Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

Supersticiones *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Hay en esta vida una serie de, personas, circunstancias, objetos y etcéteras que se consideran favorables al destino de los hombres y de las mujeres, naturalmente; en tanto que hay otros que, por lo contrario, ejercen supuestas influencias nefastas. La creencia popular en estos presagios se llama “superstición”. Claro que por regla general carecen de fundamento lógico o científico, pero, sin embargo, por aquello de las dudas o por si las moscas, conviene miradas con cierta prevención y hasta con cierto respeto, pues como dice aquel dicho indígena mexicano: “cuando el tecolote canta, el indio muere; no será cierto, pero sucede”…

 

Analicemos algunas de las más sobaditas:

 

 

Son de buen agüero:

 

El trébol de cuatro hojas, que en realidad debería llamarse “cuatrébol”. Su hallazgo significa bienaventuranza y felicidad, ya que para encontrado se precisa tener muy buena vista, casi de relojero, o bien estar tumbado en el césped; esto último indica la felicidad de no tener que trabajar.

 

Frotar un billete de lotería sobre la giba de un jorobado. En este caso la buena suerte consiste en que el jorobado en cuestión no se vuelve y -con toda la razón del mundo- nos atice un bien merecido bastonazo por la libertad tomada con su corcova.

 

La pata de conejo. En este caso la buena suerte estriba en disponer del resto del animalito, para prepararlo -sin que maúlle- en rica salsa de tomate, con su cebolla picada; su diente de ajo y su pizca de perejil, sus aceitunas y sus alcaparras al gusto; todo ello guisado con auténtico aceite de oliva y un buen chorro de vino blanco, de preferencia jerez.

 

Encontrarse una herradura. La persona que se encuentra una herradura en su camino debe dar gracias a Dios por su buena suerte, ya que esto significa que tiene la ventura de vivir en un lugar donde todavía se utilizan caballos o mulas como medio de locomoción, y por lo tanto no hay “smog” ni automóviles, ni motocicletas, ni autobuses conducidos por auténticos hombres de la Edad de Piedra.

 

Tener comezón en la palma de la mano. Según algunas personas facultadas en la materia, significa dinero en perspectiva. Sin embargo, según los dermatólogos, es indicio de erupción o de irritación cutánea, casi siempre debidas a falta de higiene. En este último caso también hay dinero en perspectiva -y en grandes cantidades- o sea lo que va a cobrar el dermatólogo por hacer su diagnóstico, así como por varias docenas de laboratorios por hacer otros tantos análisis.

 

 

Son de mal agüero:

 

Pasar por debajo de una escalera. Córrese el riesgo de que, al bajarse de la acera, se lo cargue a uno un veloz ocho cilindros. También existe el peligro de que se nos vengan encima la propia escalera, con todo y pintor y bote de pintura; pues ya saben ustedes que, de que está uno de malas, las calamidades nunca vienen solas. (En mi tierra, que es tierra de gente de culta parla, dicen que cuando está uno de malas hasta los canes vienen y se le mingitan encima).

 

Rodear la escalera para no pasar debajo de ella, implica los mismos riesgos y peligros señalados arriba, con el agravante de que, si quien lo atropella a uno no es un automóvil sino un bárbaro motociclista, entonces hay que pagar tres curaciones: la propia, la del melenudo motociclista y  también la del pintor, todo lo cual sale como lumbre; en consecuencia, lo mejor es esquivar las escaleras a todo trance. En realidad no hay nada más cómodo, rápido y seguro que el helicóptero. Su único y gravísimo problema es el precio -y a veces-, la falta de estacionamiento.

 

Cruzarse con un gato negro. Cruzarse, claro en el sentido de mezcla de razas o especies. Imagínense ustedes lo horroroso que sería tener un hijo mitad humano y mitad felino, con rabo, bigotes, zarpas y camiseta de colorines con mensaje erótico; por no hablar de la tendencia a salir de noche y andar maullando por los tejados, en vez de quedarse muy tranquilo viendo la tele o entreteniéndose con la gata de la casa.

 

El cruzamiento en el sentido de que atraviese un gato negro por nuestro camino no tiene mayor importancia. Con darle una buena patada para ahuyentarlo, basta.

 

Sentarse trece a la mesa. Existe el grave riesgo de que la mesa no soporte el peso de los trece y se venga abajo con los trece, con gran estrépito y susto de todos; por lo menos hay el peligro de que alguien se rompa una pierna o se disloque una cadera, o que se haga polvo el coxis (esto último dicho sea con el mayor de los respetos).

 

Romper un espejo. Independientemente del peligro de hacerse cortaduras en las manos o en la cara, el accidente en cuestión denota que no se anda muy bien del pulso ni del equilibrio, ambas fallas síntoma inequívoco de que se padece del sistema nervioso y locomotor; o peor aún, de una feroz “cruda”.

 

Derramar la sal. Significa pulso trémulo, atribuible a las mismas causas antes citadas.

 

Levantarse de la cama con el pie izquierdo. Esta superstición es la más ridícula de' todas. Lo verdaderamente trágico sería levantarse sin él, ya que por alguna oscura razón se hubiera quedado uno cojo en el transcurso de la noche.

 

 

 

Fuente: Marco A. Almazán, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Ni todo lo bueno ni todo lo malo, sino todo lo contrario”.

 

 


 

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