Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

Tragedia egipcia *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Tutmonept, gran embalsamador de la casa real de Khufu (a quien los griegos llamaron Kéops), fue convocado a la augusta presencia de su soberano. El faraón, fundador de la IV dinastía y constructor de la mayor de las pirámides de Gizeh, estaba de mal talante.

 

 Thutmonept dijo el faraón, anoche tuve un sueño muy extraño.

 

¿Qué cenaste, oh hijo de Ra, dios del sol?

 

Lo de costumbre: pechuga de ibis y un trozo de buey Apis empanizado.

 

¿Y de beber? inquirió Thutmonept alzando una ceja.

 

Medio litro de cerveza de papiro.

 

Estuviste frugal. No fue yantar como para provocar pesadillas.

 

No he dicho que tuviera pesadillas. Creo haber expresado claramente que tuve un sueño muy extraño.

 

Es que lo que tú llamas “sueños extraños”, suelen ser para el resto de los mortales pesadillas capaces de inspirar un cuadro de Salvador Dalí.

 

Recuerda, sin embargo, idiota, que yo soy inmortal.

 

Es verdad. ¿En qué consistió tu sueño, oh cachorro de Phtah, dios de los artistas y los artesanos?

 

Soñé que dentro de 4,500 años mi momia iba a ser objeto de una vulgar transacción comercial.

 

¡Qué horror! ¿Y en qué consistía tan sacrílego cambalache?

 

En que unos repugnantes hombres blancos, con bigotes rubios y sarakoff, llamados ingleses, profanaban mi tumba y se llevaban mis restos enresinados a una ciudad llena de neblina, donde la gente bebía té y escuchaba música de los Beatles. Si a eso puede llamársele música. Ahí trocaban mi sagrada momia por un altero de billetes verdes, que estaban al cinco por uno en relación con el dólar.

 

Evidentemente fue antes de la devaluación de la libra esterlina.

 

Yo estoy por encima de las fluctuaciones del mercado monetario internacional. Lo terrible del caso era que mi momia, la momia del gran Khufu, hijo de Ra y señor de las dos casas, se instalaba en una vitrina y se exponía a la vista del populacho, a razón de chelín y medio, la entrada.

 

El embalsamador Thutmonept se tiró al suelo y se rasgó las vestiduras.

 

¡Y luego dices que tus sueños no son pesadillas, oh reencarnación de Kneph!

 

El faraón dejó que Thutmonept aullara por espacio de algunos minutos, y después prosiguió:

 

He consultado a los nigromantes y arúspices más trinchones del reino, y todos ellos están de acuerdo en vaticinar que tan terrible sueño puede llegar a ser realidad, a menos de que tomemos precauciones desde ahora para despistar a los extranjeros profanadores de tumbas. En consecuencia, he ordenado a mis arquitectos que construyan una serie de pasadizos y túneles dentro de la gran pirámide, que conduzcan a diversas cámaras subterráneas donde colocaremos sarcófagos vacíos o simplemente llenos de números atrasados de “La Voz de Egipto”.

 

¡Sublime astucia, señor de Menfis!

 

Más aún: otra red de pasillos descendentes llevarán a otras tantas salas, con orificios de pozos estrechos y profundos que desciendan a más de cien codos bajo el nivel del Nilo. Al que caiga por ahí no lo sacarán ni con grúa.

 

Thutmonept rió con su boca desdentada y se frotó las manos.

 

¡Je, je! Irán a dar directamente al regazo de Osiris, dios de las tinieblas y de los muertos.

 

Otros conductos prosiguió el faraón, aparentemente de ventilación, partirán de estas salas hacia las mastabas, donde colocaremos más sarcófagos, que simulen ser reales, pero en donde reposarán las momias de plebeyos y oficiales quintos sin importancia. Aquí es donde tú entras al quite.

 

Te escucho con un interés casi usurario, ¡oh monarca del Alto y del Bajo Egipto!

 

Habrá que embalsamar a más de cien cadáveres. ¿Estás preparado para ello?

 

Lo estoy, hijo predilecto de Horus.

 

¿Tienes suficiente asfalto, resina, especias, serrín y demás materias primas necesarias para tu fúnebre oficio?

 

Tengo de todo, faraón, menos vendas de lino. Me quedan apenas unos cuatro o cinco rollos.

 

¿Nada más? ¿No te entregaron mil rollos hace apenas unas lunas?

 

Thutmonept palideció ligeramente bajo su maquillaje de estuco.

 

Gran parte de ellos se obsequiaron a la Cruz Roja -repuso.

 

El gran faraón Khufu hizo una seña con su cetro y acto seguido entró en el salón del trono el comerciante Haremhab, conducido por dos polizontes. Al vedo, Thutmonept se echó a temblar.

 

Thutmonept bramó el faraón, ¡he descubierto otro de tus tantos trinquetes! A base de palos en las plantas de los pies, hemos hecho confesar a este mercachifle que tú le vendías los rollos de vendas de lino. Durante todo este tiempo has estado embalsamando cadáveres y envolviéndolos después en papel periódico.

 

¡No es verdad, gran faraón!

 

¿Que no? ¿Entonces con qué te mandaste construir ese fastuoso palacete en el Pedregal de Luxor?

 

Con una herencia que recibió mi mujer. Además, le pegué hace poco al gordo de la lotería.

 

¡Mientes como un bellaco! Durante años enteros has estado lucrando con tu puesto de gran embalsamador. Eres reo de peculado. Te condeno a ser destripado en vida, a que te rellenen con bolas de naftalina y que coloquen tu momia en la entrada de mi gran pirámide, para que sea la primera en caer en manos de los egiptólogos. ¡Por los siglos de los siglos serás exhibido en una vitrina del Museo Británico de Londres!

 

¡Piedad, faraón! ¡Todo menos eso! ¡Ten misericordia de mí, gran Khufu, oh hijo de Ra, dios del sol!

 

Nones. Estoy decidido a hacer un escarmiento. Ya estoy harto de que me roben a diestro y siniestro. Todo lo que te conté de mi sueño fue un embuste. Fue simplemente una trampa que te puse y has caído como pajarito. Hoy has sido tú y mañana será otro. Estoy decidido a acabar con todos mis funcionarios sinvergüenzas que se enriquecen a costa de los bienes del Estado…

 

Según unos jeroglíficos hallados en el archivo general de Menfis, el faraón Khufu, fundador de la IV dinastía y constructor de la gran pirámide de Gizeh, se quedó sin funcionarios.

 

           

 

Fuente: Marco A. Almazán, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “El libro de las tragedias”.

 

 


 

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