Ven a mi mundo

 

 

De aquí y allá

 

 

La solterona y la mecedora *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Érase que se era una solterona, bastante ricacha ella, la señorita Felisinda Alpuche y del Zorzal, a quien encantaban las antigüedades, posiblemente porque le faltaba poco tiempo para convertirse en una. Como es natural, no vamos a cometer la bellaquería de citar la edad de una dama, pero baste decir que Felisinda vino al mundo cuando el general don Porfirio Díaz ocupó la silla presidencial por tercera vez, en 1892, aunque el nacimiento de ella nada tuvo que ver con la reelección. Ni la reelección con su nacimiento, desde luego.

 

Todas las tardes la señorita Alpuche y del Zorzal se ponía su corsé y su dentadura postiza, prendía de su blusa el camafeo heredado de su abuela, tomaba el abanico y los impertinentes, y se lanzaba por esas calles de Dios en busca de antigüedades. En cierta ocasión, a través de la vidriera de un escaparate, descubrió una hermosa mecedora. Siglo XVII, calculó ella. Entró en el establecimiento, examinó jarrones con gesto displicente, pasó un dedo enguantado de cabritilla por dos o tres cacharros y finalmente señaló, como quien no quiere la cosa, con el abanico a la mecedora.

 

-¿Cuánto vale este trebejo? -preguntó al dependiente.

 

-No es ningún trebejo, señora.

 

-Señorita -dijo Felisinda dándole con el abanico en la cabeza al empleado.

 

-Usted perdone, señorita. Decía yo que este mueble no es ningún trebejo. Es una preciosa mecedora, auténticamente colonial, de mediados del siglo XVII. Perteneció a los marqueses de Villagorda.

 

-¿Y cuánto vale?

 

-Vale muchísimo, pero sólo cuesta cinco mil pesos, señorita.

 

-¡Cinco mil pesos! ¡Qué barbaridad! –se abanicó Felisinda Alpuche y del Zorzal muy sofocada-. ¡A dónde va el mundo! Son ustedes unos bellacos y unos bandoleros.

 

-Reconozco que cinco mil pesos son una barbaridad de pesos -admitió el empleado, que ganaba mil doscientos menos los descuentos que fija la ley-, pero también puedo asegurarle que no sabemos a dónde va el mundo. No somos teólogos ni astrónomos. Y tampoco somos bellacos ni bandoleros. Simplemente somos anticuarios. Por otra parte, debo advertir a usted que esta mecedora se mece sola.

 

-¿Tiene algún motor eléctrico o de explosión? -preguntó, escéptica, la otoñal señorita.

 

-No. Le digo a usted que se trata de un mueble colonial, de más de trescientos años de antigüedad, época en que aún no existían los motores a que acaba usted de referirse. Sin embargo, se mueve.

 

-Eso ya lo dijo Galileo -se abanicó Felisinda-. De cualquier manera, habrá un truco.

 

-Espere usted un momento y verá cómo se mece.

 

La señorita Alpuche y del Zorzal esperó un momento y efectivamente la mecedora empezó a mecerse sola.

 

-¡Aquí hay gato encerrado! -exclamó.

 

-Le aseguro a usted que no. A mediados del siglo XVII tampoco se acostumbraba encerrar gatos en las mecedoras.

 

-Será algún invento japonés...

-Revise usted y convénzase, señorita.

 

Felisinda examinó minuciosamente la mecedora y se convenció de que no había trucos, ni gatos ni japoneses encerrados.

 

-Muy bien -dijo La compro. Haga favor de enviármela a esta dirección.

 

 

 

 

La señorita Alpuche y del Zorzal colocó la mecedora en su alcoba y a los pocos minutos empezó a moverse sola.

 

-Esto es una maravilla -se dijo para sus adentros.

 

Pasaron los días, las semanas, los meses. La solterona se acomodaba en su mecedora y ésta iniciaba su rítmico movimiento. Aunque nunca lo admitió, Felisinda experimentaba una inefable voluptuosidad, rayana en lo erótico, con las suaves oscilaciones del mueble, al grado de que dio en pasarse la mayor parte del día y buena porción de la noche en cadenciosos mecimientos. Hasta que en cierta ocasión se preguntó a sí misma, pero en voz alta:

 

-¿Qué hará a esta mecedora mecerse sola?

 

-No se mece sola, pardiez -le respondió una hueca y cavernosa voz de ultratumba-. La mezo yo.

 

-¿Y quién es usted? -preguntó Felisinda muy asustada.

 

-Un fantasma.

 

-¡Un fantasma! ¿Y dónde está?

 

-Sentado en la mecedora, naturalmente.

 

La señorita Alpuche y del Zorzal se levantó de un salto.

 

-¿Quiere usted decirme, mentecato, que durante todo este tiempo me he estado sentando en sus piernas?

 

-Así es -rió el fantasma.

 

-¡Insolente!

 

Sonó un sopapo y el fantasma pegó un grito.

 

Hacía más de trescientos años que nadie osaba darle una bofetada al excelentísimo señor marqués de Villagorda. Y dado lo puntillosos que eran los nobles del siglo XVII desde ese penoso incidente la señorita Felisinda Alpuche y del Zorzal tuvo que mecerse sola.

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Cien años de humedad”.

 

 


 

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