Ven a mi mundo

 

   De aquí y allá    

 

 

El viajero despistado *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

A los pocos minutos de haber despegado el avión, cuando se apagaron los letreros de “No Fumar” y “Abróchense los Cinturones”, el viajero de aspecto despistado se desabrochó el suyo y empezó a hurgarse en los bolsillos. Una azafata de estupenda figura se le acercó muy solicita y sonriente.

 

-¿Quiere usted fuego, caballero? -le preguntó, ofreciéndole un encendedor.

 

-No, muchas gracias -repuso el viajero-. Creo que no fumo.

 

-Entonces, ¿desea usted alguna otra cosa? ¿Un caramelo? ¿Chicles? ¿Aspirina? ¿Un refresco? ¿Periódicos? ¿Revistas? Aquí estamos para servirle.

 

-Muchas gracias, pero no quiero nada de eso -continuó palpándose la ropa el viajero.

 

-¿Pistolas para secuestrar, acaso? –guiñó un ojo picarescamente la azafata guapetona.

 

-¡Eso es! ¡Eso es lo que busco! –exclamó el viajero, chasqueando el pulgar con el dedo de en medio-. Con lo despistado que soy, me he dejado olvidado el revólver en el cuarto del hotel... ¿Pero cómo lo imaginó usted, señorita?

 

-Llevo diez años en el oficio, caballero -sonrió la muchacha.

 

-Pues está usted muy bien conservada.

 

-Favor que me hace. Ahora, dígame: ¿cómo quiere la pistola? ¿De juguete o auténtica?

 

-Auténtica, pero descargada.

 

-Hace usted bien. A las armas las carga el diablo.

 

-El diablo no viaja en avión –refunfuñó el pasajero-. Al diablo no le gustan las alturas.

 

-Es verdad -volvió a sonreír la azafata-.

 

Pero insisto: ¿qué clase de pistola quiere? ¿Browning? ¿Parabellum? ¿Star? ¿Del 9 corto?

 

-Deme usted una “Star” con soda.

 

-¿Cómo que con soda?

 

-Perdón. Es que pensé que me estaba ofreciendo un aperitivo. Soy un poco despistado, ¿sabe?

 

-Ya lo veo. Pero volviendo al punto: ¿qué clase de revólver desea?

 

-Deme una “Browning”. Son las más cómodas.

 

-Nada más que le advierto que se encasquillan con frecuencia.

 

-No importa. Ya le dije que la quiero descargada.

 

-Muy bien -sonrió una vez más la encantadora muchacha-. Ahora mismo se la traigo.

 

La azafata fue hacia la parte posterior del avión con mucho contoneo de caderas, y a los poco minutos volvió y le ofreció el arma al pasajero.

 

-Aquí tiene usted, caballero. Recién engrasadita.

 

-Muchas gracias. Ahora dígame usted: ¿el piloto?

 

-Se llama Pepe.

 

-Pregunto dónde está.

 

-¡Ah! -dijo la chica-. Pues en la cabina, naturalmente.

 

El viajero empuñó el revólver, se dirigió a la cabina de mando, abrió bruscamente la puerta y se encontró al piloto jugando al ajedrez con el copiloto.

 

-¡A Cuba! -gritó el pirata del aire-. ¡Desvíe el rumbo inmediatamente! -Si quiere usted que vayamos a Cuba, no puedo desviar el rumbo, caballero -dijo el piloto tranquilamente, sin dejar de jugar al ajedrez.

 

-¿Cómo que no? -gruñó el pasajero, encañonando al piloto con el revólver en las costillas.

 

-Pues porque no. Este es el vuelo 505 de Cubana de Aviación, directo a La Habana. Si desvío el rumbo, vamos a dar a Nueva Orleáns o a Panamá, según coloque el piloto automático.

 

Ruborizado, el aeropirata salió de la cabina y de muy mal humor se acomodó en su asiento, sin querer reparar en la sonrisa irónica de la azafata, que se estaba pintando las uñas y de cuando en cuando lo miraba de reojo, con gesto de sorna. Y es que el viajero era tan despistado, que constantemente dejaba olvidados los revólveres en los cuartos de hotel y se equivocaba de líneas aéreas

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Cien años de humedad”.

 

 


 

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