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Grandes Personajes

 

 

Francisco de Goya

 

Federico Ortíz-Moreno *

 

 

Artista, pintor, amante del arte y de la vida. Personaje que viviera intensamente su vida. Pincelista
y retratista de sueños, vivencias y querencias. Pintor dotado con la magia de su trazo y de su mano.
Señor de señores que deja sobre los tersos y recios lienzos su nombre: Francisco de Goya.

 

 

 

 

Francisco de Goya

 

El nombre de Goya inspira a muchos toda una serie de imágenes asociadas a la vida misma y costumbres de un pueblo y de un pintor que lo tuvo todo ante sus ojos. Por él pasaban pasiones y conflictos, experiencias anímicas que se detenían, rasgaban su alma y salían de ésta misma a través de expresiones hechas pintura.

 

Su nombre era Francisco de Goya y Lucientes, un hombre que supo plasmar los más diversos contrastes de expresión humana sobre el lienzo y la pintura. Un hombre que naciese un 30 de marzo de 1746, de padres pobres y una educación no muy bien cuidada, que digamos. Goya, un joven pintor aragonés de carácter algo hosco, bastante inculto y que se dice, a veces, era hasta torpe en su dibujo.

 

 

La infancia de Goya

 

La vida de Goya, durante su infancia, fue muy semejante a la de otros niños de su época. El pequeño Francisco se la pasaba jugando con sus amigos de barrio, tratando de ver quién tiraba mejores y más certeras pedradas, rompiendo vidrios y descalabrando, alguna que otra vez, a algún transeúnte descuidado.

 

Claro, no siempre eran transeúntes a los que hería en la cabeza con sus bien dirigidas pedradas. La mayoría de las veces éstas acciones estaban encaminadas a “eliminar” a algún enemigo contrario a su banda o su pandilla. Eran cosas de niños y cosas que una educación (o falta de educación) propiciaba.

 

 

La Escuela

 

Y como todos, al menos alguna vez lo hemos hecho (o al menos eso me imagino yo), Goya también asistía a la escuela; ahí aprendió algo de lo elemental, que si bien no siempre sirve, cuando menos tampoco incomoda mucho... Fue así como el cura del pueblo no tardó darse cuenta en el talento artístico de Goya, y gracias a su mediación pudo conseguir que sus padres lo enviasen a estudiar a Zaragoza, como aprendiz de pintor.

 

 

Los primeros pasos

 

Su primer “maestro”, por decirlo así, fue José Luzán Martínez. Con él aprendió las primeras mezclas, aprendió ciertos detalles, descubrió la disciplina, pero sobre todo, hizo y trabó verdaderas y valiosas amistades. Fue aquí donde conociera a Francisco Bayéu, quien más tarde iría a convertirse en pintor de la corte, y con cuya hermana, Josefa, habría de casarse más tarde Goya.

 

Otra de las personas que Goya habría de conocer lo fue Francisco Zapater, quien se convirtiese poco después en gran amigo y corresponsal de toda la vida. Persona que se convirtiera, así mismo, en su más fiel admirador. Sin embargo, la estancia de Goya en Zaragoza no fue siempre permanente, pues hubo que abandonarla. Su carácter hosco, recio e incluso violento llegaron acarrearle nuevas dificultades. Por eso, luego de una riña callejera en la que hubo hasta muertos, Goya juzgó conveniente trasladarse a Madrid.

 

 

Más sobre la vida de Goya

 

En realidad muy poco se sabe acerca de este período de Goya. Parece, sin embargo, que su vida disoluta, y afición a las peleas callejeras, le obligaron, hasta cierto punto, el tener que seguir viajando; o, como dirían otros, “huyendo de la justicia”. Se dice, también, que es probable que se uniera a un grupo de toreros ambulantes y que viajara hasta las costas del Mediterráneo, donde lo más seguro hubiese embarcado para Italia.

 

Y así, tras largas aventuras, Goya llega finalmente a Roma, la ciudad con alma, la ciudad eterna. Su llegada, aunque enfermo y pobre, le hace ver y constatar que Roma es la Meca de los pintores de aquél tiempo. Así, con orgullo y entusiasmo, lo mismo que gracias a su constitución robusta, Goya supo sobreponerse a su enfermedad, consiguiendo reunir algún dinero (dinero que no se sabe muy bien cómo lo hubo o lo ganó), pero que le sirvió para seguir subsistiendo, y para seguir aprendiendo pintura.

 

No fue sino hasta el año de 1771, durante el estío, en que Goya regresa a Zaragoza, luego de su viaje por Italia (que le sirviera, así mismo, para elevar su aureola de fama y de prestigio). Goya, para aclarar, había ganado un segundo lugar en un concurso de pintura organizado por la Academia de Parma. Esto le sirvió, para que a su regreso a España, a Goya le dieran la noble, pero difícil tarea de pintar los frescos del Templo del Pilar y el Aula Dei de los Cartujos.

 

 

El casamiento

 

Como había mencionado, Goya había trabado amistad con la familia Bayéu, particularmente con Francisco Bayéu, pintor y amigo suyo, así como con la hermana de éste, Josefa, con quien más tarde se casaría. El matrimonio se efectuó en 1775 y, de los numerosos hijos que tuvieron, solo cuatro habrían de sobrevivir. Y, como muchas veces sucede, su gran amigo se convirtió en su enemigo. Bayéu haría duras críticas a su arte y su cultura, mientras que Goya, por su parte, llegó al punto de casi odiarlo.

 

Pero la vida de casados continuó. Unas veces mal, otras veces bien. Y si por una parte pareciese que el futuro les era incierto, por otro lado el presente les era tranquilo y hasta, diría yo, halagador. Goya, ya para entonces, se había introducido en los más altos círculos de la sociedad y de la corte. Algo no muy distinto de lo que pudiéramos encontrar hoy en día.

 

 

Estilos y contra-estilos

 

Por aquél tiempo había un pintor, el austriaco Rafael Mengs, a quien se consideraba el artista de moda. Mengs se encargaba de la decoración del palacio real, revistiendo los muros con frescos y tapices clasicistas. Frescos que, aunque correctos, se consideraban fríos, de poca vida y de muy poco colorido. Sin embargo, todo esto que se veía aquí no era mas que la “última palabra” o el sentido más exigente de lo que pudiéramos llamar “buen gusto”. Un gusto de tipo internacional, al que nadie osaría oponerse.

 

La contraparte, para situarlo y definirlo de una vez, lo era Goya, con un arte espontáneo, concreto, sencillo y apasionado. Era como la antítesis del “estilo oficial” de su tiempo. Sin embargo, y a pesar de todo esto, fue el propio Mengs, a solicitud de Bayéu, que trabajaba bajo si dirección, el que consiguió que Goya se encargara de los “cartones” para tapices, los cuales iban a darle su primera “oportunidad” en la corte. Y así fue como, de 1776 a 1780, Goya empezó a trabajar en sus rápidos y frescos cartones, pintando más de una veintena, algunos de los cuales fueron rechazados por los obreros por ser éstos (los frescos), demasiado difíciles de pintar.

 

 

El arte de Goya: magia de escenas, juegos y colores

 

Goya era un genio para la pintura. En ella imprimía arte, plasticidad, vida y belleza. Belleza que plasma con magia de escenas, juegos y colores. Cartones que presentan escenas callejeras o campesinas, a la vez que alegres juegos como el de La Gallina Ciega, a la vez que hermosas majas, chisperos (pícaros o bufones) dispuestos en animados grupos.

 

Eran hermosas pinturas de originales trazos y vivos colores que daban más realce a la escena presentada. Eran matices, tonos y colores que aunados a sus trazos decían mucho de este ya gran artista que mostraba su talento y madurez como pintor.

 

Goya no solo tenía expresividad, sino que sabía expresarse y saber llegar a la gente. Así fue como poco a poco empezó para Goya una etapa de prodigiosa actividad. En 1785 fue nombrado Director de la Academia de las Artes; y, en 1786, pintor de cámara. Todo mundo se disputaba su pincel, todos querían tener un cuadro de él. Desde los más altos personajes hasta aquellos que se decían de sangre real sin tenerla ni cuando menos compartirla.

 

Goya era la excelencia, Goya era “lo máximo”. Tanto el rey como la reina lo protegían y lo alentaban. Y esto, uno lo puede apreciar en el Museo del Prado donde se conserva un famoso retrato de la familia de Carlos IV, así como diversos retratos de la reina con mantilla, el rey con uniforme y cuadros ecuestres del rey y de la reina, dignos de la mejor escuela.

 

 

La Duquesa de Alba

 

Importante figura en la vida de Goya fue la duquesa de Alba. Hermosa mujer con quien empieza amistad en 1791. Goya pinta un espléndido retrato de la duquesa con una dedicatoria que dice “su amigo Goya”, y lleva por fecha 1795. La duquesa juega un papel muy importante en la vida de Goya. Ella ya era casada, pero estaba harta de estarlo.

 

Empieza la amistad, y la duquesa le encarga varias comisiones. Una de ellas era pintarle (tanto cuadros como su propio retrato); y, otras más, para que le proporcionase un poco de amor y aventura. La duquesa se había casado a los trece años con el marqués de Villafranca y llevaba ya veinte años de matrimonio. Era hermosa, bella, delgada, menuda y muy coqueta o pizpireta. En realidad, lo que pudiéramos llamar la primera mujer moderna que aparece en España. Y, como es lógico suponer, Goya queda prendado de ella.

 

 

Goya y la Duquesa

 

Y se juntaron la ronda con los piteros... La duquesa, extravagante y coqueta, viaja con Goya por toda Andalucía y una buena parte de España. Sin embargo, la felicidad de Goya no podría durar mucho. La picaresca señora empieza a jugar con otros hombres, distrayendo su atención hacia algunos toreros de moda, entre ellos Costillares.

 

Como es lógico, a nuestro rechonchito personaje, Goya, no le agradó mucho esto, viéndose posteriormente en sus pinturas un arte que oscila entre el sarcasmo y la violencia, por un lado, y la risa y la alegría de vivir, por el otro. Son años en los que pinta su Maja Desnuda; escenas de toros, balcones floridos en que asoman damas tapadas, escenas de colores, tal vez fuertes, “proyectivas” o agresivas, donde deja ver su odio, su sarcasmo o su ironía por lo que acontece en la fiesta brava.

 

Goya sigue pintando a “su mujer”. En una ocasión la pinta y la dibuja con una sortija en cuyo centro se halla escrito el nombre de Goya. Dibujo y pintura donde ella señala con el dedo la firma del pintor, escrita hacia arriba, como si quisiese que ella solo lo leyera. Vienen luego escenas, como las ya descritas en el párrafo anterior donde pinta cuadros de tauromaquia con escenas violentas, crueles y sombrías, donde pareciese como si le fuera al toro, en vez de irle al torero. Cosa que se dice a Goya le gustaba...

 

 

Goya y su pintura

 

Comienzan también para Goya otros años. Período en que inicia a grabar sus aguafuertes y sus Caprichos, en los que desborda toda una amarga e implacable fantasía. Un arte muy fuera de lo común con grandes toques moralizadores, sobre todo sabiendo que una vez, en el Diario de Madrid, Goya anunciase la publicación de su colección de “aguafuertes”.

 

Goya estaba convencido de que la censura de los errores y los vicios humanos también pudieran ser objeto para poder expresarse a través de la pintura. Cuestiones que él mismo señala son multitud de extravagancias y desaciertos que imperan y son comunes en una sociedad civil, una sociedad llena de preocupaciones y embustes vulgares, autorizados por la comunidad y en los que él cree pudiera proporcionar material para ridiculizar dichas fantasías. Goya hacía la publicación citando casa y número, así como el costo de la obra de 80 estampas, que vendía a 320 reales de vellón.

 

 

Los problemas y la vida interior de Goya

 

Goya sigue enamorado apasionadamente de la duquesa, quien a su vez sigue entregándose a Costillares. Vienen otros pesares para Goya como lo fue su sordera, mal que iba en aumento y apartaba al pintor del contacto con los demás. Viene después la invasión francesa, la guerra napoleónica y la rebelión del 2 de mayo. El país queda destrozado y dividido. Por una parte los conservadores y por otra los liberales. Goya era liberal.

 

Continúan los problemas interiores de Goya. El, liberal, se siente atraído por las ideas de la Revolución francesa. Empieza a escribir, aunque sin dejar para nada la pintura. Es más, muchos de sus pensamientos los dejaba impresos en sus pinturas, cuadros y aguafuertes, como aquél en el que escribiera: “La fantasía, abandonada de la razón, produce monstruos; pero, unida a ella es la madre de las Artes y las Maravillas”.

 

Tal era el epígrafe que Goya escribiera. Un hombre que se debatía entre la razón y la no-razón, entre lo racionalista y lo antirracionalista; un hombre atraído entre la magia y embrujo de un pueblo, todo lleno de vida, y el repudio, intolerancia, fanatismo y sinrazón de muchos españoles.

 

 

Goya el artista

 

Goya el artista, Goya el pintor. Personaje de esta nueva serie que nos dejara tantas cosas: Los Desastres de la Guerra, donde se manifiesta y agudiza lo fuerte, sombrío y violento de sus obras; donde muestra no solo el dolor de un país, de un hombre, de un grupo o de una secta, sino más bien, el dolor de todas las madres del mundo, de las mujeres, de las madres, de las novias, de las esposas, del dolor que acompaña al ser humano al ver que se desvirtúa la razón de ser y el camino a seguir.

 

También habrá obras muy alegres, donde se muestra alegría, fiesta y colorido; obras sumamente bellas y de grandes matices como El Columpio, El Quitasol, El Cometa y La Vendimia, cuadros costumbristas, donde muestra lo alegría de la gente y la espontaneidad de sus rostros y figuras; o también, grandes obras como la del Albañil Herido, en que aparece la trágico o lo dramático.

 

Francisco de Goya tuvo impactantes cuadros que llenaban, a veces de estupor y de miedo. Se decía, que bastaba con quitar las caretas que la misma sociedad había impuesto, para que de pronto, y sin más remedio, apareciese la locura, el horror y la muerte. Cuadros en los que aparecían los personajes reales tal y como eran: descarnados, fríos y hasta siniestros.

 

Muchos se preguntan el cómo y por qué gustaban estos cuadros, y, una posible respuesta, es que a ellos también les gusta participar de lo siniestro, lo macabro o lo nebuloso. Otros más aseguran que en los nobles y en los reyes predominaba el cinismo sobre la hipocresía, y les agradaba mucho mostrarse tal y como eran.

 

Goya tuvo inspiración, Goya tuvo calidad. Es innegable que Goya consiguiera lo que poquísimos retratistas pudieran haber conseguido: una representación fiel, un punto de vista exacto: mostrar al personaje tal y como era, sin trampas de ninguna clase... Un gran artista que fue convirtiéndose en el pintor y retratista de moda, y que llegara a vivir, más que con holgura, hasta con cierto lujo, entre los personajes y la sociedad de aquél tiempo.

 

 

“La Quinta del Sordo”

 

Vencido Napoleón y expulsado del trono de España su hermano José, empezaron para Goya unos momentos, o más bien años, sumamente difíciles. En realidad Goya había colaborado hasta cierto punto con el invasor. A Goya se le consideraba liberal, ideas algo radicales, y esto no podía ser tolerado.

 

Sus amigos, por otra parte, la mayoría de ellos habían sido desterrados. Él, Goya, sordo y no con mucho dinero que digamos se trasladó a una vieja finca en las afueras de Madrid, a la que desde aquél preciso momento empezaron a llamar la “Quinta del Sordo”. Fue en esta misma quinta donde Goya se replegó en sí mismo, empezando a pintar ya no para los demás, sino para él y solo para él. Las “comadres” cuchicheaban acerca de todo lo que acontecía en esta finca, cosa que a Goya, si bien al principio le molestaba, al final de cuentas terminó por “valerle” o no importarle.

 

Fueron, éstos, años de convulsión interna para él. Y si no que lo digan los frescos que cubrieran después los muros de esta casa. Los frescos de la “Quinta del Sordo”, frescos con visiones apocalípticas, aquelarres de brujas, ajusticiados... Saturno devorando a sus hijos... Cuadros en los que utiliza casi exclusivamente los blancos y los negros, fundiendo -como diría un escritor- “la pesadilla y la observación exacta del detalle”.

 

Goya continuó, y no obstante su enfermedad y su aislamiento, el pintor, por el contrario, siempre joven y vigoroso en su obra, empezó a interesarse por un nuevo medio: la litografía. La litografía había sido inventada unos cuantos años antes, pero muy pocos la utilizaban o la conocían. Los trabajos de Goya muestran que era todo un gran artista y esto lo llevó hasta sus últimas consecuencias.

 

 

Goya: sus últimos años

 

Como se sabe, el ambiente en España, al menos para Goya, era ya insoportable. El rey le había devuelto su cargo no sin antes “advertirle” o señalarle que más bien lo que Goya debiera merecer era “el garrote”. Sin embargo, por “amistad”, por “buena gente” o a fin de “comprarlo” le perdona, le absuelve y le hace pintar para él.

 

Así, obligado a pintar para el rey, ya casi sin amigos y sumido en un clima espiritual que le era totalmente adverso, Goya prefiere el destierro voluntario y decide marcharse a Francia. Esto, en 1824, y pretextando razones de salud para que de este modo le permitieran solicitar una licencia de seis meses y así retomar nuevas fuerzas y energía.

 

 

París

 

Llega a París, ya viejo, bastante sordo, torpe y débil. Sin embargo, el ánimo que posee Goya le hace revivir. Ahí reencuentra viejos amigos, cena con ellos y esto le da más ánimo para seguir por el mundo. Pinta varios retratos, hace varios dibujos, se traslada a Burdeos (casi en la frontera con España), y de ahí le asaltan nuevamente las preocupaciones económicas. Le invade la nostalgia, Madrid, los recuerdos y desamores que tuviera con la gran duquesa de Alba.

 

Goya continúa pintando. Hace autoretratos, cuadros, dibujos y litografías, las cales le absorben la mayor parte de su tiempo. Consigue que el rey lo jubile dándole sueldo completo. Se dedica luego a su familia. Tenía ya para entonces 80 años. Regresa a Burdeos acompañado de su nieto Mariano. Se reúne con viejos y jóvenes amigos. Asiste a tertulias, pláticas de café, corrillos... Dedica gran parte a le educación de su hijo -el único que llegó a edad adulta-, así como de su nieta adoptiva. Su vista se hace cada vez más débil y se ve obligado a utilizar gruesos lentes.

 

 

Los últimos pasos

 

Goya ya es un hombre grande. De ahí que recuerde, de 1828, un dibujo, que se encuentra en el Museo del Prado, que representa a un viejo de larga barba que, apoyado en dos bastones, avanza con gran dificultad; y, una leyenda que con puño y letra de Goya dice: “Aún aprendo”. Cuadro simbólico y de gran visión de este estupendo pintor que muriera en Burdeos un 16 de abril de 1828, tras un ataque de apoplejía.

 

 

El recuerdo

 

La vida y la pintura de Goya fue más allá de todo. Un hombre con un gran temperamento. Original, rebelde, fatuo (a veces), individualista, inquieto y profundista. Un hombre cuya vida y obra están llenas de contradicciones, como lo es en sí la vida. Un hombre de pueblo que siendo liberal fue “obligado” a tratar a reyes a los que él mismo consideraba estúpidos o imbéciles. Un hombre rudo, fuerte lleno de vitalidad y lleno de talento. Un hombre toda espontaneidad, arte y talento: ¡Goya!

 

 

Artículo aparecido en el periódico “El Porvenir” de Monterrey, México, el 4 de diciembre de 1989.

 


 

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