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El Chicle *

 

 

 

 

Federico Ortíz-Moreno, L.Ps.

 

 

¿Quién no ha mascado chicle al menos una vez? Creo que todos, y muchos de nosotros no una, ni dos, ni tres, sino cientos de veces. Al menos mascar chicle, principalmente en México o en Estados Unidos es una costumbre muy generalizada. No así en otros países como Colombia, Argentina, Francia o Alemania donde su uso no es muy común. Sí se compre, si se vende, si se masca, pero no tal y como es la costumbre en México, Estados Unidos y la mayoría de los países centroamericanos.

 

Se sabe que desde hace mucho tiempo el hombre lo ha mascado y con el tiempo los chicles o gomas de mascar han cambiado mucho. Algunos incluso mantienen la teoría de que desde de la prehistoria ya se mascaba cierto tipo de resina.


La base del chicle es una resina natural que se extrae del árbol llamado Zapote, originario de las zonas tropicales de América. Este líquido es muy parecido a algunos pegamentos líquidos o goma de pegar.


De forma natural un chicle seguramente a nadie le gustaría, ya que no tiene tanto sabor, es muy difícil de masticar y no se puede hacer bombas. Por ese motivo fue que en lugar de la versión totalmente natural se empezó a mezclar con parafina refinada.

 

La parafina es un material parecido al que se usa comúnmente para hacer velas. Seguramente alguna vez todos nosotros hemos tenido en nuestras manos un poco de cera justo en el momento en que se empieza a enfriar. La cera es extremadamente pegajosa y tiene precisamente un poco de consistencia de chicle.


Tanto los mayas como los aztecas usaban el chicle para limpiar los dientes, y distraer un rato el hambre y la sed. Aunque mascarlo era algo muy difundido, mascarlo en público no era bien visto.

 

La costumbre de mascar chicle en público, pero en forma desganada, esto es estar masque y masque todo el día, era una costumbre muy arraigada en personas a las que consideraban perezosas y de mal vivir. Por suerte esta idea ha ido cambiando y aunque mascar chicle no se ve precisamente muy elegante esto no nos convierte tampoco automáticamente en seres despreciables, vulgares o corrientes.


Existen muchas versiones de cómo se difundió el uso del chicle hacia Estados Unidos, de las dos más conocidas la primera sostiene que en pleno siglo XIX durante su exilio en el país vecino, el general Antonio López de Santa-Anna quién gustaba de mascar chicle, entabló amistad con un estadounidense cuyo nombre a veces varia pero eso sí, tenía un apellido que sería bastante conocido en el mundo chiclero: Adams.


La otra versión dice que el famoso Adams llegó tiempo después a las actuales tierras de Quintana Roo, y al ver a los mayas mascar chicle tuvo la idea de comercializarlo en forma de bolitas a las que les agregó azúcar y saborizantes, mismas que llegaron a tener un enorme éxito.

 

El tiempo hizo lo suyo y este inagotable material de travesuras se fue perfeccionando, así se le añadieron cada vez más sabores y aromas. De Estados Unidos se extendió al resto del mundo principalmente durante la Segunda Guerra Mundial cuando los soldados norteamericanos las llevaron consigo.

 

La arqueóloga y antropóloga Jennifer Matthews de la Universidad Trinity de San Antonio aborda la historia del chicle, cuyos orígenes se remontan a más de 11 mil años en la península de Yucatán.

 

Los primeros capítulos de un libro sobre el Chicle: la goma de mascar de las Américas, se enfocan en la región de México, Guatemala y Belice de donde se origina el árbol de zapotilla o chicozapote del cual se extrae el chicle.

Según Matthews, la mayoría de estos árboles se encuentra en el estado mexicano de Quintana Roo, lo cual atribuye a la propagación aun activa de sembrados maya, muestra de su atractivo milenario.

“Cuando se corta la corteza del árbol de zapotilla, o es atacada por insectos, el árbol produce una sustancia lechosa que forma una capa protectora sobre el área del corte”, explica.

Esa savia inolora es lo que se conoce como chicle, lo cual en muchas partes de Iberoamérica aun hoy se utiliza como sinónimo de goma de mascar.

Matthews se basa en las crónicas de Fray Bernardino de Sahagún para ilustrar algunas de las costumbres precolombinas de mascar chicle que hoy tendemos a asociar a reglas sociales modernas.

“En la sociedad azteca sólo se les permitía mascar chicle en público a las mujeres solteras y a los niños pequeños”, explica la autora.

Matthews explica que las restricciones sociales se debían en parte a que el sonido de la goma de mascar, que Sahagún asemejaba al de castañuelas, era una de las cosas que identificaba a las prostitutas aztecas.

“El simple hecho de mascar chicle en público identificaba a una mujer casada o viuda como prostituta y a un hombre como homosexual”, continúa.

El libro de Matthews es como una biografía del chicle, donde se narra su historia milenaria, características botánicas y el desarrollo de una industria provechosa que llegó, en su apogeo, a ser símbolo de la juventud estadounidense.

 

Y a usted, ¿le gustan los chicles…?

 

      

Fuente: Tomado de varias fuentes. 

 


 

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