Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

Tragedia troglodita *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Era el amanecer del amanecer de la historia. Aún no cantaban los gallos paleolíticos. En la caverna de los Uk, la señora Uk rezongaba co­mo de costumbre por una razón u otra, pero principalmente porque el calzonazos de su marido, el señor Uk, en vez de salir a la caza del megaterio como los demás vecinos, se entretenía en frotar dos ramitas secas sentado en cucIillas sobre una piedra.

 

No tengo más que un huevo de pterodáctilo para el desayuno gruñó la señora Uk.

 

Menos mal que nos bastará de aquí a fin de mes, gracias a su gran tamaño -repuso el señor Uk, que siempre veía las cosas con optimismo, a diferencia de su pragmática consorte.

 

La señora Uk se pasó ruidosamente el dedo índice por debajo de la nariz, señal en ella de que se aprestaba al combate verbal con su marido.

 

Uk le dijo en ese tono reposado y grave que desde hace medio millón de años emplean las señoras al iniciar una bronca: es verdad que el huevo de pterodáctilo es muy grande, pero ten en cuenta que tu familia también lo es. Desde que en mala hora permití hace quince solsticios de invierno que me dieras un garrotazo en la cabeza y me arrastraras de los cabellos a tu cueva, me has hecho producir un hombrecito de Neandertalcada once lunas.

 

No sólo hombrecitos, que también tenemos siete hembras entre nuestros catorce adorables vástagos -sonrió el señor Uk sin dejar de frotar sus leños.

 

Igual comen los unos que las otras. Como también manduca tu señora madre, a quien ya me cansé de llevarle su pechuga de iguanodonte a su rincón, y de estar arreglándole las pieles, sin que ella se acomida siquiera a barrer los huesos de la caverna.

 

Ten en cuenta que es viuda y desvalida. Ya no tiene dientes y pasa mucho frío, como todos los ancianos. Además, como buen hijo que soy, tengo la obligación de mantenerla. Algún día tú te verás en el mismo trance, y alguno de nuestros Ukitos cargará contigo.

 

La señora Uk se alisó nerviosamente la pelle­ja que le servía de delantal y continuó en tono un poco más agresivo:

 

Lo que no veo es la necesidad de cargar también con un holgazán del calibre de tu tío Ugh, que se pasa el día recogiendo ramas secas, en vez de contribuir siquiera de cuando en cuando con un ictiosaurio para la despensa familiar.

 

El señor Uk miró a su mujer con cierto resentimiento.

 

Mi tío Ugh no es ningún holgazán. Al traer ramas secas me ayuda en mis experimentos científicos. Además, bien sabes que la cercanía del pantano donde pululan los ictiosaurios le agrava su reumatismo.

 

¡Tus experimentos científicos! resopló la dama. ¡Valientes experimentos! ¿A estar frotando dos palos todo el santo día y buena parte de la noche llamas tú experimentos científicos? Mira que tienes pajolera gracia.

 

El señor Uk, sin dejar de ludir sus leños, se incorporó lentamente y miró a su consorte entre compasivo y desdeñoso.

 

Mujer, no sabes lo que hablas. No tienes conciencia de lo que se avecina. Nos encontramos en los umbrales de la edad de piedra antigua inferior, y el descubrimiento que estoy a punto de lograr revolucionará a la humanidad prehistórica. Nuestras vidas, y las de nuestros congéneres y descendientes, cambiarán por completo y para bien en cuanto consiga lo que me propongo. El mío será el primer gran descubrimiento desde que apareció la vida orgánica en este planeta.

 

La señora Uk puso los brazos en jarras.

 

Bueno, don Einstein dijo arrugando despectivamente la simiesca nariz-, ¿y se puede saber cuál va a ser ese famoso descubrimiento?

 

El señor Uk bajó modestamente la vista.

 

¿Cómo quieres que lo sepa si aún no lo he descubierto? Sólo intuyo que será algo morrocotudo; algo que, repito, vendrá a transformar nuestra existencia, elevándonos infinitamente por encima de los demás primates. Nos proporcionará luz y calor; ahuyentará a las fieras que por las noches merodean y se cuelan en nuestras cavernas; dará sabor a nuestros alimentos, que hasta ahora engullimos lamentablemente crudos. Inclusive creo que con el tiempo nos permitirá encender cigarrillos.

 

¿Y todo eso lo conseguirás restregando dos palitos? preguntó con mucha soma la señora Uk.

 

dijo el señor Uk con mirada de iluminado. Estoy seguro de que lo conseguiré, Dios mediante.

 

La señora Uk perdió la paciencia y le atizó una soberana bofetada a su marido.

 

¡Haragán! iGandul! ¡Sinvergüenza! aulló mientras seguía arreándole al inventor, que trataba de esquivar los golpes con sus leños, pero sin dejar de frotados-. ¡No metas a Dios en estas cosas! ¡Hace falta tener caradura! En lugar de salir a la caza del mamut y del mastodonte, como cualquier hombre de Neandertal bien nacido, te pasas la vida jugando con dos palos y encima tienes la desfachatez de decir que vas a descubrir algo así como la energía eléctrica… ¡Suelta esos malditos leños y ve a traer algo de comer para tu famélica familia!

 

No emplees cacofonías interrumpió el señor Uk, que además de científico, era purista del incipiente idioma.

 

¡Toma tu cacofonía! rugió la señora Uk dándole una feroz patada en la espinilla.

 

En esos momentos apareció el tío Ugh, encorvado bajo el peso de un haz de ramas y troncos secos. La enfurecida matrona se apropió de uno de ellos y empezó a repartir estacazos a discreción. El tío Ugh, que venía desprevenido, cayó al suelo sin más trámite. 

 

¡Malandrines! ¡Impúdicos! ¡Descarados! continuó la señora Uk hecha ya un basilisco. ¡Aquí estoy yo bregando en la caverna desde que Dios amanece hasta pasada la medianoche, barriendo el piso, remendando pieles, cambiándoles hojas de parra a los críos, destazando los trozos de gliptodonte que tengo que ir a pedir prestados a las vecinas para dar de comer a un batallón, recogiendo los huesos con que juegan los niños, ahuyentando tigres con dientes de sable y dinosaurios, mientras ustedes se dedican a recolectar y frotar ramitas, en vez de montar en sus hippariones y salir a cazar diplodocos! ¡Ya estoy harta de fregar rudimentarios cacharros de piedra en la cocina!

 

Ten en cuenta que un día serán piezas de museo observó el señor Uk entre estacazo y estacazo.

 

Las últimas palabras de su marido llevaron a la señora Uk al paroxismo. Tomando un descomunal pedrusco, de un certero golpe en mitad de la frente le partió el cráneo en mil fragmentos.

 

¡La pieza de museo la serás tú! vociferó la dama.

 

Y dijo verdad, pues cinco mil siglos más tarde aquellos mil fragmentos hubieron de ser vueltos a armar con infinita paciencia por antropólogos con becas de la Fundación Guggenheim.

 

 

°

 

Madame Uk nunca lo supo y posiblemente ni siquiera llegó a sospechado, pero su impulsividad motivó que el descubrimiento del fuego se retrasara más de cinco mil años. En efecto, no fue sino hasta cincuenta siglos después, ya bien entrada la época inferior de la antigua edad de piedra, o paleolítica, que otro diligente hombre de Neandertal lo descubrió, mediante el mismo ingenioso sistema de frotar dos palitos a la entrada de su caverna. Sólo que él era soltero y así no hubo señora rezongona y beligerante que interrumpiera sus experimentos.

 

 

Fuente: Marco A. Almazán, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “El libro de las tragedias”.

 

 


 

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