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Grandes Personajes

 

 

Juana de Arco

 

Federico Ortíz-Moreno *

 

 

Heroína y revolucionaria. Muchacha de origen campesino que luchara por restablecer la justicia y
la libertad. Mujer de gesto firme, mirada alta, y correcto y decidido actuar. Incansable combatiente
de fe inquebrantable que, imponiéndose sobre todas las cosas, supo dar a su patria un nombre y
un prestigio. Ella fue Juana de Arco.

 

 

 

 

Una mujer desconocida

 

Cuéntase que en las inmediaciones de este castillo, situado en la amurallada ciudad francesa de Chinón, todo era barullo. Sacudía a su gente una gran agitación. En una de las salas, miembros de la corte del rey: ministros, jefes, ayudantes, soldados, y hasta algunos curiosos del propio pueblo que, de alguna manera, habían llegado hasta este sitio, discutían sobre el avance del enemigo.

 

Francia estaba en guerra con Inglaterra. Solamente una de las ciudades francesas, Orleans, ubicada al norte del territorio galo, no había caído a mano de los ingleses. Eran ya noventa y dos años los que los franceses habían estado siendo dominados por las fuerzas del imperio inglés.

 

Había el informe, por otra parte, que muy pronto, el día menos pensado, las tropas inglesas caerían sobre el menguado y decaído ejército del rey. Y era él, precisamente, a quien esperaban los asistentes ese día en los salones del palacio. Debía comunicar a sus súbditos, a la mayor brevedad posible, la forma en que iba actuar, las tácticas y las estrategias a utilizar a fin de combatir al enemigo.

 

Todos estaban a la expectativa. Pero cuando la puerta se abrió no apareció por ella el príncipe heredero, sino una bella campesina adolescente, trajeada, pero muy hermosa, quien con trémula voz solicitó ver al soberano para informarle de un asunto de suma importancia para los destinos de Francia.

 

Y remató su solicitud arguyendo que no lo hacía por voluntad propia, sino obedeciendo una voz celestial, que le había ordenado presentarse ante el rey y pedirle que la pusiera a ella al frente del ejército para defender Orleans: «No vengo aquí por propia voluntad. Vengo porque una voz celestial me ha dicho que os pida me pongáis a mí al frente del ejército para defender la ciudad de Orleans, que es la única forma de vencer al ejército inglés».

 

Las risas no se hicieron esperar. Más que risas fueron carcajadas. Los presentes se desternillaban de risa y no sabían cómo parar. Nadie sabía ni siquiera quién era aquella ilusa, tonta, ingenua y mentirosa niña. Lo sabrían muy poco tiempo después. Se trataba de Juana de Arco.

 

 

Nuestro personaje

 

Juana de Arco fue una muchacha campesina de la región francesa de Lorena. Heroína gala, hija de labradores, nuestra biografiada nació en un mes de enero de 1412. Su existencia estaba destinada a ser una del las más fugaces entre las de los grandes protagonistas de la historia, pues sólo alcanzaría a vivir 19 años.

 

Algunos dicen (yo también lo creo), que muchas cosas se han distorsionado acerca de su vida. Cuando se habla de héroes o heroínas, es obvio que cada uno tome partido; más si se agrega a esto cuestiones de origen sobrenatural como el caso de Juana de Arco.

 

Sus biógrafos oficiales admiten un legítimo factor sobrenatural, como si Dios hubiese tomado partido por los franceses contra los ingleses y hubiese escogido a Juana de Arco para salvar a Francia. La hacen cumplir un papel militar protagónico, objetivo y concreto, bastante alejado de lo que dicen otras fuentes históricas disponibles.

 

 

La existencia de Juana de Arco

 

No hay la más remota duda o discusión acerca de la existencia de este personaje, Juana de Arco. Lo que pasa que el tiempo dio paso a leyendas e historias que hicieron ver a esta protagonista como una figura de mito o de leyenda.

 

En la Francia medieval hubo una joven campesina, de carácter muy humilde, natural de la aldea de Domremy, en la región francesa de Lorena. Esta muchacha era hija de Jacobo de Arco, y se dice que, desde pequeña, empezaba a fantasear e imaginar cosas.

 

Las alucinaciones que tenía fueron mezclándose en ella para decirle la encomienda que tenía. Eran ideas no propias de una persona cuerda. Más tarde, esta persona, la de las ideas descabelladas, jugaría un papel protagónico en la vida insurgente de Francia, en la llamada «Guerra de los Cien años».

 

 

La vida de Juana de Arco

 

La vida de Juana de Arco estuvo rodeada de un montón de obscuras leyendas. Se dice que, antes de diciembre de 1428, durante un período que abarcó desde sus 12 o 13 años hasta ya cumplidos los 16, Juana había estado escuchando voces sobrenaturales que le pedían a ella, una simple aldeana iletrada y neófita de la ciencia militar, se uniera a la tarea de expulsar a las tropas inglesas invasoras.

 

Angustiada por tales «hechos» que le pasaban (algo sentido, vivido o experimentado por ella), convenció primeramente a los labriegos de su propia aldea. Luego obtendría, después de varios intentos, la aprobación de las autoridades locales para emprender un viaje hacia la corte del príncipe heredero al trono francés.

 

 

En el Castillo de Chinón

 

Una vez que llegó al castillo de Chinón, expuso, ante el delfín y su corte, aquello que le llevaba por esos lares. Les explicó que por inspiración divina disponía de mandato y poder para vencer a los ingleses, los enemigos de Francia. 

 

Hubo vacilaciones, pero después de todo, algo había como para que se le hiciese caso. Tal vez esto haya sido una estratagema para confundir a los ingleses y ganarles la batalla. Tal vez haya sido un ardid, una estrategia, más que una fiel y plena creencia en las palabras de la campesina Juana.

 

Y fue así como, con la aprobación de los consejeros claves de la corte de Carlos, el príncipe heredero, Juana de Arco fue incorporada al ejército que combatía a los ingleses, para que a través de su presencia (una forma de tener una figura e imagen), se testimoniase que Dios estaba al lado de los franceses.

 

Era una forma de mover a los ejércitos, una manera de hacerlos participar y tener una creencia positiva de que algo bueno se podía sacar de todo esto. De ahí a que su presencia, el estar ahí, sirviese de parapeto o estandarte a la causa enarbolada: dar libertad a los franceses.

 

 

La propaganda

 

Es lógico que debemos admitir la imposibilidad de gobernar sin impartir órdenes, difundir consignas, presentar la «versión oficial» de los acontecimientos, ensalzar a los amigos y denigrar a los enemigos; es algo que comúnmente pasa. Al menos eso es lo que hacen todos los gobiernos, supuestamente civilizados. Naturalmente en todo esto pudiera agregarse que los gobernantes siempre han tratado de dar a entender que la justicia humana y la divina están a favor del soberano.

 

Y esto fue lo que se hizo: Juana de Arco fue, en gran medida, un medio para llegar al pueblo, un modo de influir en él, hacerle creer que muchas cosas se podían llevar a cabo; cosas que, a final de cuentas, sucedieron. Juana de Arco era el heraldo, el portador (la portadora) de noticias, el alma del ejército, la heroína y salvaguarda de los franceses.

 

 

Lo que se sabe

 

Existe valiosa información sobre Juana; información obtenida de archivos reales donde los historiadores encontraron un buen número de cartas reales en las que se informa y se comenta acerca de la «Guerra de los Cien Años». Cartas en que se hace alusión a un plan que existió para utilizar a Juana de Arco como visionaria, adivina (astróloga, casi), pronosticadora de victorias y encarnación de una voluntad divina que intervenía en pro de la causa francesa. No obstante, en ninguna de estas misivas se presenta a Juana de Arco como estratega o conductora de la guerra contra los ingleses.

 

Para muchos resultaba ilógico pensar que una adolescente iletrada, mística, poseída del espíritu, estuviese al mando de un pelotón, dirigiendo todo un ejército; sin embargo, bajo el influjo de las victorias de Napoleón, Juana de Arco resultó la figura ideal para asumir el rol de heroína de la patria.

 

 

Sobre la Guerra de los Cien Años

 

Desde el año de 1066, cuando Guillermo el Conquistador, duque francés de Normandía y súbdito del rey de Francia, ocupó el trono inglés, Francia e Inglaterra habían estado constantemente en pleito. Aparte de la vecindad entre ambos reinos, los sucesivos y entrecruzados vínculos sanguíneos entre las familias de ambas casas reales, daban pie a disputar sobre los derechos hereditarios del otro reino.

 

No es sino hasta 1337, cuando el rey Enrique III de Inglaterra desembarca en las costas francesas, al frente de un poderoso ejército de veinte mil hombres, cuando se da por iniciada la llamada «Guerra de los Cien Años». A partir de entonces se agudizan los problemas. Los hechos de sangre se suceden a cada momento. Francia se divide en dos fracciones rivales: la de los borgoñeses, opositores al rey, y la de los armañacs, leales a la corona.

 

Meses más tarde se inicia una verdadera guerra civil librada por ambos bandos, la de los borgoñeses contra los armañacs, y viceversa. Así mismo, surge una alianza natural entre la facción de los borgoñeses y los invasores ingleses. Viene luego un problema más fuerte aún: Francia estaba gobernada por un rey loco, Carlos VI; mientras que la reina, Isabel de Baviera, si bien cuerda, destacaba por libertina e intrigante.

 

Dos hechos más a reseñar son: 1) el asesinato de Juan sin Miedo, llevado a cabo por los servidores del príncipe Carlos, el hijo del rey loco, vengando así al duque de Orleans; 2) la firma con Inglaterra del vergonzoso Tratado de Troyes. Acuerdo que es acordado y aceptado en mayo de 1420 por Carlos VI, el rey loco.

 

 

El Tratado de Troyes

 

El Tratado de Troyes era una verdadera afrenta para los franceses; o, más que afrenta, humillación. De acuerdo a sus cláusulas, el rey loco aceptaba el matrimonio de su hija Catalina con Enrique V, rey de Inglaterra; pero al mismo tiempo declaraba bastardo a su hijo Carlos, el príncipe delfín, con el cual Juana de Arco habría de entrevistarse, nueve años más tarde, en el Castillo de Chinón.

 

No paraba todo ahí. Lo más grave del caso era que legaba la corona de su reino (Francia), con todos sus derechos y pertenencias, a su yerno, el rey Enrique V de Inglaterra, y al heredero legítimo que éste tuviera con Catalina. Luego, por azares del destino, como si hubiese un conjuro de por medio, ambos reyes, o sea, el rey loco (Carlos VI de Francia), y su yerno (Enrique V de Inglaterra), fallecerían con pocos meses de diferencia.

 

 

Algo más sobre Juana de Arco

 

Todo parece indicar que Juana de Arco no era una muchacha que pudiéramos llamar normal. Padecía alucinaciones de tipo auditivo, y su carácter presentaba rasgos obsesivo-compulsivos. Ante los ojos de los demás se trataba de una persona hiperactiva, que no se daba un solo momento de reposo o de descanso.

 

Por otra parte, había también un grupo de personas que habían visto en la joven Juana características que pudieran considerarse como cualidades: poseía un magnífico don de convencimiento (lo cual era bueno para arrastrar seguidores), irradiaba una firme seguridad (lo cual también resultaba efectivo a fin de que los que le siguieran le creyesen), y poseía una valentía inquebrantable (que hacía que nadie o casi nadie tuviese miedo ante el arrojo de su líder).

 

Otras cualidades que hacen referencia a Juana de Arco era de que ésta se expresaba con sentido común (muchas de las cosas que decía, resultaban lógicas y ciertas), una inteligencia y perspicacia verdaderamente notables, y prueba de ello -dicen- es haber salido airosa cada vez que tuvo que discutir con los más doctos teólogos de la iglesia, tanto en la corte del príncipe Carlos, como durante el proceso de inquisición que le costó la vida.

 

Así fue como, si bien una parte la desprestigiaba y la hacía aparecer como loca, otro grupo, bastante poderoso, no pensaba lo mismo. En otras palabras, el cuerpo de consejeros y de ministros que rodeaba al príncipe Carlos no encontró en Juana de Arco a una mujer que alucinase o una visionaria que estuviese enferma de la mente.

 

Todo lo contrario, Juana de Arco -decían- era esa dulce muchacha campesina que se había presentado como enviada de Dios para anunciar y pronosticar la victoria de Francia y la próxima y futura coronación del príncipe Carlos como rey de Francia.

 

 

El papel de Juana de Arco

 

Juana de Arco jugó un papel importante en la vida de Francia, particularmente en la Guerra de los Cien Años, la Batalla de Orleans, la Conquista de Reims, y otras importantes batallas. Se le dotó de cabalgadura, tienda de campaña y de un séquito de sirvientes y ayudantes, entre los cuales se encontraban sus dos hermanos.

 

Aunado a todo esto, se requería, así mismo, darle a la doncella otras cosas que eran necesarias: ropa de hombre, una armadura hecha especialmente para ella, una espada (que nunca se tiñó de sangre), y un estandarte, que pronto se convertiría en símbolo del pretendido respaldo divino a favor de los franceses.

 

Juana acompañaba al ejército, era parte del él, pero nunca alcanzó a tener injerencia en el proceso de adoptar decisiones militares. Tampoco le daban órdenes, ni la mandaban a combatir. Simplemente se le dejaba actuar espontáneamente. Lo anterior era, también, una forma de controlar al pueblo, de manipularlo. Estaban seguros que Juana podría guiarlos hacia lo que ellos (pueblo y gobierno) deseaban.

 

 

Juana en la batalla

 

Y así fue como nuestro personaje fue poco a poco inmiscuyéndose en el ejército. De repente, sin que nadie la llamase, Juana de Arco se hacía presente en los momentos más difíciles de cualquier batalla. Era como si de pronto apareciese de la nada.

 

Entonces se limitaba a alentar a sus compatriotas, a seguir en pie de lucha. Arengaba a los combatientes a que siguieran adelante, les pedía valor para poder soportar el dolor y los problemas, intrepidez para tener arrojo y continuar avanzando, asegurándoles, al mismo tiempo, que la victoria estaba a punto de ser alcanzada. Las victorias no se hicieron esperar; poco a poco las batallas se fueron ganando, y los franceses vieron con asombro el logro de sus propias hazañas.

 

 

Antecedentes, victorias y derrotas

 

Ya habíamos comentado que Juana, según sus propias declaraciones, se sintió llamada por Dios para luchar contra los ingleses y entronizar al delfín Carlos VII, quien la recibió en el castillo de Chinón, en 1429, y asesorado por un grupo de teólogos, decidió que fuese armada caballero en Poitiers y aprovechar sus servicios.

 

Al frente de un ejército, Juana de Arco liberaría Orleans, en mayo de 1429, derrotando a los ingleses en la batalla de Patay, en junio de ese mismo año. Participaría en la conquista de Reims, donde Carlos VII sería solemnemente coronado el 17 de julio de 1429. Intervendría luego en una serie de campañas secundarias, que culminaron en el sitio de París (septiembre, 1429), donde luego de varias batallas Juana de Arco es finalmente derrotada.

 

 

Es hecha prisionera

 

Muchas e importantes habían sido las victorias lograda por el ejército francés, sobre todo aquellos grupos encabezados por Juana de Arco. Posterior a la coronación de Carlos VII, siguió un período de guerras intermitentes; y, en mayo de 1430, participando en una batalla menor en las afueras de la ciudad amurallada de Compiegne, Juana de Arco fue hecha prisionera por gente de la facción borgoñesa.

 

Para no contrariar a sus aliados los ingleses, los borgoñeses la vendieron a cambio de mil francos, y Juana de Arco fue trasladada a la ciudad de Ruán, donde se montó un proceso inquisitorial en su contra. Se trataba de un proceso religioso. Un proceso en que nadie hizo nada para salvarla, y donde ni siquiera el propio rey Carlos VII hizo intento alguno para rescatarla, comprar o negociar su libertad, o al menos atenuar su condena por otra menos severa o cruel.

 

 

El proceso contra Juana de Arco

 

El proceso que se siguió en su contra (como la mayoría de los procesos que se siguen en todas partes) fue amañado y tendencioso. No se le acusaba de algo específico (traición, asesinato, insurrección). Se trataba de un proceso único, especial; un proceso religioso, bastante injusto y completamente fuera de toda ley, pues, con ello, Juana de Arco estaba, prácticamente, condenada desde antes.

 

Se trataba de un proceso en que, debido a que esta extraña, inesperada y única adversaria no había combatido con armas legítimas (las de la guerra), sino que había utilizado las armas de la fe religiosa, sería la propia Iglesia, a través del tribunal de la Santa Inquisición, quien resolvería si Juana de Arco era una enviada de Dios para apoyar a los franceses, o si bien se trataba de sólo un último y desesperado recurso del que se habían valido éstos.

 

Así, sin contar con asesoría religiosa alguna, asistencia jurídica, o algún otro tipo de ayuda, Juana de Arco se enfrentó a cerca de cincuenta teólogos y jueces eclesiásticos, quienes en el fondo sólo buscaron confundirla. Fueron veinte semanas de interrogatorios en que, entre preguntas, sugerencias e insinuaciones trataron de confundir y enredar a Juana de Arco. Deseaban hacerle expresar cualquier idea que tuviese algún asomo de herejía.

 

 

Las acusaciones

 

Fueron varias las acusaciones que hacían sus enemigos a nuestra protagonista. Hechicería, brujería, herejía y concertación con el diablo eran algunas de estas acusaciones. Según los jueces que llevaban el caso, las «voces sobrenaturales» habrían sido ya sea una invención de ella misma o bien, incluso, hasta la voz del propio diablo.

 

Otra de las acusaciones de que fue objeto es que ella, Juana de Arco, valiéndose de «malas artes» había convencido al príncipe Carlos para iniciar una lucha, sin mostrar en ningún momento que hubiese sido verdaderamente una enviada de Dios. Finalmente, una última acusación que se le hacía, resultaba por demás ridícula: el vestir ropas masculinas.

 

 

El final de Juana de Arco

 

El final estaba marcado. Valiéndose de triquiñuelas legales y no legales, luego de diversas consideraciones, los jueces optaron por condenarla. En la plaza situada frente al viejo mercado público de Ruán, y ante una inmensa multitud consternada, Juana de Arco fue quemada viva en la hoguera el 30 de mayo de 1431.

 

Cuatro años más tarde, Felipe el Bueno, quien encabezaba la fracción borgoñesa, decidió aliarse con el rey Carlos VII. En 1453, luego de una concluyente victoria francesa, se dio por terminada «La Guerra de los Cien Años».

 

Tres años más tarde, en 1456, a iniciativa del propio rey, se abriría un juicio póstumo luego del cual Juana de Arco sería totalmente rehabilitada. Como resultado de este proceso la propia Iglesia le rehabilitaría y exoneraría de toda culpa. En 1920, el Papa Benedicto XV, la consagraría como santa de la Iglesia.

 

 

Artículo aparecido en el periódico “El Porvenir” de Monterrey, México, el 5 de marzo de 1990.

 


 

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