Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

Viaje de ida y vuelta *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

El otro día tuve ocasión de conversar con un agente de inhumaciones que lleva muchos años dedicado a su tétrico oficio. Contra lo que pudiera suponerse, el hombre es jovial, bromista, amante de la buena mesa y del buen vino, y viste de colores claritos. Después de haber charlado sobre diversos tópicos ligeros y sin importancia, no pude resistir la tentación de hacerle la pregunta de rigor en estos casos:
—Dígame usted: ¿Cómo es que siendo persona de tan excelente humor y gustos tan mundanos, se le ocurrió dedicarse a una profesión que no se distingue precisamente por su alborozo?
—Hombre —replicó el enterrador—, lo uno no está reñido con lo otro. ¿Usted cree que los dentistas tienen que andar siempre con dolor de muelas?
—No, desde luego que no —admití un tanto desconcertado por la peculiar lógica de la respuesta—. Sin embargo, me parece que el constante trato con deudos atribulados, la atmósfera necesariamente fúnebre en que se desenvuelve su actividad e inclusive la cotidiana presencia de la muerte, a la larga acabarían por ensombrecerle el ánimo al más pintado.
— ¡Qué va! —sonrió el agente—. Es como si me dijera usted que los médicos, de tanto tratar con enfermos, acaban por sentir las mismas dolencias y salen a calle tomándose el pulso, sacando la lengua y auscultándose el vientre. Lo único que enferma a los doctores es la falta de enfermos. Igual me ocurre a mí: el día que no hubiera fallecimientos, yo moriría de tristeza y poco después de inanición.
El inhumador vio pasar con el rabillo del ojo a una chica de voluptuosas caderas y mentalmente le tomó las medidas. Después pidió otra ginebra con agua tónica y encendió un cigarrillo.
Por lo que respecta a la presencia física de la muerte —continuó—, créame usted que de tanto contemplarla se le pierde el respeto. No al cadáver en sí, ni mucho menos (después de todo son nuestros clientes, aunque los que paguen los gastos (le inhumación sean sus parientes), sino a la simple cesación de la vida. Para nosotros resulta curioso que la inmensa mayoría de los mortales —y qué bueno que lo sean— sientan horror por una situación tan natural y a la que tarde o temprano debemos llegar todos. La muerte, mi querido amigo, no es más que el término de un viaje de ida y vuelta.
— ¿Cómo que de ida y vuelta? —pregunté con bastante extrañeza.
—Si, señor. Volvemos a la nada de donde vinimos. Unos hicieron el viaje en primera clase, con butacas acojinadas y champaña por cuenta de la empresa. Otros, en segunda, con la probabilidad de que sudaron tinta para sufragar el boleto. Otros más, en tercera, con toda clase de incomodidades y congojas. Y los hay que hacen el recorrido en calidad de polizones, sufriendo hambres, privaciones e inclemencias en un vagón de transporte para ganado. Sin embargo, el viaje tiene un término para todos, sin excepción. Para unos fue una pesadilla y para otros constituyó un deleitable paseo. Unos le sacaron jugo, otros más lo desaprovecharon Y no faltaron despistados que ni siquiera se dieron cuenta de que estaban viajando en el convoy de la vida. Pero de cualquier manera, repito, el viaje termina para todos, ¿Qué hay de horripilante en ello?
—No lo sé. Posiblemente la certidumbre de que debe terminar, si bien nos hacemos la ilusión de que podremos hacer conexión con otra línea y seguir el trayecto tiempo indefinido.
El agente de inhumaciones volvió a reír. Luego apuró su vaso, me dio una palmadita en la rodilla y sacó la cartera.
—Le aseguro a usted que a la larga le aburrirían el paisaje y sus compañeros de viaje. Con miras a que algún día tendrá que apearse, permítame que le dé mi tarjeta.

 

Música de fondo: “Walk, don’t run”, tema del grupo The Ventures..

 

 

Fuente: Marco A. Almazán, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Pitos y Flautas”.

 

 


 

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