Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

Visitante cósmico *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

El extraño ser de piel verdosa con reflejos metálicos, antenas en la frente y siete dedos en cada una de sus tres manos, toco el timbre de la casa del señor Pachorro. Al señor Pachorro por poco le da un soponcio al abrir la puerta.

 

_ No se asuste _sonrió el extraño ser al asustado señor Pachorro_. Vengo en son de paz. Procedo del planeta Pepe, uno de los más grandes de la nebulosa espiral Messier 31, de la galaxia Andrómeda. ¿Ha oído usted hablar de él?

 

_ No _ confesó el señor Pachorro.

 

_ No me extraña _volvió a sonreír el ser ultraterrestre_. Dicho sea sin ánimo de ofender, ustedes son uno de los planetas más subdesarrollados del Cosmos. Precisamente me dedico a estudiar grupos biológicos primitivos.

 

_ ¿No será usted vendedor de algo? _preguntó un poco escamado el señor Pachorro, a quien solamente la semana anterior le habían colocado dos aspiradoras, cinco marcas distintas de detergentes, tres cepillos y un específico para el cabello.

 

_ No, hombre, no.

 

_  ¿O inspector de Hacienda? _volvió a preguntar el señor Pachorro, que andaba retrasadillo en el pago de impuestos y ya había sido víctima de un sabueso arancelario que el año anterior le cayó disfrazado de peregrino a Tierra Santa.

 

_ Tampoco _sonrió una vez más con extraordinaria dulzura al visitante cósmico_. Me dedico a la investigación científica y sociológica. Solo le pido que me permita pasar para estudiar su modus vivendi.

 

_ Bueno, pase usted _aceptó el señor Pachorro, que en el fondo era un alma de Dios.

Por espacio de media hora el extraño ser verdoso anduvo fisgando el hogar del señor Pachorro. Palpó las cortinas, contempló cuadros, se tendió en la cama, abrió la nevera, hizo funcionar el retrete. Al llegar al televisor dijo con asombro:

 

_  ¡Caray! No me diga usted que todavía usa esta clase de soporíferos… ¡Que atrasados están!

Después encendió el calentador del baño e inspeccionó la estufa.

 

_ Hace tres milenios, terrestres, por supuesto, nosotros también usábamos estos artefactos. Hasta que suprimimos el gas.

 

_  ¿Sufrieron alguna explosión? _preguntó el señor Pachorro.

 

_ No. Lo que ocurría era que tardaban mucho tiempo en entregarlo. Ahora usamos energía concentrada de megoncio.

 

Pachorro ofreció un whisky a su visitante y el resto de la tarde la pasaron conversando animadamente sobre diversos temas. A pesar de los millones de años luz que separaban a sus respectivos planetas, y no obstante la indiscutible superioridad de la civilización de Andrómeda, curiosamente existían numerosos puntos de contacto entre ambos sistemas de vida. Todo el proceso por el cual estamos nosotros pasando ahora en la Tierra, había sido ya recorrido por los habitantes del planeta Pepe. Sin alardear, pero dentro de su exquisita inteligencia, el ser ultraterrestre hizo ver a su anfitrión que, después de todo, las formas vivientes del universo son las mismas, con ligeras variantes externas y desde luego en diversas etapas de desarrollo.

 

Cuando el visitante se levantó del sofá para marcharse, el señor Pachorro se ofreció amablemente a conducirlo en su automóvil al sitio donde había dejado la astronave.

 

_  ¡Caramba, que coche más bonito!  _exclamó el Andrómeda.

 

_ A la orden _dijo el señor Pachorro muy ufano_. Acabo de comprarlo. Ultimo modelo. Con decirle que es de importación prohibida.

 

El ser ultraterrestre pasó una mano por el guardafango.

 

_  ¿Me dejaría usted conducirlo un poquito? _preguntó.

 

_ Por supuesto _repuso Pachorro_, considerando que un ser de civilización tan elevada, que había venido del otro lado del Cosmos en una nave espacial, sería capaz de conducir hasta un 747.

 

Los dos subieron al coche. El ser ultraterrestre tomó el volante y a los trecientos metros sacó una mano para indicar que iba a doblar a la derecha, pero viró a la izquierda. Se pasó tres altos. Trato de rebasar a un camión por la derecha, se cargó un poste, se subió a la acera, dio tres botes y finalmente se incrusto en el escaparate de una tienda.

 

_  ¡Pero señor! _gimió Pachorro.

 

_ Señora… _corrigió el extraño ser de piel verdosa con reflejos metálicos y antenas en la frente. Ya le había advertido que, en el fondo, las formas vivientes del universo son iguales en todos los planetas. Por lo tanto no debería extrañarle que una dama condujera así, aunque viniese de Andrómeda...

 

 

Fuente: Marco A. Almazán, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “El libro de las comedias”.

 

 


 

Volver a la Página de
Marco A. Almazán

 


 

Volver a la Página de
INICIO

 

© 2012 / Derechos Reservados.