Ven a mi mundo

 

 

De aquí y allá

 

 

Vivir sin dinero es posible *

 

 

 

 

Heidemarie Schwermer, psicoterapeuta de 60 años, es feliz. Lleva seis viviendo sin dinero y sin renunciar al bienestar de una sociedad como la alemana. “He cumplido todos mis sueños sin él”, asegura convencida.

Dispone de un ordenador, usa un móvil y viste con sencillez, pero con elegancia. Comenzó su experimento en 1996, después de crear en 1994 una sociedad de intercambio, y lo que iba a ser una etapa de un año en su vida se ha convertido en su forma de estar en el mundo. Hace un año publicó en Alemania un libro en el que resumía su experiencia, Mi vida sin dinero, que ya está en las librerías españolas en un libro editado por Gedisa.

Para hacerse a la idea de lo complejo que resulta vivir sin dinero en nuestros días, aunque sea por elección, como es el caso de Heidemarie, piense cuántas veces ha pagado con euros por algún bien o servicio a esta hora del día. ¿Cómo es posible entonces comunicarse con el mundo por e-mail, usar un móvil o vestir decentemente sin gastar un euro? “Puedo vivir así gracias a los contactos. Mucha gente me conoce, entiende mi proyecto y quiere ayudarme. Sé dónde voy a dormir en las próximas semanas, tengo un refugio por si me fallan las previsiones y nunca me falta para comer”, explica en su bastión de Dortmund, un centro cultural llamado Wissenschaftsladen que fue fundado en 1983 por un grupo de estudiantes.

Allí le dejan dormir, ducharse o usar el ordenador a cambio de cocinar para los jóvenes que pasen por el recinto. “No empleo mucho tiempo en la cocina. Suelo utilizar lo primero que encuentro, verduras variadas, las echo a la sartén y hago lo que salga”, dice.

 

Asesora


Duerme en el piso superior, donde ayuda a quien lo necesita con sus prácticas terapéuticas. “Antes asesoraba a gente con mucho dinero, pero no estaba satisfecha con mi trabajo. Ahora ayudo a quien viene a verme. A veces me dan algo a cambio, pero no siempre es así”, cuenta quien entre sus pertenencias (un par de faldas, tres jerséis, dos pares de zapatos y dos prendas de abrigo) tiene algún que otro producto cosmético. Asegura que en sus primeros tiempos pasó hambre, pero siempre que necesita algo lo desea con fuerza y termina apareciendo. Mantiene que un “ángel” cuida de ella y que “se siente guiada”.

Todo comenzó cuando vio cómo funcionaba la sociedad de intercambio Da y Toma de Dortmund. Decidió lanzarse a la aventura en solitario y vivir un año sin blanca. Lo primero era encontrar dónde dormir, ducharse y cómo conseguir la comida. Al principio recurrió a casas de amigos que se iban de vacaciones por temporadas largas. Ella, a cambio de cuidarles la vivienda, regar las plantas o bien ocuparse de los animales, disfrutaba de una cama cómoda y a veces hasta de una nevera repleta. “En realidad, no echo nada de menos, porque si lo hiciera volvería a usar el dinero. No hago esto como un sacrificio”, reconoce.

Heidemarie es madre de dos hijos adultos que sólo al principio se preocuparon por el arriesgado experimento de su madre. “Ahora ya están más tranquilos porque saben que me organizo bien”, añade. Desde hace un año, cuando publicó su libro en Alemania, todavía es más conocida, lo que facilita su red de contactos. Los ingresos por la publicación del libro, unos 20,000 marcos (10,000 euros), que recibió en dos cheques, los fue regalando a gente necesitada: sin techo, madres solteras o trabajadores sociales.


Regalos

 

En su monedero guarda el pasaporte, el carné de conducir y otra documentación. Ni un solo euro, aunque sabe que los precios han subido con la nueva moneda y que dos marcos equivalen a un euro. “Mi vida ahora es más libre. No tengo nada fijo. Voy cambiando la ropa según me la van regalando o encuentro algo que me gusta. Nunca sé lo que me va a deparar el día cuando me levanto”, relata.

Lo suyo, pese a todo, no es la vida contemplativa. Se levanta hacia las siete de la mañana, un par de veces a la semana acude a la tienda de productos biológicos donde le suministran alimentos sobrantes o con mal aspecto, da conferencias, imparte sesiones de terapia, acude a seminarios... Si quiere cortarse el pelo puede elegir entre tres peluqueras que están encantadas de recibirla.

Tampoco se priva de ir al cine y para ello se lo propone a alguien que, por ejemplo, necesite que le cuide una tarde los niños a cambio. “Cuando quiero algo pienso cómo conseguirlo, quién lo tiene y qué puede necesitar que yo le pueda dar”, señala.

“Mi actividad, que tiene como misión llamar la atención sobre la injusticia, es mi vocación. No necesito vacaciones. Ése es uno de los errores de nuestra sociedad, que separa ocio y trabajo, porque la mayoría hace algo que no le gusta sólo por ganar dinero y gastarlo en cosas que no necesita”, expone.

Confiesa que no busca seguidores, sino que quiere invitar a reflexionar a la gente: “Éste es mi camino, pero no es un camino de masas. Para muchos en esta sociedad uno vale lo que gana. Yo creo que todos los trabajos son igualmente dignos. Es posible no tener nada y valer mucho. Ése es mi mensaje”.

 

 

Música de fondo: “No tengo dinero”, tema de Juan Gabriel, compositor mexicano

 

 

 

Fuente: El presente artículo me fue referido por una buena amiga de Rumania, radicada ahora en Alemania.

 


 

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