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Grandes Personajes

 

 

Federico Chopin

 

Federico Ortíz-Moreno *

 

 

Uno de los músicos más importantes de todos los tiempos. Excelente pianista que
con sus melancólicas melodías hiciera deleitar a importantes y selectos grupos de
la sociedad. Conocido como “el poeta del piano”, fue su nombre Federico Chopin.

 

 

 

 

Músicos y artistas

 

Hay de músicos a músicos y de artistas a artistas. Algunos podrán ser considerados grandes compositores, otros grandes intérpretes. Chopin fue algo singular, no escribió mucho, pero fue un gran intérprete de su propia música.

 

Los artistas tienen un alma diferente. Sienten y se apasionan. Llevan un algo en su corazón y, ese algo, lo transmiten a través de sus melodías, producto de su sentimiento e inspiración. Son gente diferente, gente que siente, sufre y vive intensamente.

 

Los músicos tienen su propia historia. Dominados por la flama del amor y la verdad impregnan en sus notas la nostalgia de su tierra, los productos del amor y la desventura. Son hombres cuyo espíritu se halla más allá del horizonte o del firmamento cotidiano. Grandes músicos, instrumentistas o intérpretes para quienes la música lo es todo.

 

 

Uno de los grandes

 

Bien sabemos que la música es la medicina del alma, y el alma es aquello que llevamos dentro y nos hace forjar grandes obras y grandes ilusiones. Algunos se convierten en genios, otros en simples intérpretes; ciertos más, en importantes músicos de talento, compositores que dan su vida y su obra a través de bellas melodías.

 

Y, claro, son muchos los compositores que pudiéramos citar entre los clásicos; pero es obvio, que pocos son los que pudiéramos incluir entre los mejores de la música. Las páginas son escritas por el hombre y es el hombre quien compone su propia música e historia.

 

 

Federico Chopin

 

Grande entre los músicos, grande en su sentimiento y grande en su corazón. Importante personaje entre los clásicos de la música, autor de “La Polonesa” y otras conmovedoras y poéticas obras que hoy nos llegan a través de hermosas notas. Compositor de primera línea a quien se le considera “el poeta del piano”: Federico Chopin.

 

Federico Chopin nació en el pequeño pueblo de Zelazowa, Polonia, el 22 de febrero de 1810. Fue su ciudad natal, Zelazowa (Jeliasovaya Volia), cerca, a unos cuantos kilómetros de Varsovia; el lugar donde Federico se desenvolviera en sus primeros años.

 

Su padre, Nicolás Chopin, quien había sido primeramente bibliotecario en una fábrica cigarrera, y posteriormente maestro en una escuela de Varsovia, era francés de origen. Había nacido en Nancy, Francia, estableciéndose después en Polonia. Un hombre quien luchara por defender a Varsovia de los rusos y se casara con una polaca, cuyo nombre era Justina Kryzanowska.

 

Chopin tenía sangre polaca, a la vez que sangre francesa. De hecho su nombre completo fue Frédéric François Chopin; su primer nombre, polaco; su segundo, francés. Un niño que recibiera su primera instrucción en la escuela privada de su padre, estudiando junto a los más destacados polacos de la clase noble.

 

 

Sus primeros maestros

 

Federico tenía gusto por la música. Albert Zwyny le enseñó piano y Joseph Elzner le dio clases de armónica. A la edad de 9 años tocó en público un concierto para piano y ejecutó diversas improvisaciones: algunas polonesas, valses y mazurkas.

 

En 1825 (tenía apenas 15) compuso y publicó dos obras, un rondó y una fantasía. Tocó en diversas ciudades de Alemania y, a la edad de 19, ya era un consumado compositor y arreglista de sus propias melodías concertales. Entre ellas estaban nuevamente varias mazurkas, nocturnos y rondós.

 

 

El joven Federico

 

Chopin -puede decirse- comenzó su carrera en Londres tocando en Viena, en 1829, con tal éxito, que la crítica le hizo llamar como “uno de los más grandes y destacados meteoros que hayan cruzado jamás el firmamento y horizonte musical”. Más tarde, estando en Paris, en 1831, tuvo tanto éxito que el joven Federico decide quedarse a vivir en este lugar.

 

Chopin era joven y de algún modo tenía que ganarse la vida. Es así como opta por emplear el tiempo y se convierte en maestro de piano, dando, ocasionalmente, conciertos y recitales. Pero Federico tiene sus cualidades y las sabe aprovechar. Con aureola polaca y aire francés, Chopin se convierte en atracción principal.

 

 

Su estancia en Paris

 

Federico Chopin contaba ya con veinte años y era todo un pianista consumado. Se había marchado de la casa paterna para no volver jamás. Llevaba consigo una copa de plata llena de tierra de la bella y nostálgica Polonia.

 

Su llegada a Paris fue grande. Al cabo de algunos meses de haber llegado a la ciudad del Sena, Chopin se daría a conocer rápidamente. En realidad, Chopin desplegaba sobre el teclado una impecable y fogosa delicadeza; mas -se dice- su estilo no era para un gran salón de conciertos. Después del primer fiasco que tuviera en un importante recital, Chopin se salvó del fracaso total, gracias a su atractiva personalidad, a sus modales distinguidos y a su aureola polaca. ¿Quién no desearía ver y escuchar a alguien de nacionalidad polaca...?

 

 

Chopin y la nobleza

 

Y las relaciones entre Chopin y la nobleza empezaron a suscitarse... Las damiselas de la nobleza, cinco o seis clases al día, a razón de 20 francos por clase. Muchas muchachitas le "echaban los ojos" al apuesto y joven maestro. Se desmoronaban por él.

 

Imaginaban con su seductor y femenino atrevimiento qué se sentiría hacerlo con un polaco. Sabían que Federico tocaba espléndidamente, pero... ¿qué otras cosas pudieran aprender del polaco...? Se mostraban insinuantes, deseosas de entregarse a los brazos de su maestro, pero Federico no se enamoró realmente de ninguna de ellas.

 

 

Chopin y su mundo entre los nobles

 

Y así fue como el gran pianista empezó dándose a conocer entre la nobleza. Todo mundo le quería, todo mundo le solicitaba. Tocaba espléndidamente, de manera inolvidable, en las más altas reuniones de gente culta y distinguida. Tenía su propio coche, su criado de librea y usaba siempre guantes blancos.

 

Para Chopin el piano era como una extensión de sí mismo. Era algo que formaba parte de él. Los que le conocían y la crítica misma, le consideraban “el poeta del piano”. Su forma de tocar, su manera de interpretar causaba sensación. Y es que Chopin sentía el piano, sentía las notas, sentía la música.

 

 

Chopin, la música y su piano

 

Para Chopin no había otra cosa mas que su piano. Por supuesto que a Federico le gustaba también esa vida entre nobles y guapas mujeres. Sus alumnos, alumnas y pupilos eran gente selecta de lo más aristocrática. Tenía, además, grandes amigos, entre quienes se encontraban e incluían Lizt, Berlioz, Bellini, Balzac, Heine y Schuman quien dijera -según cita de Brahms- “Hay que quitarse el sombrero, señores, ¡es un genio...!”.

 

Aparte, nuestro personaje se sentía realizado con la música. Sus obras muestran su inquietud y sentimiento, su nostalgia y corazón. Las modalidades rítmicas que escogió para sus obras fueron casi siempre tradicionales, como, por ejemplo, la mazurca; pero, el nuevo vino, vertido de esas viejas garrafas de plata, algunas veces en límpidas copas de cristal (en los casos menos elegantes, hacían que las notas y melodías tomasen nuevos encantos y matices.

 

La música parecía tomar formas primorosas y extrañas. Federico sabía darle su giro. La Polonesa, por ejemplo, una danza semilenta y procesional, casi una marcha, que durante años había sido el acompañamiento majestuoso de desfiles cortesanos, en manos de Chopin se convirtió en un sollozo arrancado de un pueblo esclavizado.

 

 

La Polonesa y otras de sus obras

 

Fueron varias las obras compuestas por Chopin. Sin lugar a dudas, la más conocida, sería La Polonesa, que algunos dicen la dedicara a su patria, mientras que otros dicen le recordaba su tierra amada: Polonia.

 

La Polonesa, una pieza magistral llena de sentimiento y de fuerzas avasalladoras que envuelven de fuerza y energía el corazón. Pieza vibrante llena de hechizo y halo majestuoso. Chopin compondría, también, otras importantes obras: “Las Sílfides”, música de un ballet sumamente popular; también estarían otros temas, entre ellos, “Robert le Diable” (Roberto y el Diablo); “Don Giovanni”, una fantasía; “Krakoviak”, un rondó; “Je vends des scapulaires” (Yo vendo escapularios); y otras piezas más.

 

 

Los amores de Chopin

 

La vida febril y ardiente que llevó en París contribuyó a minar su salud de por sí ya precaria. Se había roto su compromiso matrimonial con una joven polaca llamada María Wodzinska; o, mejor dicho, habían sido los padres de ella los que se oponían a su matrimonio debido al desarreglo en las costumbres del joven pianista.

 

Su novia se había ido. Habían roto. Y es, en uno de esos momentos, de vacía desesperanza, que conoció a la novelista francesa Aurora Dupin, baronesa Dudevant, mejor conocida como “Jorge Sand”. Tal parece que esta mujer (con nombre o `alias' de hombre) no lo sedujo: era fría, acerada, algo hombruna (de ahí su mote).

 

Con todo, fueron amantes. A fines de 1838, ella se llevó a sus dos hijos y a Chopin a la isla de Mallorca, pensando que el sol lo restablecería. Ahí harían su vida, aunque también ahí tendrían sus desavenencias.

 

 

Chopin y Jorge Sand

 

La relación con Madame Dudevant (Jorge Sand) inició en 1836 y terminó en 1844. Aquella escapatoria que tuviera con ella a las playas de la soleada Mallorca resultó una de las más funestas aventuras. Se habían alojado en un monasterio cuyas celdas calentaban con braceros malolientes, la comida era detestable y la vida, ahí, no era muy agradable que digamos.

 

El piano de Chopin tardó dos meses en llegar de Paris y llovía, llovía sin cesar. El eterno tamborileo y repiquetear de la despiadada lluvia sobre el techo le ponían los nervios de punta a Federico. Le taladraban los oídos, le perforaban el cerebro.

 

Chopin desesperaba. No soportaba más. Este ruido, estos recuerdos quedarían escritos en lo más recóndito de su alma. Recuerdos que quedarían impresos -según lo diría el propio Jorge Sand- en el famoso preludio “La Gota de Agua”.

 

 

La salud de Chopin

 

Cuando por fin pudieron salir de Mallorca, Chopin se hallaba peor que antes, peor que cuando habían llegado: la tuberculosis había progresado. No había modo de detenerla. Durante siete años Jorge Sand lo cuidó, lo mantuvo y le proporcionó refugio en su casa de campo.

 

Ahí, Chopin, tendría todo lo que pudiera desear a su lado. Un lugar donde componer en paz todos los veranos. Un lugar para descansar y tranquilizarse. Vendrían luego pleitos y riñas entre estos dos egoístas y geniales personajes. Sin embargo, aún así, seguían compartiendo el mismo lecho. Con el tiempo, por causas desconocidas y disímbolas, que causaron una interminable controversia, ambos se separaron.

 

 

La muerte de Chopin

 

En los dos años que le quedaban de vida, Chopin no volvió a escribir casi nada. Poco antes de morir rogó a su amiga la condesa Potocka que cantara para él y con ese objeto llevaron un piano hasta la puerta de su alcoba. Cantó la condesa y en seguida alguien tocó dos de sus preludios.

 

Aparentemente esto le dio fuerzas para seguir viviendo dos días más. Nuestro personaje moriría en París el 17 de octubre de 1849. La tierra que trajera de Polonia 18 años antes, esa que hubiese guardado en aquella copa de plata, sería esparcida sobre su sepultura. Ahí sobre su tumba, todos recordarían la entrañable Polonesa; ahí, todos recordarían y evocarían el nombre de este gran músico y pianista: Federico Chopin.

 

 

Artículo aparecido en el periódico “El Porvenir” de Monterrey, México, el 11 de septiembre de 1989.

 



 

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