Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

Sesión de espiritismo *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Las cinco señoras gordas contuvieron su emoción y su miedo y extendieron las manos sobre la mesa, haciendo contacto entre sí con las puntas de los meñiques. La médium, a pesar de que no se oía el volar de una mosca, reclamó silencio. Después cerró los ojos, se puso en trance y dijo solemnemente:

 

- Un golpe significa “sí”. Dos golpes significan “no”. Tres golpes significan “quien sabe”. Y ahora dinos, espíritu, espíritu: ¿estás aquí?

 

Las miradas se concentraron en la mesa. Una de las señoras sintió que se ahogaba y otra que se le aceleraba el pulso. Las demás tragaron saliva. La mesa empezó a oscilar lentamente y luego se levantó unos centímetros sobre el nivel del suelo, para después caer de sopetón y producir un sonoro golpe.

 

- Está aquí -susurró la médium.

 

Y luego, en voz más alta, inquirió:

 

- ¿Eres un espíritu amigo?

 

La mesa hizo una larga pausa. Después, como si le fallaran las fuerzas, volvió a elevarse y descendió con un golpe menos fuerte que el anterior.

 

- ¿Te cuesta trabajo comunicarte con nosotras? -preguntó la médium.

 

Nueva pausa y nuevo golpe afirmativo.

 

- ¿Existe algún impedimento entre las aquí presentes?

 

Golpe al canto.

 

- ¿En su contextura psíquica?

 

La mesa volvió a oscilar, se elevó y dio dos golpes.

 

- No es en la contextura psíquica de las presentes -confirmó la médium-. ¿Será entonces en su físico?

 

Un golpe seco.

 

- ¿Acaso en la parte que está en contacto contigo?

 

Un golpe fuerte y rápido.

 

- ¿De alguna de las señoras que aquí se encuentran?

 

Dos golpes.

 

- ¿No, espíritu? Entonces. . . ¿de todas ellas?

 

La mesa se elevó una vez más y con gran firmeza dio un golpe.

 

Las cinco señoras gordas se miraron unas a otras con extrañeza.

 

-¿Está el impedimento en sus pies? –preguntó la espiritista.

 

Dos golpes.

 

- ¿No? ¿Entonces, en sus piernas?

 

Otros dos golpes.

 

- Tampoco. ¿Será acaso en sus manos?

 

La mesa dio un golpe rotundo y definitivo.

 

Luego inició una serie de vacilaciones y vaivenes, hasta que se paró del todo.

 

- Espíritu, espíritu -volvió a llamar la médium, como cuando está uno hablando por teléfono a larga distancia y le cortan la comunicación. - ¿Estás aquí?

 

La mesa no hizo el menor movimiento. La médium insistió, pero sin éxito.

 

- Se ha marchado -suspiró, saliendo del trance y haciendo un gesto de fastidio-. Y es inútil llamarlo otra vez, porque una vez que se retiran a disgusto, ya no vuelven. Y éste evidentemente estaba molesto. Por lo visto hay algún impedimento en las manos de todas ustedes.

 

Las cinco señoras gordas instintivamente metieron sus manos entre las piernas. Después la médium encendió la luz y pidió que se las mostraran. Las manos, no las piernas.

 

- ¡Huy, qué horror! -exclamó con manifiesta repugnancia-. Con razón se largó el espíritu.  Señoras, no se puede asistir con esas uñas a una reunión para comunicarse con seres de ultratumba ¡Ay, ectoplasmas del séptimo círculo! Las tienen ustedes hechas un asco: rotas, resquebrajadas, mal limadas y peor pintadas.

 

Las cinco señoras se miraron unas a otras, visiblemente mortificadas. Todas cerraron los puños tratando de ocultar sus uñas.

 

- Les voy a dar una tarjeta con la dirección; de una manicurista que sabe exactamente cómo se deben arreglar las uñas para entrar en contacto con los espíritus -dijo la médium-. Vayan ustedes allá y vuelvan el próximo viernes, que es el día más propicio para comunicarse con las almas que vagan por los espacios siderales.

 

Las cinco señoras gordas, sin decir palabra, recibieron cada una su tarjeta, la guardaron en el bolso y se marcharon con la cabeza baja, sin decir palabra.

 

- ¿Bueno? ¿Clotilde? Si, habla Carolina. Te mando otras cinco más. Sí, cinco. Todas son de Polanco y de Virreyes. Sí, con estas son sesenta en lo que va del mes… Claro que no va mal la cosa… Yo creo que deberías de tomar un par de empleadas más en el salón de belleza.

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Eva en camisón”.

 

 


 

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