Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

Las sirenas *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

La sirena es uno de los seres más extraños de la Creación, mitad pez y mitad mujer, que habita en las profundidades del mar y sólo sale a la superficie para embaucar marineros incautos o para secarse el pelo en la playa de alguna isla desierta, sirviendo así de tema inagotable para los cartonistas.

 

Si hacemos un corte de arriba a abajo a una sirena, tendremos dos mitades prácticamente iguales. Pero si el corte es transversal, digamos a la altura del ombligo, entonces las partes serán completamente distintas, a saber: una parte superior correspondiente a un animal de sangre caliente (mujer) y una parte inferior correspondiente a un animal de sangre fría (pez).

 

La parte superior, bendito sea Dios, tiene todos los deliciosos atributos del cuerpo femenino, en tanto que la parte inferior está cubierta de escamas y termina en una cola de tipo homocercal, o sea con lóbulos iguales. Ahora bien: ¿cómo pueden acoplarse estas dos partes tan disímiles entre sí? La explicación es muy sencilla: la columna vertebral de la sirena, compuesta al principio por huesos, se transforma después en una raspa, constituida por espinas. Los pulmones, característicos de los animales que respiran el oxígeno de la atmósfera, lo envían con la sangre a las venas de la cola, característica de los animales que respiran el oxígeno disuelto en el agua. ¿Cómo puede verificarse esto? Eso sí quién sabe, si bien nos inclinamos a creer que se lleva a cabo mediante algún ingenioso procedimiento de bombeo al nivel de la cintura de la sirena. Por eso posiblemente los bomberos usan sirenas, aunque de otro tipo. La Naturaleza a veces es de lo más inventiva.

 

No es verdad que -como en el caso de los peces enteros- la sirena se alimente de otras sirenas más pequeñas. Aquí -no rige aquello de que el pez grande se come al chico, sencillamente porque el delicado estómago humano de las sirenas no lo toleraría. Las sirenas se alimentan principalmente de langostas, caviar, ostiones, langostinos y almejas con salsa tártara, pues como mujeres que son en parte, tienen predilección por los platos más caros del menú. Cuando comen solas, se conforman con una lata de sardinas. De pequeñas, consumen productos Gerber.

 

Hasta ahora no se ha logrado mantener a ninguna sirena en cautividad, de modo que se ignora cómo se reproducen ni por qué razón todas son hembras. ¿Existen los sirenos? ¿Se perpetúan por partenogénesis? ¿Ponen huevos?

De ponerlos, ¿cacarean, o por lo menos saben freírlos? Nadie ha podido averiguado hasta la fecha.

 

La embriología de la sirena, no obstante, es fácil de comprender. El óvulo sería un óvulo humano normal, mas en una fase determinada del desarrollo del embrión, las extremidades inferiores se atrofian, transformándose en aletas, en tanto que la columna vertebral se prolonga hasta formar la armazón de la cola. Esto lo puede comprender cualquier persona medianamente culta. Lo que sí ya resulta mucho más complicado de entender, aun para personas extraordinariamente cultas, es cómo y por dónde se fertiliza el óvulo de la sirena. Y sobre todo, quién lo fertiliza. ¿Un hombre? ¿Un pez? ¿Otra sirena de tendencias lesbianas, pero de facultades fecundadoras? Vaya usted a saber.

 

Este es uno de tantos misterios en que abunda la Naturaleza, como el sistema de comunicación de las abejas, el instinto de colectividad de las hormigas, la invencibilidad del PRI o el hecho de que los caballos sepan desde pequeños

-sin que nadie se lo diga- que se pueden espantar las moscas con la cola.

 

La sirena ha desempeñado un papel muy importante en la mitología y en las leyendas marinas, representándola unas veces como ninfa con opulento busto de mujer y cuerpo de ave, y otras como mitad chamacona (también con esplendideces pectorales) y mitad guachinango, que peinaba sus cabellos, luengos y sedosos, con peines de concha nácar, voluptuosamente recostada en la arena de alguna playa desierta.

 

Con sus cantos melodiosos, las sirenas atraían a los navegantes incautos, a quienes hacían naufragar para luego darles muerte. O sea que, a pesar de habitar principalmente en el mar Mediterráneo, se comportaban como si hubieran nacido en la Costa Chica del estado de Guerrero.

 

El poeta Homero cuenta cómo Odiseo escuchó los cantos de las sirenas, pero precavidamente tapó con cera los oídos de sus compañeros y él mismo se hizo atar a un mástil de la nave, para resistir tentaciones. Lo que no narra el poeta Hornero es que más tarde los marineros le dieron una entrada de patadas a Odiseo, pues ustedes no tienen idea de lo difícil y doloroso que es quitarse la cera de los oídos.

 

Por último, conviene advertir que estos extraños seres, mitad señora y mitad merluza, no tienen nada que ver con las otras sirenas, o sean las que llevan los policías en sus coches patrulla y los heroicos bomberos en sus camiones colorados. Ni con las sirenas que anuncian la evasión de presos en las penitenciarías, ni con aquéllas que despiertan a los pobres obreros a las seis de la mañana.

 

En otra ocasión analizaremos lo que ocurre cuando una sirena tiene amores con un centauro.

 

 

Música de fondo: “La sirenita”, tema de Rigo Tovar; Matamoros, México.

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Eva en camisón”.

 

 


 

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