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De aquí y allá

 

 

Las 10 cosas que más desesperan a

los hombres en relación a las mujeres *

 

 

 

 

Federico Ortíz Moreno, L.Ps.

 

 

E s obvio, como dice el título de un conocido libro: “Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus”. La verdad, hombre y mujeres, son muy diferentes entre sí, por no decir diametralmente opuestos. Ambos piensan y se conducen de manera muy distinta, ya sea para el amor, los pleitos o el odio.

 

Pero, ¿qué hay de la relación en sí?, ¿Qué hay en ellos, la pareja que de pronto pueden estar platicando muy bien y de pronto desesperarse, hasta el punto casi, de arrancarse los pelos y enfadarse, a tal grado, de mandar a su amada pareja al demonio. Claro, se dice que el hombre es muy desesperado, pero ¿quién de los hombres no se ha desesperado jamás con alguna mujer...?

 

Bueno, estas son algunas de las cosas que les pasan a los hombres, en relación a la actitud de una mujer. Veamos si esto es cierto.

 

 

Impuntualidad: La mujer tarda horas en arreglarse. Acuerdan una cita a las 10 de la mañana o 9 de la noche, para el caso es lo mismo. El galán lega a casa o departamento de la chica y ésta no está lista o se quedó dormida, lo que causa el primer enojo. Ya después ella lo recibe como si nada, y uno que otro besito o un “ahorita me arreglo”, soluciona parte del problema. Sin embargo, luego surge otro inconveniente: “Me voy a bañar, espérame tantito…”. Fácil 45 minutos o más de espera. Luego ya sale, te muestra de lejos que anda en toalla, y te dice: “Nomás me seco y me visto y en 15 minutos estoy contigo”, lo que hacen de 20 a 30 minutos más de espera.  El hombre empieza a impacientarse. “Te noto de mal humor, ¿te pasa algo? Estás muy serio, ¿cómo te fue en el trabajo?”. Nuevamente el hombre agarra aliento para no emitir malas palabras y se guanta el coraje. Acto seguido, ya sale vestida y te pregunta: “Mira, también tengo estos dos juegos, ¿qué te parece mejor, esto que traigo, o estos pantalones con esta blusa, o esta falda con esta otra cosa?”. A ti, como te da lo mismo le dices: “Está bien, te ves bien”, a lo que ella contesta: “Ah, no, no te gustó, si te hubiera gustado me hubieras dicho: ‘Se te ve bien padre, pero como no te gustó, nomás me dices ‘Se te ve bien’ y ya’ ”. Y es el inicio de los pleitos. Nunca están a tiempo, y fácilmente pueden ser dos horas de espera.

 

Compradoras compulsivas: Además de comprar cosas que no sirvan para un carajo; esto es, que jamás se las van a  poner a utilizar, pueden pasar fácilmente 4, 5 o hasta 6 horas en las tiendas o centros comerciales, sin cansarse. Eso sí, a sus amigas, al novio o al marido les dicen: “Es que no tengo nada que ponerme”; “Ya no tengo ropa” o “Esto me queda fatal”. Y si van a una fiesta o a una boda, preguntan a sus amigas quién más va a ir, pues en dado caso que a esa reunión vaya una amiga no muy querida por ellas, seguramente dirá: “Ah, no, entonces el vestido azul que tanto me gusta, porque me queda muy bien, no me lo voy a poner, pues ya me lo vio fulanita”. Los hombres odian y no comprenden esto.

 

Son difíciles de descifrar: Por más que uno haga el intento, jamás uno las entenderá. Hoy pueden estar de buen humor, y al día siguiente o al rato, su humor camia al otro extremo, sin que medie algo de por medio. ¿Motivo, razón o causa…? Tal vez ni Freud pudiera explicarlo. Y para colmo, las discusiones pueden ser de lo más simples o estúpidas y… ellas siempre tienen a razón, por más que no la tengan. Y si de pronto surge algún “encontronazo” o pleito por algo absurdo… pues nuevamente, ellas ganan. “Es que te dije que era azul”. “No, era rojo”, responde ella. “¿Cómo va a ser rojo, si era azul, hasta ahí decía… azul?”, replica él, a lo que ella nuevamente te responde, levantando la mirada, arqueando la ceja y reprochándote como viéndote cara de estúpido: “Te dije que era rojo, yo misma lo ví”. Y uno, con el afán de no discutir, le das por su lado y aceptas. “Está bien, lo que tú digas, es rojo”. Pero la cosa no acaba aquí, ella ya con enojo coraje, visto a todas luces, casi te grita: “Ah no, tú me dices eso de que es rojo, porque no quieres seguir discutiendo; y, como no quieres seguir discutiendo, me das la razón; pero tú muy bien sabes que es, o era rojo”. Cuestión de enfoques, o cuestión de colores. O, tal vez daltonismo.

 

La relación con la madre: ¡Las madres, las madres…! Otro eterno conflicto en la relación de la pareja, agregándose un ingrediente más: esa otra persona que entra al triángulo es precisamente ¡otra mujer! La novia, la pareja o la esposa del hombre no sólo tiene que lidiar con su similar, sino que además va a estar confrontado por ese ser, por algunos llamado, monstruoso, llamado: suegra. Y es que esa persona no solamente trata de meterse en la vida privada de uno, sino que además, por cuestiones de que así es la vida, las mujeres suelen pelear con ella dos o tres veces por semana, sino es que al día. No se pueden ver, pero… ahí están, tan cercanas la una a la otra, como si nada hubiera pasado, más si es para ponerse de acuerdo para manejar al hombre.

 

Teléfono e Internet: El hombre no se explica el porqué las mujeres pasan horas y horas llamando por teléfono, no importa si es celular o el teléfono fijo de casa. Y si se trata de Internet, se la pasan chateando todo el día, en cosas verdaderamente intrascendentes, en lugar de hacer cosas más productivas. Y mejor no mencionar lo de las redes sociales, como el Facebook, el Twitter o el Messenger.

 

Celos: Las mujeres son sumamente celosas, sólo ellas pueden ser las reinas y nadie más. Uno no puede tener amigas y, a veces, ni siquiera amigos hombres. Todas las demás, al mismo tiempo que rebajarlas, minimizarlas o hacerlas menos, son unas cualquiera, por no decir putas, palabra que a menudo utilizan para referirse a las otras, sus rivales.

 

Especulan demás: Aunado a esto, a  las mujeres les gusta especular, se complican la vida demasiado: ven cosas que no son o entienden de manera muy distintas las cosas a como lo hace un hombre, y lo peor del caso, uno tiene que adivinarles el pensamiento o si no, seguramente, habrá pleito. Lo peor del caso es que muchas veces –por no decir que la mayoría- ellas cambian las versiones, y lo que tú dijiste, pasa a ser lo que ellas dijeron. Y punto, no hay vuelta de hoja.

 

El ir de compras: ¡Qué horror! Ir de compras con ellas no es propiamente una odisea; es más bien, un suplicio. Van no solamente a una, dos o tres tiendas, sino que van a todas aquella tiendas que tiene un centro comercial, aunque no sea para comprar, sino solamente para ver. Y si se trata de comprar ropa, se prueban mil y un vestidos, aún sabiendo que no les va a quedar bien o que no les sienta. Por otro lado, el hombre no se explica el porqué tienen que detenerse a mirar cada aparador, y por qué se prueban ropa que ni siquiera van a llevar.

 

Juntas al baño: ¿Por qué tienen que ir las mujeres juntas al baño? En un restaurante, una boda o una fiesta, de pronto se levantan y van entre dos al baño. ¿Necesitarán ayuda para hacer pipí? ¿Es que acaso no pueden ir separadas, o por si solas, como lo hace el hombre? ¿O será que aprovechan el camino para pasarse chismes…?

 

No les gusta decidir: Muchos hombres se desesperan cuando uno, a fin de quedar bien, les pide su opinión para ver a dónde les gustaría salir, a donde ir a comer, a dónde ir a bailar o qué película ver en el cine. La respuesta de ellas, casi seguro será: “A donde tú quieras” o “Lo que a tú digas o ti se te antoje”. ¿Qué no podrán pensar por sí mismas...?

 

Las respuestas a estas preguntas cada uno las podrá contestar a su manera. O, como me respondería un amigo una vez que le hice la pregunta de cuándo podrá entender uno a las mujeres. Él muy serio me contestó, yo muy serio esperé su respuesta:

 

 

  

          

Música de fondo: “Obladí, Obladá”, tema de Los Beatles..

 

Fuente: Tomado de diversas fuentes.

 

    


 

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