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Grandes Personajes

 

 

Denis Diderot

 

Federico Ortíz-Moreno *

 

 

Destacado enciclopedista y eminente filósofo francés. Hombre de carácter severo y firme,
distinguido por su profesión y gran cultura. Figura importante en el campo de las ideas y
la educación. Estudioso de distintas materias y disciplinas, él fue Denis Diderot.

 

 

 

 

 

Los grandes hombres

 

A los hombres se les conoce por sus ideas y sus acciones. Diderot fue una persona que destacó en muchos órdenes, particularmente el de las ideas. Una persona que deseaba empaparse de todo, conocer ampliamente cada una de las cosas: ciencias y materias. Un hombre dedicado a conservar en un solo espacio los más diversos conocimientos.

 

Diderot fue su nombre. Un personaje al que se le cataloga como la cabeza enciclopédica más grande que jamás haya existido. Un hombre que muy pronto sería visto y conocido como uno de los más grandes filósofos franceses de todos los tiempos.

 

Diderot, una figura que se le compara, a veces, con el genio de Voltaire. Un hombre que dedicó gran parte de su vida a acumular conocimientos, a hacer observaciones, apuntar, hacer anotaciones y a transmitir por medio de sus libros los conocimientos adquiridos.

 

 

Cuándo nace Diderot

 

Denis Diderot nace en Langres, esa preciosa región al noroeste de Francia, el 5 octubre de 1713. Su familia pertenecía a gente y miembros de personas de oficio cuchilleros, establecidos en la localidad más de dos siglos atrás.

 

Era una familia conocida, querida y distinguida. Su padre, hombre de carácter severo y firme, poseía un excelente juicio. Era un hombre piadoso, buena gente, conocido y reconocido por su alta probidad. Los que le conocieron, sobre todo los pobres, le lloraron a la hora de su muerte. Diderot, el futuro filósofo y enciclopedista, era el mayor de los tres hijos.

 

 

Entorno, familia y estudios

 

A diferencia de Voltaire y de otras figuras grandes de su siglo - cansados y vencidos, casi siempre por cierto dejo de amargura- Diderot conservó, por lo general un cordial amor por su familia. Una persona que guardaba gratos recuerdos de su infancia, de sus padres, sus hermanos y sus amigos.

 

Diderot realiza sus primeros estudios en un colegio de jesuitas de su ciudad natal. La intención de su padre era destinarlo al estado eclesiástico para que de este modo heredara en unos cuantos años un canonicato, cuyo beneficio disfrutaba o usufructuaba entonces un tío suyo.

 

 

Diderot decide

 

Denis tenía sus propias ideas. Era un joven que empezaba a formarse. La verdad es que no le interesaba mucho la vida de canónigo. La teología no era de su gusto y por tal motivo decide abandonar esta carrera.

 

De temperamento vivo e inquieto, Diderot muestra gran superioridad sobre sus compañeros. Denis era sumamente inquieto. Era muy listo, pero a la vez, muy indisciplinado. Era poco cumplidor y a menudo faltaba a clases.

 

Cansado luego de las amonestaciones de su profesor, Denis le dice un día a su padre Didier que ya está harto y cansado de la escuela y que ya no quiere estudiar más. Su padre le coloca, entonces, en un taller, pero al cabo de cuatro o cinco días, Diderot se aburre (o tal vez se cansa), agarra sus libros y vuelve a la escuela.

 

 

Estudio y trabajo

 

A partir de entonces nuestro joven personaje continúa sus estudios sin ninguna interrupción. Al cabo de poco tiempo su familia le envía al colegio de Harcourt, en París, lugar donde termina sus estudios. Los años dejados en las aulas fueron años de imborrable recuerdo como excelente compañero y estudiante.

 

Luego, terminados sus estudios, Diderot ingresa al servicio de un procurador, amigo de su padre, en cuya casa vivió durante dos años. Diderot aprovechaba el tiempo disponible dedicándolo al estudio de lenguas clásicas y modernas. Profundizaba, así mismo, en el conocimiento de las matemáticas, lo mismo que sobre otras materias.

 

 

Gustaba de todo...

 

Denis gustaba de todo. El conocer, para él, era lo máximo. Pero, venía el tiempo de decidir. Así pues, instado por su padre a que escogiera una carrera, contestó él que le repugnaban todas. Una ocasión, en que el procurador le preguntó qué quería ser -si medico, procurador o abogado- Denis contestó: "Nada. No quiero ser nada. Me gusta el estudio. Soy feliz, soy dichoso y no quiero otra cosa".

 

Informado entonces su padre sobre la actitud tomada por su hijo, el señor Diderot no tuvo más remedio que suprimirle toda ayuda económica. Enemistado con la familia, alejado de ellos, alojado en una buhardilla y alimentándose pobremente,

Denis Diderot conoció la miseria y la necesidad.

 

Sin embargo, nada le hizo cambiar. Su conducta siguió siendo la misma. Continuó llevando una vida independiente, toda llena de contrastes, trabajando activamente, o entregándose a los placeres. Una vida, mezcla de todo, llena de felicidad y llena de amargas reflexiones, siempre, sin otro recurso mas que el de su propia inteligencia.

 

 

Sus empleos

 

Emplea, pues, su inteligencia y se dedica a trabajar. Empieza a dar clases particulares: si el alumno era inteligente y de espíritu despierto, le daba clases todo el día; pero si era torpe, tonto, perezoso o inepto, rehusaba volver a verle.

Todos los golpes e infortunios eran resistidos con firmeza. Se dedicaba también a traducir para diversas casas editoriales. Redactaba sermones a predicadores e incluso exhortaciones pastorales para ciertos obispos.

 

Durante este período se empleó como preceptor de los hijos de M. Randon, rico financiero parisino, que le había ofrecido casa, mesa y cama y mil quinientos francos al año. Pero esta vida de subordinación le hizo insoportable su trabajo, lo que le hace abandonar a tres meses y medio de haberlo iniciado.

 

 

Viene el amor

 

No habría más remedio que volver a trabajar. De algo habría que vivir. Pero Diderot no se resignaba. Su inteligencia tal vez no fuese muy práctica; pero, el amor por los conocimientos le empujaba a seguir viviendo.

 

Enamorado de la vida y los estudios, Diderot pronto encontró otra ocupación. Esta vez era el amor por una mujer. Es en 1741 cuando entabla relaciones con Anne-Toinette Champion, joven obrera que vivía honestamente con su madre del trabajo que le procuraban sus manos.

 

Diderot la conoce, le gusta y hace que ella le ame. Pronto la tomaría por esposa en 1744, a pesar de la oposición de la familia de Diderot que deseaban algo mejor para él, y de las pretensiones económicas de la madre de la novia que veía pocos francos en los bolsillos de su futuro yerno.

 

Diderot tenía entonces treinta y un años; no había publicado nada todavía. Era un perfecto desconocido en el mundo intelectual. El matrimonio, sin embargo, se celebra y lleva a cabo en secreto. La ceremonia de la boda se celebra, a media noche, en la iglesia de San Pedro.

 

 

Los problemas

 

Y como es lógico suponer (al menos para mí), la pareja no fue del todo feliz. A falta de dinero, pan y agua, tenía que haber sus problemas. Sin embargo, siguieron viviendo juntos. No obstante que ella, una joven de radiante belleza y juventud desbordante, Anne- Toinette era de un espíritu limitado y de una educación tal vez demasiado vulgar para comprender a su marido.

 

Diderot no siempre fue fiel, pero supo responder a su cariño. Al menos le cumplía y le correspondía en su afecto. Con el tiempo tuvieron cuatro hijos, de los cuales solamente una niña -la que más tarde se convertiría en su biógrafa- le sobreviviría.

 

Pasa el tiempo y Diderot se reconcilia con su familia. Ya antes habían llegado infames rumores acerca de su mujer. Diderot decide entonces enviar a su esposa y a su hija a la casa paterna de Langres, disipando rumores y forzando de cierto modo a la reconciliación.

 

 

Sus trabajos

 

Bajo el peso de sus nuevas obligaciones, Diderot no cejó, sino que por el contrario se entregó de lleno a trabajos editoriales. Por cien escudos tradujo del inglés una Historia de Grecia, en tres volúmenes, y un Diccionario de la Medicina, por otra cantidad igualmente irrisoria.

 

 

Nuevos amores

 

Desilusionado de su mujer, se unió sucesivamente con Madame de Prunevaux, Madame de Pruisieux -caro error que le costó diez años- y finalmente con mademoiselle Voland, que fue la única -cuentan sus biógrafos- que se mostró digna de los apasionados sentimientos que ella le inspiró.

 

Fueron muchas las obras escritas y traducidas durante esta época. Obras por las que se le pagaba hasta cincuenta luises. Obras tales como Ensayo sobre el mérito y la virtud y Pensamientos filosóficos. Escritos tales como Interpretación de la Naturaleza, Las joyas indiscretas y La carta sobre los ciegos.

 

 

Diderot encarcelado

 

En 1749, con motivo de una lectura de su cuento El pichón blanco, en el que algunos veían algunas alusiones a la vida privada del rey Luis XV, Diderot es encarcelado en el Castillo de Vincennes desde el 24 de julio hasta el 3 de noviembre.

 

Durante el encierro, Diderot aprovecha el tiempo de una manera singular. El encierro le aburre, y para matar este aburrimiento, gracias a un palillo de dientes que habilita como pluma y al vino que le servía de tinta, logra escribir muchos y muy variados pensamientos.

 

Había llegado a sus manos un ejemplar del Paraíso Perdido, de Milton. Diderot lo lee y se dedica a llenar los espacios blancos entre las líneas con reflexiones acerca de su posición ante la vida, su encarcelamiento, e incluso escribe hasta varios poemas. Durante este tiempo, no siempre de amargura, es visitado por un entrañable amigo, con el que le unía una fuerte y sincera amistad: Juan Jacobo Rousseau.

 

 

La Enciclopedia

 

Aparte de las obras ya citadas y de sus traducciones del inglés, Diderot, que contaba ya con treinta y seis años de edad, había hecho muy poco para convertirse en un escritor influyente y de fama. Su gran obra, sin duda, su título para la posteridad, fue la Enciclopedia.

 

Diderot quería reunir en un solo libro todos los conocimientos, al menos los principales o más importantes. De este modo, con su fogosidad que le era habitual, inicia su plan y entra de lleno a armar su famosa Enciclopedia: más de mil voluminosas páginas llenas de historia, hechos y anécdotas.

 

Historia del pensamiento y las ideas; historia de los pueblos, la literatura y la cultura. Diderot quiere todo. Algunos no le dejan. Padece continuas persecuciones, el poder público le acosa, la religión le embate, los pusilánimes editores le estorban y obstaculizan. Los amigos no le apoyan o le abandonan.

 

Diderot es fuerte y persiste. Su espíritu está por encima de todo. La universalidad de sus conocimientos, la facilidad para hacer las cosas, unida a su talento para rodearse, luego de muchos fracasos, de fieles colaboradores, hacen que su empresa logre el éxito deseado.

 

 

El gran acontecimiento

 

Una gran revolución acontecía para las ciencias. La Enciclopedia estaba terminada. El método experimental de observación empezaba entonces a aplicarse al estudio del hombre y la moral. Los tomos o capítulos que allí aparecían servían e ilustraban de mucho. Había sus cosas buenas y sus cosas malas; sin embargo, se había dado el gran paso: ensanchar y ampliar el conocimiento.

 

Vendrían luego nuevas trabas. La Enciclopedia era atacada. Quedaba estrictamente prohibida su circulación. Había ideas que no convenía se diesen a conocer. Se incautan libros, se confiscan documentos. Diderot, gracias a la intervención de un amigo, logra salvarlos.

 

 

Y sigue publicando...

 

Diderot continuó con su trabajo enciclopédico. Algunos amigos se retiraron en virtud de estar hastiados de tantas persecuciones. En el Parlamento, en una de sus sesiones, se había escuchado que no bastaba con quemar los libros de los filósofos sino que había llegado la hora de quemar también a sus autores.

Pero a nuestro personaje poco le importa esto. No solamente se enfoca a la enciclopedia, sino que aborda otros temas, redacta numerosos artículos, revisa cerca de tres mil o cuatro mil grabados y escribe dos dramas. Uno de ellos, en 1757, El hijo natural, que pasara sin pena ni gloria, y otro, El Padre de familia, representado con aplausos, un año después.

 

 

El éxito

 

Los méritos literarios de Diderot le hacían acreedor a un lugar en la Academia Francesa. Voltaire hizo una gran campaña para conseguirlo, escribiendo a numerosos amigos, académicos y a personas importantes dentro del campo de la política y del círculo social. No tendría éxito, el rey simplemente diría: "¡No!".

 

Se cuenta que, a pesar de la pobreza, Diderot era un hombre liberal y pródigo. No sabía negarse el placer de comprar libros, coleccionar grabados, adquirir miniaturas... No es de extrañarse, por tanto, que con tales gustos o pasatiempos, nuestro personaje fuera incapaz de reunir fortuna alguna. En 1775 determinó vender su valiosa biblioteca con el fin de dotar a su hija, o al menos de asignarle o dejarle algo seguro, después de su muerte. Algo realmente digno de alabarse, si tomamos en consideración que los libros eran todo para él.

 

 

Diderot en Rusia

 

Sin encontrar comprador en su patria, Diderot decide ofrecérselos por 15,000 francos a la emperatriz Catalina de Rusia. Admirada la zarina por tan bello gesto del filósofo, de vender aquello que más quería para poder dar algo a su hija, decide comprar la biblioteca a Diderot.

 

Había una condición. Esa era de que el propio Diderot quedara como depositario de la misma hasta su muerte, con una pensión anual de mil francos. La pensión, por cosas muy sutiles de Catalina, Diderot no la recibe durante dos años. Más tarde, ella le entregaría ¡50 mil francos!

 

Diderot se dirige a Rusia, saliendo de París el 21 de mayo de 1773, pero no llega a San Petersburgo sino hasta el 21 de mayo de 1773, pues se queda un tiempo en La Haya, debido a una enfermedad que le sobreviniera y le obligara a retenerse.

 

En Rusia, Diderot es recibido por Catalina y su corte. Se vuelven grandes amigos, al menos grandes conversadores. El frío y otras cosas lo obligan a volver a Francia. A su regreso, se queda un tiempo en La Haya, en Holanda, donde pasa algunos meses y recoge numerosas observaciones sobre las finanzas, el comercio y la administración de este país. En base a lo anterior publica un libro llamado

 

 

Viaje a Holanda.

 

También escribe sus impresiones acerca de Rusia, extractos de conversaciones que sostuviera con Catalina la Grande. Anotaciones, una a una, que fueron formando un grueso volumen de más de cuatrocientas páginas escritas, libro que permaneciera en L'Ermitage de Leningrado hasta el año de 1883. (Ignoro dónde se encuentre ahora).

 

 

Sus últimos días

 

Diderot continuó siendo un hombre infatigable. Siempre laborioso, dedicaba hasta catorce horas al día a su Ensayo sobre los reinados de Claudio y Nerón. El 19 de febrero de 1784 Diderot fue víctima de un violento vómito de sangre. Esto acababa sus fuerzas.

 

Su vista se debilitaba, sus fuerzas decrecían, pero su ánimo era inmejorable. El intentaba mostrar su mejor cara, pero todos sabían que estaba enfermo. Trataba de engañar y, a veces, lo conseguía. Un día quiso arreglar alguna de sus cosas: sus manuscritos, sus escritos, sus libros, su colección de estampas. Tenía 68 años.

 

En ningún momento perdió su buen humor ni la costumbre de reír o sonreír. Siempre conservó el sentido del humor, su sentido irónico ante la vida. En vísperas de su muerte, le habían preparado una cama mayor y más cómoda cuya instalación causaba un duro y fatigante esfuerzo a los hombres y trabajadores que la transportaban. Diderot les dijo: "¡Amigos, os tomáis mucha molestia por un mueble que no servirá ni cuatro días...!"

 

Por la tarde de aquel mismo día Diderot recibió como de costumbre a algunos de sus amigos, La conversación versó sobre la filosofía y los diversos caminos para llegar a ella. "El primer paso hacia la filosofía -dijo Diderot, resumiendo en una frase la convicción por la que luchó toda su vida- es la incredulidad." Estas serían las últimas palabras que pronunciaría Diderot ante su hija.

 

 

Su muerte

 

Era el sábado 30 de julio de 1784. Diderot se había levantado, habiendo pasado la mañana platicando con su yerno y con su médico. Se sentó a la mesa para almorzar, comió una fruta; después, su esposa le preguntó cómo se encontraba, y como él guardara silencio, se le acercó. Había muerto Denis Diderot.

 

 

Artículo aparecido en el periódico “El Porvenir” de Monterrey, México, el 23 de octubre de 1989.

 


 

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