo también sus labios.

 

 

Su primera amiga

 

Su primera amiga fue una negrita llamada Martha Washington (homónimo del nombre de la esposa del primer presidente de Estados Unidos, George Washington). Ella, Martha, era hija de la cocinera, y era un poco menor que ella.

 

Helen se complacía en tiranizarla y hacerle enojar. Le pegaba, le insultaba, le hacía hacer corajes; pero, de todos modos, eran grandes amigas. Pasaban horas juntas, jugando, ayudando en la cocina, presenciando cómo se ordeñaban las vacas, dando de comer a las aves de corral, yendo a buscar los huevos puestos por las gallinas; en fin, también, haciendo travesuras.

 

 

Nuevamente su familia

 

El nacimiento de una hermanita, puso de genio a la pequeña Helen. No podía soportar que alguien más robase su cariño. Su hermanita se llamaba Mildred y fue para ella toda una contrariedad. Detestaba la presencia de aquella intrusa que sabía le estaba robando el cariño de sus padres. No la podía “ver”...

 

Un día, resulta que, encontrando a su hermanita sola, durmiendo en su cuna de su muñeca, Helen, presa de furor, volcó la cuna. La consecuencias fueron una seria reprimenda para Helen. Luego, más tarde, ya cuando ambas fueron mayores y pudieron comunicarse las dos hermanas, éstas se quisieron mucho.

 

 

Tratando de ayudarle

 

La familia de Helen aún tenía esperanza de que el problema y su enfermedad tuviera solución. Se había consultado a alguien, pero no se veía nada en concreto. Mientras se reflexionaba sobre esto, el capitán Keller llevó a su hija al oculista.

 

Esto sucedía en la ciudad de Baltimore. Ahí, el oculista, le recomendaría al señor Keller que llevase a la pequeña Helen con Alexander Graham Bell, en Washington. Recordemos que el principal interés y dedicación de Bell era la enseñanza de los sordos y que había inventado el teléfono sólo como un “subproducto de un aparato que permitiese a los sordos “ver” los sonidos que no podían oír.

 

El Doctor Bell aconsejó al padre de Helen que se comunicara con otra persona, un tal griego de apellido Anagnos. Sería él, quien a su vez, le indicase a alguien para que se entendiera del caso de la pequeña Helen. Meses después la persona ya había sido encontrada.

 

 

Anne Sullivan

 

Dice Helen Keller que el día más importante de su vida fue el 3 de marzo de 1887. “Aquel día vino a ser para mí un día especial, aquel que vino a liberar mi espíritu” -escribió. Se trataba del día en que llegaba su maestra y futura amiga y compañera: Anne Sullivan.

 

Fue Anne una de las mujeres más extraordinarias que hayan existido. Después de una infancia dura y triste, de huérfana abandonada, a los catorce años llegó a la Institución Perkins, ciega, miserable e inculta.

 

Una serie de operaciones le devolvieron la vista. Y así luego, poseedora de una inteligencia altamente intuitiva y privilegiada, y con un gran afán por saber, en seis años adquirió los conocimientos que le habrían de permitir la realización de una gran labor y entrega: enseñar a hablar a Helen Keller.

 

 

La obra de Anne Sullivan

 

La tarea de Anne Sullivan fue una tarea de años y años. Una labor llena de paciencia infinita. Una obra llena de amor, entrega, comprensión y sabiduría. Y desde aquel día en que recibió a la “fierecilla indomada”, Anne supo aportar mucho de lo suyo y valorar mucho de lo que Helen poseía.

 

Al día siguiente de su llegada, Anne regaló a Helen una muñeca y, utilizando el alfabeto manual, deletreó la palabra “muñeca”, dándole a entender la relación entre los signos y el objeto. Aquello interesó inmediatamente a la niña. Primeramente como juego, luego como método de enseñanza, Helen iba aprendiendo a pasos acelerados.

 

Fue así como, poco a poco, Helen fue aprendiendo los nombres de otras cosas. No solamente lo que era la palabra “muñeca”, “brazo”, “cabeza”, “ojos”, “nariz”, “pecho”, “estómago o “espalda”. Ahora Helen aprendía, ya, otras palabras.

A veces se impacientaba y un día que no podía captar la diferencia entre “vaso” y “agua” estrelló contra el suelo su muñeca. Entonces la maestra sacó la niña al jardín, la llevó junto a la fuente, puso su manita frente al chorro y le enseñó lo que era “agua”. Helen aprendió de inmediato.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La infancia de Helen

 

La infancia de Helen al lado de su maestra fue alegre, fue feliz. Continuos descubrimientos, nuevas sensaciones, nuevos conocimientos inundaron su vida. Conoció el mar, se bañó en él. Aprendió historia tocando monumentos. Visitó un circo, toco los animales, incluso la boca de un león.

 

Visitó las Cataratas del Niágara, sintió la trepidación y fuerza del agua; pero lo mas sensacional de todo esto fue de que aprendiera a hablar. Helen había insistido en que se le enseñara a comunicarse con los demás, pues se había enterado de que una niña noruega sorda y ciega había aprendido a hablar.

 

El intento se hizo y Helen muy pronto empezó a emitir sonidos. A los diez años de edad la llevaron a la Escuela Horace Mann, donde bajo la dirección de Sarah Fuller aprendió el habla mediante el sistema aplicado a los sordos; es decir, percibiendo por el tacto las vibraciones de la garganta, el movimiento de los labios y las emisiones del aire.

 

 

Una mujer estudiosa

 

Helen fue una mujer inteligente, sabia, estudiosa. En 1894 ingresó a la Escuela Wright Hamason de Nueva York. Pero ella tenía la ambición de ir a una escuela de alumnos en posesión de todos sus sentidos y competir con ellos.

 

Lo consiguió. En 1896 comenzó sus estudios en una escuela de Cambridge, Massachusetts. Su fin era prepararse para ingresar en el Radcliffe College, lo cual logró cinco años después. Anne Sullivan asistía con ella a las clases y le comunicaba con el alfabeto manual todo lo que el profesor decía. Así fue como aprendió y así fue como se desenvolvió.

 

 

Una vida ejemplar

 

En verdad la vida de Helen Keller es un ejemplo de amor y fortaleza. Ella, a pesar de todo, realizó muchas, muchísimas cosas más de las que cualquier ser humano que se crea capaz pueda o haya podido con sus cinco sentidos realizar.

 

Aprendió a escuchar música, aprendió a llevar el compás de las melodías. Le gustaba escuchar el fonógrafo y deleitarse en los bailes y conciertos. Helen dio conferencias, aprendió varios idiomas y, por si fuera poco, aprendió a volar.

 

Helen Keller gustaba de arreglarse y lucir lindos vestidos. Su secretaria particular, Polly Thompson, le ayudaba. Helen conoció también el amor y llegó a casarse. Como en un cuento de hadas, nuestro personaje vivió un final feliz. Se trataba de un periodista, un atractivo joven con el cual Helen Keller se casaría.  Los dos, juntos, seguirían viviendo. Luego, los años vendrían por ella para llevársela a un mundo de verdadera luz. Ella dejaría su recuerdo y su imborrable ejemplo.

 

 

Artículo aparecido en el periódico “El Porvenir” de Monterrey, México, el 19 de marzo de 1990.

 


 

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