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Europa      

 

 

Alemania del Este

 

Federico Ortíz-Moreno *

 

 

Cuando se piensa en Alemania, se piensa sólo en Alemania, una Alemania vista como u sólo país, el país de la riqueza, de las grandes industrias, el de la moderna tecnología, el país de la cerveza, del idioma fuerte y estrujante. Un país que evoca a Hitler, los nazis, la guerra y el poder. Pensar en esto, puede ser, pero pensar al mismo tiempo en dos Alemanias, también lo es. De ahí a que los invita a visitar y conocer: Alemania del Este.

 

 

 

 

 

 Dos Alemanias divididas

 

Divididas oficialmente desde 1949 en dos Alemanias, lo que fuese un solo país pasó a transformarse en dos naciones unidas por un pasado histórico, social v cultural, y, divididas por ese mismo pasado histórico más el de un absurdo poder y de dominio.

 

Hoy se cuenta con dos Alemanias. Por un lado, la República Federal Alemana, (Bundesrepublik Deutschland, la Alemania Occidental, la de los aliados, la de los “alemanes buenos”. Por el otro, la Alemania del Este, la República Democrática. Alemana (Der Deutschen Demokratischen Republik), la Alemania del Este, la Alemania comunista, la Alemania de “los malos”.

 

Ambas Alemanias son preciosas, dignas a ver, conocer y visitarse. Ambas tienen sus puntos de elogio como de crítica, pero tanto una como otra tienen su gente que da vida e ímpetu a estos dos maravillosos países, que si bien separados por razones y cosas del destino y de la vida, también se hallan unidas por su propia gente, su idioma y sus costumbres.

 

La Alemania del Este

 

Teniendo una extensión de 108,000 kilómetros cuadrados (una superficie menor a la del estado de Durango, que cuenta con 123 mil), la República Democrática Alemana se encuentra delimitada por tres grandes países: a la izquierda, Alemania Occidental; a la derecha, Polonia; y, hacia el sur, hacia abajo, Checoslovaquia. Hacia el norte, en cambio, Alemania del Este da vista hacia el mar Báltico.

 

La República Democrática Alemana cuenta con una población de 16 millones, según unas fuentes: 16 millones 695 mil gentes, según otras; y, casi 18 millones de habitantes de acuerdo a otras fuentes más. Sin embargo, en mi viaje que realizara a los dos Alemanias el mes de julio de este año, daban como cifras un estimado de entre 16 y 18 millones de habitantes. Esto debido tanto a desplazamientos de gente que va a estudiar a países del bloque soviético, así como a una disminución del ritmo de crecimiento poblacional. Además que muchas estadísticas no toman en cuanta el millón ciento veinte mil gentes que viven en Berlín del Este, la capital.

 

La Alemania del Este no es un país pobre; por el contrario, es un país rico. Con una gran fuerza laboral y un país decidido a salir adelante, el gobierno alienta la producción estableciendo programas económicos vigentes a la situación actual. El país se dedica especialmente a la industria siderúrgica, mientras que el campo agrícola se maneja mediante colectividades.

 

La capital

 

Teniendo Alemania del Este como su capital a Berlín, esta ciudad se encuentra dividida en dos. Por una parte el Berlín Oriental, el de los soviéticos, el de los comunistas, y Berlín Occidental, la de los aliados  Las ciudades se encuentran separadas por una muralla que por cuestiones del destino, y, aún más por ironía, es de los puntos más visitados, admirados o criticados por los turistas. Digo que “en forma irónica”, puesto que ningún turista –nacional o extranjero- se sustrae de la tentación o morbosa curiosidad (para hablar en forma clara), de conocer el famoso Muro de Berlín. Un muro que divide, una barrera que rompe y separa a dos naciones que con un mismo nombre no han sabido, con toda su grandeza y poderío, resolver un problema tan criticado y que, al parecer, no quisieran resolver o no pudieran resolver.

 

 

Alemania del Este y sus ciudades

 

Contrario a lo que muchos creen o se imaginan, la Alemania del Este tiene sus encantos. Berlín, su capital, y las demás ciudades forman todo un país que vive sin olvidar su pasado, pero, que aún así, vive su presente. Berlín del Este, la capital, tiene actualmente un millón ciento veinte mil habitantes. La ciudad se encuentra enclavada en el centro del país, ligeramente orientada hacia el oriente. Pero no sólo Berlín tiene su atractivo, existen muchas otras ciudades de interés para el turista y visitante. Existen ciudades como Leipzig (710 mil habitantes), famosa por sus libros y su música; Dresden (640 mil habitantes); Potsdam (125 mil habitantes, la ciudad de Federico el Grande y sede del antiguo Imperio de Prusia.

 

 

Llegando a la Alemania del Este

 

Para quien desee visitar Alemania del Este y sus ciudades, principalmente Berlín, l más cómodo es volar directamente a Berlín Occidental y ahí conseguir un “tour especial” que lo lleva a uno a través del famoso Muro de Berlín. Existen, es cierto, vuelos comerciales que llegan al Aeropuerto Internacional de Berlín Oriental, el Schonefeld. Estos vuelos son a través de la línea alemana oriental “Interflug” y parten de Ámsterdam, Bruselas, Copenhague, Estocolmo y Viena. La KLM por su parte, ofrece vuelos y servicio directo Ámsterdam-Berlín del Este. Existen otras posibilidades como la de vuelos directos provenientes de países socialistas, o bien, otro recurso, el automóvil. Y, uno más, uno muy interesante, a la vez que excitante, que es el tren.

 

 

Viajando en avión

 

Lo más cómodo y económico es viajar en avión desde la propia Alemania Occidental. Existen tarifas muy reducidas en vuelos de ida y vuelta que parten ya sea de Munich, Dusseldorf, Hamburgo, Hanover, Frankfurt o Colonia. Todos estos vuelos llegan a Berlín Occidental, donde uno puede tomar un “tour” o excursión para pasar hacia Berlín Oriental. El boleto de ida y vuelta no lega a más de 120 dólares americanos, mientras que para los estadounidenses menores de 25 años (y a veces hasta los 30), podrán hacerlo por una tarifa aún más reducida.

 

Las únicas compañías que velan de Alemania Occidental a la Alemania del Este son British Airways (para mi la mejor), luego la Air France, y por último, la Pan-Am. Lo curioso del caso  es que a la compañía alemana Lufthansa no se le permite volar hacia la Alemania del Este. No obstante, el gobierno alemán, a fin de alentar el turismo hacia Berlín Occidental ofrece tarifas muy atractivas que benefician a las dos Alemanias.

 

 

 

 

Viajando en Tren

 

El viajar en tren hacia Alemania Oriental resulta una aventura fascinante. El boleto no es nada caro, pero si uno se da cuenta, el precio resulta casi igual al del avión. Por eso es más conveniente para fines prácticos y aún de tiempo y de dinero, el viajar vía aérea. No obstante, repito, es una fabulosa y fantástica experiencia viajar en tren hacia Alemania del Este.

 

El recorrido en ferrocarril dura ocho horas, aproximadamente. Los trenes son directos y hay un mínimo de dos salidas diarias de las principales ciudades como lo son de Munich, Frankfurt y Hamburgo. El más cómodo, a mi modo de ver, es el que va de Frankfurt a Berlín. El tren sale a las 8 de la mañana de la estación Frankfurt Hauptbahnhof y llega a Berlin Zoologischer Garten a las cuatro de la tarde, aproximadamente.

 

 

El Expreso de Berlín

 

Para quien deseé la aventura, qué mejor que viajar en tren desde Alemania Occidental a Berlín (Oriental y Occidental) que se encuentra en la Alemania Oriental o del Este. La experiencia es agradable y tiene un aire de misterio.

 

Hay un Expreso de Berlín que sale de Frankfurt a las 8 de la mañana. Hay otros más que salen en la noche y llegan al día siguiente. Le recomiendo el de la mañana, para ver las cosas de día. Los trenes de Europa son bastante puntuales (a excepción de Italia y Grecia).

 

Mi tren saldría a las ocho, y me apresuré a tomarlo. Llegué a la estación y me sorprendí de no ver ningún tren en el andén en que supuestamente tendría que salir. Esperé un poco y el tren llegó faltando unos cinco minutos para las ocho de esa mañana, viernes 4 de julio. Subí al tren, me acomodé en mi compartimiento. Sólo iba yo. El tren, al rato partiría.

 

El tren no se veía muy bueno que digamos; sin embargo, era un tren alemán. Alemán, alemán… Un tren de Alemania Occidental. Los trenes en este país son bastante buenos, por no decir que magníficos. La mayoría de los trenes en Alemania tienen aire acondicionado; es decir, refrigeración, ya que calefacción, todos tienen. El expreso al que me subí no llevaba aire acondicionado, a pesar de que el vagón en que viajaba era de “Primera”.

 

Fue curioso observar para mí que la mayor parte de los trenes, incluso los “Expresos”, "Directos” o de “Primera Clase”, que van a los países socialistas, no sean tan buenos como los demás, como aquellos a los que uno se acostumbra en Europa.

 

Pronto el tren se puso en marcha. La expedición iniciaba y la aventura comenzaba. No era un viaje cualquiera. Era un viaje con una mezcla de misterio, miedo y fantasía. Era un viaje a Berlín, pero a través de territorio de Alemania comunista.

 

Como en las películas de Buñuel, donde los actores toman los papeles de varios personajes que se van intercambiando; y donde las imágenes y sentido de las cosas cambian, así me parecía este viaje. Un viaje o jornada llena de misterio, digna de una novela de Agatha Christíe, como la del Misterio del Orient Express.

 

Como en cualquier trayecto en que uno viaja en tren, revisaron los boletos. Yo enseñé mí Europase y también el boleto que comprendía la parte del trayecto de Alemania Oriental, no incluida en el Eurailplass. El tren se iba deteniendo a cada momento. Gente iba y venía por el tren. Guardias, soldados, controlistas…

 

Llegó el punto más interesante, habíamos llegado a la frontera. El tren se había detenido por completo y nuevos guardias surgían. El misterio para mí empezaba a ser fascinante Y, aunque con algo de temor, tenía la seguridad de que todo saldría bien. No sé cuánto tiempo estuvimos ahí: 15, 20, 25 minutos... Pronto el tren partía de nuevo. El encargado de billetes y control de pasaportes estaba justo en el compartimiento siguiente. Estaba revisando, me imagino, los pasaportes, papeles o documentos que había recogido. A la persona que pasaba por ahí, por el pasillo, le pedía su documentación. A mi se me hacia raro que no pasara conmigo. Pero mi turno llegó. Después de mucho, el revisor pasó por donde estaba, me pidió mi pasaporte, lo revisó, lo selló y me dio una forma a llenar con mis principales datos.

 

El guardia ya había llenado mi forma con algunos datos, tales como mi nombre, mí número de pasaporte y otros. Yo sólo agregué lo que faltaba. Esta pequeña forma del tamaño de un cuarto de hoja de tamaño carta era mi visa o permiso de entrada a Alemania  del Este. Este permiso que es como una visa de tránsito no me costó absolutamente nada y lo obtuve en no más de tres minutos. Yo quedé muy contento. Ya tenía el pasaporte en mi poder, lo tenía sellado con mi visa y todo. Ahora sólo quedaba llegar a Berlín.

 

El viaje continuó y el tren se seguía deteniendo. Pocas personas subían. En las estaciones por donde pasábamos me dio mucho gusto ver, el que la gente iba a despedir a sus familias. Esto indicaba para mí: unidad familiar. En una de las estaciones vi toda una compañía de soldados tirados en el andén. Me dieron ganas de tomarles una foto, pero no lo hice. En realidad me dieron lástima. Debieran estar cansados. Así se veían.

 

El ambiente en el tren era muy curioso. No había más movimiento que el de los guardias que subían y bajaban. Todo el mundo se iba asomando por las ventanillas. Tal vez por el calor, tal vez por la curiosidad o el tedio de las horas. El que la gente se asomase por las ventanillas y el que el tren se detuviese a cada rato daba para mí la impresión de un tren de pueblo. Pero así era este Expreso a Berlín.

 

 

 

 

El tiempo pasó, las horas pasaron y llegamos a Berlín. Eran eso de las cuatro de la tarde. Creí encontrar un gran rótulo que dijera “Berlín Zoologischer-Garten” y lo único que encontré fue un pequeño, pobre y despintarrajado rótulo que decía lo mismo, pero en letras pequeñas. Y eso que era Berlín, el Berlín Occidental.

 

Salí de la estación y me sentí más libre. Dicho sea de paso, la estación no es nada bonita. Es sucia y no existe mucha información. Pero ya saliendo de ahí, uno se da cuenta de lo bonito que es Berlín, en este caso, Berlín Occidental.

 

 

 

 

Visitando Berlín Oriental

 

Para visitar Berlín Oriental existen dos opciones. La primera es escoger algunos de los “tours” que son ofrecidos por la propia agencia nacional de turismo de Alemana Oriental y donde uno puede visitar Berlín del Este, e incluso otras ciudades como Dresden, Leipzíg o Potsdam. La segunda alternativa es pasar a pie por la frontera, internándose uno a través del famoso Muro de Berlín

 

Aunque muchos temen cruzar a Berlín Oriental, tal vez por miedo a no poder regresar, el visitar Berlín del Este es una cosa relativamente sencilla. Diría yo, que bastante sencilla en relación a como me platicaban las cosas. Cualquier persona, teniendo pasaporte, no importa que sea usted americano, podrá realizar una visita de un día a Berlín Oriental. Uno puede entrar cualquier día de la semana, entre 7 de la mañana y 8 de la noche, pero debe uno abandonar la ciudad antes de la media noche. No se hacen excepciones. Sin embargo, una vez estando en Berlín del Este, usted podrá prorrogar su visa.

 

 

 

 

 

  

 

  

Existen dos puntos a través de los cuales se puede entrar. Uno, el más sencillo, es el "Checkpoint Charlie", en el cruce de las calles Friedrichstrasse y Zimmerstrasse. Para llegar aquí, usted no tiene más que tomar el metro y bajarse en la estación de Kochstrasse. Este cruce, a través del Checkpoint Charlie, es tanto para peatones como para conductores. Mientras que sí usted quiere llegar por medio del metro o tren, puede hacerlo a través de la estación de Friedrichstrasse.

 

Las formalidades toman alrededor de unos 15 a 90 minutos. Los fines de semana, sobre todo los sábados, más que los domingos, son los días más ocupados. Si usted llega antes de las 9 de la mañana, tendrá la oportunidad de cruzar más pronto. En todo caso, el Checkpoint Charlie es el más rápido y eficiente de los dos. Mientras que a través de la estación de tren y metro, la Friedrichstrasse, a usted le interesará ver las diversas estaciones intermedias a lo largo de la ruta y las cuales se encuentran abandonadas. Porque hay que aclarar que es el mismo metro que sirve a las dos ciudades y que una de sus líneas pasa por ambos territorios.

 

Sin embargo, uno no se puede bajar más que en la única estación abierta, donde, uno tendrá qué “checar migración” y nadie de los que están ahí podrá subir a menos que tengan autorización. Las estaciones, incluso las clausuradas -que están con casi nada de luz- están muy vigiladas, y es difícil que alguien “escape”.

 

Un último punto es que, a menos que se haya cambiado posteriormente el status de la visa, toda persona que entre a Berlín Oriental deberá salir por el mismo punto por el que entró. Las formalidades no son muchas... Uno deberá pagar 5 marcos alemanes por la obtención de la visa más otros 25 marcos alemanes que habrá que cambiados por 25 marcos (a secas), la moneda de Alemania del Este; es decir, un total de 30 marcos alemanes.

 

 

El Checkpoint Charlie

 

El Checkpoint Charlie no es nada del otro mundo. Una calle, unas casetas de uno y otro lado. Todo con un aire de misterio. Un sitio lleno de edificios viejos con poquísima, por no decir nada de gente.

 

Era el sábado 5 de julio. Vi la caseta de Inglaterra y me dirigí a ella. Ahí pregunté si no había ningún problema para cruzar. Aunque esta caseta era exclusiva para uso de personal militar o personal destacado o asociado a éste, yo opté por preguntar aquí y sentirme más seguro.

 

Me preguntaron si tenia alguna relación con dicho servicio militar o estaba asociado a algún servicio en México y les dije que no, que simplemente había ido ahí porque quería sentirme seguro de que no me fuera a pasar nada en caso de que entrara a Berlín Oriental. Me dijeron que no había ningún problema. Y, aunque muchos aconsejan registrarse para en caso de que haya un problema y que uno no pueda regresar, confié en mi buena suerte y en la bondad de los alemanes orientales.

 

Muy amable, el oficial inglés, me indicó por dónde ir para entrar a Berlín del Este. Todo el contorno se me hacía un decorado o un teatro muy bien hecho. Me recordaba la aduana de Laredo, McAllen o Miguel Alemán u otras aduanas donde hay jacalones que dan acomodo a las oficinas de inmigración. Así era aquí, ni más ni menos.

 

Eran las nueve horas de la mañana. Llegué temprano, pues más tarde se convertiría más difícil la pasada al haber más gente. Según decían este es un día difícil (el sábado) y uno puede tardar de 2 a 3 horas en cruzar.

 

En realidad no me tardé más de 20 a 25 minutos cuando mucho, pero la aventura y la experiencia fueron algo extraordinario. El entrar a una oficina donde no había nada de gente me sorprendió. Busqué por todos lados y a nadie encontré. De repente vi un rotulito en una puerta o ventana, no recuerdo, que decía: “Favor de tocar el timbre y, al oír la señal, abra la puerta y entre”, algo así. Estaba en eso, cuando a escasos dos o tres metros escuche una “conversación”. Eran tres  personas las que se encontraban en un pequeñísimo cuarto. Y la tal conversación, era un interrogatorio.

 

Se trataba de dos personas (me imagino eran esposos) que tal vez se habían quedado o querían quedarse más tiempo en Berlín Oriental. Lo más seguro era de que fuesen americanos. No lo sé. El interrogatorio se desarrollaba en un plan normal, pero si había cierta presión en las preguntas a fin de secar u obtener información. Yo me asusté. Sí eso era para entrar; ahora, para salir, qué me podía esperar. Yo había leído y me habían platicado acerca de la infinidad de preguntas que uno tenia que soportar, en ciertos casos, pero, que si uno quería, valía la pena.

 

Hubo un momento en que me quería regresar. Vi hacia la puerta, por donde había entrado, pero ya era demasiado tarde. Lo andando, andado. Tenía más miedo a regresar que a permanecer ahí. El temor a ser visto, a que me dijeran algo, a que me confundieran, que me hicieran algo, incluso, me pararan, fue algo que pasó por mi mente.

 

Mientras tanto, donde estaba, nadie aparecía. Miré por la ventanilla por donde supuestamente atienden y nadie. Toqué el timbre varias veces y no obtuve respuesta. Por fin vi una persona. Pero esta era como yo, un turista más. Lo mismo que yo, vio por todas partes, pero no pudo ver a nadie. Tocó el timbre y nada. Pero, ¡oh sorpresa!, no pasaron más de cinco minutos cuando se abrió la puerta y por ella aparecieron el señor y la señora que habían estado siendo interrogados. Ellos salían. Y nosotros, el turista que acababa de llegar y yo, entrábamos.

 

Los formulismos fueron muy rápidos, más rápido de lo que yo me esperaba. Una señorita de unos 35 años fue quien me atendió. La única que atendía. Le entregué mi pasaporte, pagué  5 DM (marcos) por mi visa, me entregaron un papelito y de ahí pasé a otro cuarto. Aquí cambié 25 DM (marcos de Alemania Occidental) por 25 M (marcos de Alemania Oriental), cantidad obligatoria estipulada por cada día que uno pase en Alemania del Este.

 

En este segundo lugar era otra señorita quien atendía, le pregunté por dónde salir y me dijo por donde: un pasillo, una puerta, un pasillo exterior y una reja. En esta reja de unos 1.20 metros de ancho por unos 1.60 metros de alto había un guardia. Se acercó, revisó mi pasaporte, la visa, alguno que otro papel y abrió la puerta. A un metro y medio más, a mano derecha, había otra verja del mismo tipo. Hizo sonar el timbre y pude pasar: Me encontraba ya en Berlín Oriental

 

 

Berlín Oriental: la ciudad misteriosa

 

Lo que en un principio se me había hecho difícil o imposible, resultó un sueño que se convertía en realidad. Teniendo amigos americanos, franceses; ingleses y alemanes, eran pocos los que se animaban a cruzar al otro lado del muro. Sin embargo, una cosa es el miedo y otra el valor.

 

Como cuando uno se baja de un taxi en una ciudad desconocida, así me sentía yo. No traía nada conmigo. Nada que me pudiera orientar. Traía sólo mi cámara, un libro y un folleto, pero en Berlín Occidental. Acostumbrado a viajar sin plano, pues para mí es la manera en que se conoce más.  Decidí caminar de frente. En mi experiencia he aprendido que salir de cualquier estación o entrando por cualquier frontera, si uno camina derecho y de frente, uno dará con el mero centro. Aquí pasó lo mismo.

 

Di mis primeros pasos en Berlín y me sentí conquistador en una ciudad desierta. Como en uno de los cuentos de Ray Bradbury (en Crónicas Marcianas), así me sentía yo. Fue algo muy curioso y extraño. Caminaba y caminaba y veía sólo edificios. Edificios que parecían ocupados, pero por donde no se asomaba gente.

 

Más adelante vi un mapa, un gran mapa de la ciudad donde explicaba lo principal y más importante. Vi los primeros turistas. Posteriormente empecé a ver más gente, parques, monumentos, edificios y un gran movimiento. Había llegado al corazón de Berlín.

 

 

Berlín Oriental

 

Visitar Berlín del Este es algo que nadie debe perderse. El pagar 30 marcos (15 dólares americanos)  no es nada. Estos 15 dólares equivalen a unos 13,050 pesos, tomándolos a un conservador tipo de cambio de 870 pesos por dólar. Menos de lo que usted gastaría en los 14,000 pesos por los dos tanques de gasolina de 7 mil pesos cada uno que pondría en un viaje de ida y vuelta a Laredo o McAllen.

 

La ciudad de Berlín (llamémosla para fines prácticos, solo Berlín, en vez de Berlín del Este), es una ciudad que tiene su belleza y sus encantos. Destruida casi por completo durante la Segunda Guerra Mundial, la ciudad ha ido recuperándose hasta transformarse en una gran metrópoli de más de un millón de habitantes. La ciudad es limpia. Su gente respira un aire de empuje y dinamismo. Uno se puede desplazar por sus calles con gran tranquilidad y libertad.

 

El corazón del Berlín de la pre-guerra, incluyendo las grandes obras maestras de arquitectura y los mejores museos, queda dentro del distrito del Berlín Oriental. Muchos de los mejores edificios que sobrevivieron a la guerra han sido completamente restaurados. 

 

Orientarse en Berlín es fácil. Existe buena información y la gente es simpática  amable. A unas dos o tres cuadras del Checpoint Charlie, siguiendo todo derecho por la Friedrichstrasse (la calle Friederich) usted encontrará un magnífico plano de la ciudad.

 

Siguiendo más adelante, por la misma calle, más allá del complejo de apartamentos, de muchos pisos alineados en forma paralela al Muro, nos hallaremos, dando un pequeño giro a la derecha, en la Plaza de la Academia (Platz der Akademie). Esta plaza se encuentra flanqueada por las Catedrales Gemelas: la alemana (Deutscher Dom) y la francesa (Französischer Dom). Asimismo entre las dos hermosas catedrales, viendo uno hacia el norte y a mano izquierda, podremos admirar la Casa del Teatro y la Comedia (Das Schauspielhaus).

 

Muy cerca de estos lugares, podremos ver la Vieja Biblioteca (Alte Bíbliothek) y el Teatro de la Opera (Deutsche Staatoper), un precioso edificio del siglo XVIII que está aún en uso y donde son presentadas grandes obras operísticas. Una cuadra más adelante nos hallaremos en “Unter den Linden”, la principal arteria de la ciudad desde la pre-guerra, y que ahora se presenta junto al ominoso y detestable Muro de Berlín, (Berlín Maurer). Al final de la avenida se puede ver lo que antiguamente fuera la entrada imperial a la ciudad.

 

En dirección opuesta, Unter den Linden se extiende justo hacia el centro de la ciudad y donde lo nuevo con lo viejo se compaginan en simbólica armonía. Por este rumbo podremos ver la Universidad de Humboldt (Humboldt Universität), que fuera, en otros tiempos, la principal institución de aprendizaje, y donde filósofos como Hegel ofrecieran importantes conferencias. Junto a la Universidad, usted podrá encontrar el famoso Monumento a las Víctimas del Fascismo y Militarismo.

 

Este es un lugar donde se rinde tributo a las víctimas caídas por azares del destino y de la incruenta y absurda guerra.  Cientos de turistas, sobre todo personal americano, destacado en esta área de Berlín Occidental, vienen especialmente los sábados a visitar el sector de Berlín Oriental, dejándose ver, principalmente, en este monumento.

 

Siguiendo nuestro recorrido por la avenida Unter den Linden, encontraremos la zona de los museos, pero antes de esto; qué mejor, que visitar la magnífica Catedral de Berlín (Berliner Dom), la cual ha sido restaurada a toda su grandeza y resplandor original. Aquí, en la Catedral de Berlín, podremos ver en su interior finas esculturas y un pequeño, pero interesante museo. Enfrente se observa el Palacio de la República (Palast der Republik), la Fuente de Neptuno y la Marienkirche (La Iglesia de María).Esta última, es la iglesia más antigua de Berlín. Construida en e siglo XIII, la iglesia se yergue sobre una hermosa plaza a un lado de la famosa e imponente Fernsehturm (Torre de Televisión), que ofrece en su cúspide fabulosas vistas de Berlín.

 

 

Los museos

 

Visitar Berlín y no conocer sus museos es como ir a la playa y no ver el mar, ir de compras y no comprar, ira una boda y no ver a los novios. Así son los Museos de Berlín. Algo que se tiene que ver. Existen varios museos, pero entre los más importantes a visitar están:

 

 

 

Pergamonmuseum: El Museo de Pérgamo. Un de los mejores museos del mundo. Sus exhibiciones son realmente espectaculares. Aquí, dentro del museo, podremos ver y maravillarnos con la imponente Puerta de Ishtar, la Puerta de Babilonia; la Puerta de Mileto; el Mercado Romano; y, el majestuoso Altar de Pérgamo. El museo exhibe, así mismo, extensas colecciones de arte griego, asirio, islámico y del lejano oriente.

 

La Galería Nacional. Esta galería exhibe una excelente colección de arte germánico impresionista con trabajos de Feininger, Kokoschka y otros más de la escuela de Brücke.

 

Museum für Deutsche Geschichte. Una fascinante y detallada exhibición que relata la historia de la tierra, desde el “homo sapiens” hasta el advenimiento del socialismo. Además, existe un poster que explica “la otra cara de...” el por qué se construyó el Muro de Berlín.

 

 

 

 

Paseando y disfrutando por Berlín

 

Contrario a lo que se cree, o se hace creer, Berlín del Este tiene muy buenos lugares para comer, pasear, bailar, divertirse. Por la avenida Unter den Linden se dejan de ver magníficos cafés; bares y restaurantes. Uno de los mejores lugares es, sin lugar a dudas, el lujoso Palasthotel.

 

Magníficamente situado, frente a una gran avenida, cerca de tiendas, museos, iglesias, tiendas y restaurantes, el hotel tiene de todo.

 

La comida

 

Si el viajar y conocer es una delicia, el comer también lo es. Tanto en Berlín como en toda Alemania del Este, la comida, el vino y la cerveza son bastante económicos. Uno se sorprenderá al recibir la cuenta.

 

Existen buenos platillos para deleitarse uno el paladar. Pida "Spreewalder Wurstplatte mit Meerlettich" (un platillo que ofrece diferentes tipos de exquisitas salchichas con rábanos y picantes).  Pruebe el "Fisch in Spreewaldsosse" (Pescado de la temporada bañado con salsa local). Deléitese con estos y otros platillos. Y, para tomar, qué mejor que un vino blanco de la propia Alemania. O, tal vez un vino búlgaro, o un vodka ruso o polaco.

 

 

Visitando otras ciudades

 

Si no para quedarse a vivir, por qué no visitar otras ciudades de Alemania del Este. Vaya por ejemplo a:

 

Leipzig: Famosa por sus libros y su música. Esta ciudad de 710,000 habitantes es mundialmente conocida por su famosa Universidad, la cual fue fundada en 1402, y que evoca nombres como Leibnitz y Nietsche, entre otros. Hoy en día, toda esa tradición asociada al campo de la educación se ha transformado en industrias dedicadas a la publicación de libros. Asimismo, pero en el campo artístico y musical, Leipzig fue la ciudad que en 1723 ganara reputación mundial al asociársele con el nombre de Juan Sebastián Bach.

 

Dresden: Llamada por los eslavos Drezhdane. Si a Berlín se le conoce como el centro administrativo de la República Democrática Alemana, Dresden es considerada como el “Kunststadt”: (La Ciudad del Arte). Y es que, en verdad, esta ciudad es una gema artística y arquitectónica. A pesar de que muchos edificios se encuentran aún en ruinas, estos conservan su imponente belleza y elegancia. Famosa por haber sido el asiento del Electorado de Sajonia y de los últimos gobernantes del Reino de Sajonia, Dresden, ciudad de 640,000habitantes, es conocida hoy en día como uno de los mayores centros culturales de Alemania.

 

Potsdam: Ciudad de 125,000 habitantes, la ciudad de Federico el Grande. Sus principales atractivos son sus parques, jardines y residencias reales de verano. Potsdam fue el asiento y cuna del Antiguo Imperio de Prusia.

 

 

 

 

Alemania del Este:

Una Alemania diferente

 

Quien crea ver en Alemania del Este a un país pobre, se sorprenderá que no lo es. Favorecido por su gente amable y hospitalaria y, por el interés del propio gobierno de elevar el  nivel de vida, Alemania del Este se yergue orgullosa ante los ojos del mundo.

 

Su economía, una vez en ruinas se consolida por una gran planta industrial, que produce todo lo que requiere y necesita. Su moneda, el marco (marco oriental) equivale a un marco alemán (occidental); aunque en la Alemania Occidental se tome a la mitad de su valor.

 

Visitar Alemania del Este es abrir los ojos a la realidad. Es ver lo bueno y lo malo que hay en ese país. Es darse cuenta de cómo se vive. Es darse cuenta si las informaciones que nos llegan con respecto a ese país son ciertas o no. Visitar la Alemania del Este es conocer el mundo, conocer a los demás y conocerse uno.

   

 

Artículo aparecido en el periódico “El Porvenir” de Monterrey, México, el 7 de diciembre de 1986.

 


 

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