Ven a mi mundo

 

 

De aquí y allá

 

 

La rubia exuberante *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Sin lugar a dudas la mayor atracción que ha tenido en muchos años la playa donde un servidor de ustedes pasa la temporada de verano, lo es una señora rubia, de edad indefinida, a todas luces extranjera, que tiene la manía de quedarse en monokini sobre la arena. Y aunque parezca mentira, es a las demás mujeres veraneantes a quienes más fascina el espectáculo.


La dama de cabellos de oro, ojos celestes y epidermis antes lechosa, pero que ahora recuerda vivamente a la del camarón, ya que lleva dos semanas de exponerla a nuestro candente sol tropical, acostumbra pasear todas las mañanas por la orilla del mar fumando cigarrillos, correcta aunque escasamente vestida con su bikini de dos piezas. Luego tiende una toalla sobre la arena, se sienta, fuma otro pitillo, hace como que se pinta las uñas de los pies y de repente, ¡zas!, se queda en monokini. Es decir, que sólo conserva puesta la minúscula prenda inferior.


Al principio las demás señoras se escandalizaban y hacían los más cáusticos comentarios entre sí. Los señores nos poníamos a mirar de ladito y también encendíamos cigarrillos, pero con manos notoriamente temblorosas. Los jóvenes silbaban y las muchachas los pellizcaban. Sólo los niños seguían jugando inocentemente en la arena como si tal cosa, inclusive la mañana en que un ancianito falleció de un infarto del miocardio al ver a la rubia con sus exuberancias al aire.


Como la mujer es indudablemente extranjera, nadie se atrevía a decirle nada, si bien durante los primeros días la concurrencia femenina habló sobre la necesidad de quejarse ante las autoridades correspondientes. Pero la concurrencia masculina convenció a la femenina de que tal medida sólo daría como resultado el tener a las propias autoridades en primera fila, lo cual siempre es una lata, pero especialmente cuando está uno de veraneo. En consecuencia, las señoras se constituyeron en comité de vigilancia y lo primero que hicieron fue prohibir a los maridos y a los hijos —muy principalmente a los maridos— el acercarse a más de cien metros de la exhibicionista y rubicunda fémina.


Sin embargo, como tal prohibición naturalmente no afectaba al glorioso gremio de solteros, huérfanos, viudos y divorciados, ocurrió que desde temprano en la mañana estos afortunados varones empezaban a formar valla esperando a que llegara la valkiria. Y con puntualidad nórdica llegaba la condenada, con su toalla, sus gafas oscuras y sus cigarrillos. Con suprema indiferencia pasaba por en medio de las filas de admiradores, caminaba un rato por la orilla del mar, fumando como chimenea de buque-tanque petrolero y luego volvía al sitio donde estaba reunido el quórum. Entonces tendía la toalla sobre la arena, se sentaba, empezaba a embadurnarse de crema y en un momento determinado, como quien no quiere la cosa, se quedaba con la pechuga al fresco. Más tarde el muchachito que vende paletas heladas en la playa confesó que ya no vendía casi nada, pues todos sus antiguos clientes estaban con la boca abierta y lo que menos querían eran paletas heladas. Incidentalmente, fue este chiquillo quien dio el pitazo y despertó la curiosidad de las señoras veraneantes, transformando así su indignación en fascinación.


Ocurrió que cierta mañana, cuando el pequeño vendedor, rodeado de damas, se quejaba de que los caballeros del circulo de mirones no hacían caso de su mercancía, una matrona llena de pliegues y de llantas se preguntó que después de todo qué era lo que tanto llamaba la atención de aquellos sinvergüenzas, como si en el cine, y en el teatro, y en las portadas de tantas revistas, en todas partes y a todas horas, no se mostraran imágenes de hembras descocadas al natural, inclusive sin el impedimento meridional del bikini. Pero como la mujer hizo la pregunta en voz alta, el muchachito le contestó, musitándole algo al oído. La señora gorda abrió unos ojos como platos.


— ¡No es posible! —exclamó.


—Verdá de Dios que sí —afirmó el paleterito.


Con una agilidad insospechada en una dama de su peso y dimensiones, la matrona se puso en pie de un salto y salió disparada para echarle un vistazo a la güera. Tras somera inspección, regresó como cohete a su círculo y comunicó su sensacional descubrimiento a todas las demás señoras, quienes no tardaron en acudir en masa para confirmarlo.


Y así fue corno desde entonces la sensacional rubia del monokini se convirtió también en espectáculo y atracción para las damas que veranean en esta dorada playa del Caribe. Porque sabrán ustedes que la madre naturaleza fue pródiga con la desfachatada extranjera, dotándola con tres de lo que a las demás mujeres sólo acostumbra darles dos. Y tanta exuberancia, que pone al descubierto su nórdica costumbre de quedarse prácticamente en cueros tendida al sol, llama poderosamente la atención. Tanto de los hombres como de las mujeres. Y más de las mujeres que de los hombres, creo yo.


 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de Pitos y Flautas”.

 

 


 

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