Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

Tías de ocasiones solemnes *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Todos tenemos, a no dudarlo, tías comunes y corrientes. Pero muchas veces me he preguntado si todos tienen también, como yo, tías a las que solo se ve como a los chaqués en bodas, bautizos y entierros, y que no han cambiado en lo mas mínimo desde hace cuarenta años.

 

Yo tengo varias de esas tías, y debo confesar que constituyen uno de los grandes misterios de mi vida. Nunca he podido averiguar a ciencia cierta (a pesar de haberlo intentado), cual es el grado de exacto parentesco que nos une, ni donde viven, ni como viven. De pequeño, recuerdo que me daban un poco de miedo, pues siempre vestían de negro y olían a naftalina. Mis padres me daban un empujón y me decían: "anda, saluda a tus tías Soledad y Merceditas"

 

Las tías Soledad y Merceditas me daban un pellizco en la mejilla y a la vez decían: "¡huy, pero como has crecido! Dentro de poco andar de bigote"… y luego me preguntaban si ya había hecho mi primera comunión.

 

Cuando después crecí, lo poco que he crecido, y andaba con lo que yo creía era bigote, volvía a encontrarlas siempre en medio de un gentío que se abrazaba de gusto o de pena, según la ocasión de que se tratase. Mis padres ya no me empujaban, pero me decían con cierto tono de reproche: "no has saludado a tus tías Soledad y Merceditas". Las tías Soledad y Merceditas estaban igual que hacía diez años, de negro, sofocadas y oliendo a naftalina.

 

¡Huy pero como has crecido! ¡Qué horror!me decían. Pero si la última vez que te vimos casi andabas de biberón. El día menos pensado te nos casas…

 

El posesivo "te" no dejaba de despertar mi curiosidad, y más tarde preguntaba yo a mis padres quiénes eran exactamente mis tías Soledad y Merceditas. Sus respuestas siempre eran vagas:

 

Son hermanas de tu tío Rodrigo, que murió hace mucho y les dejo todo su dinero. Creo que tu tío Rodrigo era administrador de una hacienda por Durango. Las muchachas nunca se casaron, y una de ella no recuerdo cuál de las dos iba a profesar de monja a causa de una decepción amorosa, pues fue novia del coronel López de la Fuente…

 

Nunca me aclararon si la decepción se debió al simple hecho de haber sido novia del coronel, o por que este le hubiera hecho alguna trastada.

 

Buenoinsistía yo. ¿Y quién fue el tío Rodrigo?

 

Niño, que preguntas haces. ¿No te hemos dicho que era hermano de Soledad y Merceditas?

 

Corrían los años, y a la salida de una iglesia, en medio del gentío, de parientes y amigos, volvía a encontrar a las tías Soledad y Merceditas. Ahora yo ya no usaba bigote. Ellas estaban igual que siempre.

 

¡Jesús!, ¡Jesús! chillaban abanicándose. Si te vemos en la calle no te reconocemos. Tú eres Paco ¿verdad? ¿El que se recibió de arquitecto?

 

Por lo visto no me reconocían en ningún sitio. Ni en la calle, ni en el atrio de coronación.

 

No tías, yo soy Fulanito, el de Zutano…

 

¡Huy, qué horror! Nos habían dicho que te habías muerto, o que te habías ido a los Estados Unidos. En fin, lo mismo da. ¿Cuándo regresaste? Eres un ingrato. Sabiendo lo mucho que te queremos nunca vas a vernos…

 

A punto de pedirles su dirección, pues me hubiese interesado sobremanera ir a visitarlas para convencerme de que no Vivian en un baúl, y que solo salían de el en las ocasiones solemnes, se me perdían entre los concurrentes y ya no volvía a verlas en cinco años.

 

Esta vez era un entierro. Las tías Soledad y Merceditas, siempre de negro y oliendo a naftalina, lloraban a moco tendido. Al acercarme a saludarlas se apoyaban en mi brazo, decían algo acerca de lo bueno que había sido el pobrecito refiriéndose al difunto y luego cada una de ellas aparte, me hacia la confidencia:

 

Ya nos vamos. Mi hermana no resiste estas cosas. Tú sabes lo impresionable que es, y además nos tiene con cuidado su corazón; ya no somos ningunas pollitas. Yo me opuse a que viniera, pero insistió, y ahora ya ves: tiene jaqueca…

 

A todos mis demás parientes les da dolor de cabeza, pero solo mis tías Soledad y Merceditas sufren jaquecas.

 

Un día por fin, me case. Después de la ceremonia, entre el gentío, se abrieron paso a codazos las tías Soledad y Merceditas. Iguales que siempre, vestidas de negro y oliendo a naftalina. Al abrazarme, lloraron un poquito.

 

¡Ay Dios mío!gimotearon ¡Parece que fue ayer cuando te llevábamos a la Alameda y nos dejabas el corpiño hecho un asco de merengue! ¡Jesús como pasa el tiempo! La novia está muy guapa, aunque no teníamos el gusto de conocerla… En fin, que sea para bien. Te mandamos una insignificancia de regalito…

 

Nunca pude comprobar la insignificancia del mismo, ya que jamás lo recibí.

 

Meses después, el bautizo.

 

Ahí estaban las tías Soledad y Merceditas, haciéndole caricias en la barbilla al crio.

 

¡Pero si es el retrato de tu padre, que en paz descanse! me decía.

 

Mi padre, que estaba al lado, se ponía molesto y les recordaba ciertos datos genealógicos.

 

¡Claro esta!chillaban las tías, abanicándose mas sofocadas que de costumbre. No sé por qué pensábamos que era el de Ricardito… ¡Es natural! Como nunca lo vemos… Como nunca se acuerdan de este par de viejas…

 

Pasaban los años y nunca, efectivamente, veíamos a las tías Soledad y Merceditas como no fuera en bodas, bautizos o entierros…

 

Hace poco asistí al casamiento de un primo mío, y como era de esperarse, allí estaban las tías Soledad y Merceditas, iguales que siempre.

 

Esta vez fui yo quien le dio un empujón a mi chico y le dije:

 

Anda, saluda a tus tías Soledad y Merceditas…

 

¡Huy, pero como has crecido!cacarearon, dándole un pellizco en la mejilla.

Dentro de poco andarás con bigote. ¿Ya hiciste tu primera comunión?

 

No sé, desde luego, quienes de ustedes asistirán a mis funerales, pero si puedo estar seguro de que mis tías Soledad y Merceditas, saldrán de su baúl y estarán allí, vestidas de negro y oliendo a naftalina. Lloraran un poquito y le dirán a alguien, en medio de su jaqueca, lo bueno que fui…

 

 

Fuente: Marco A. Almazán, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Clarooscuro”.

 

 


 

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