Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

El profesor de matemáticas *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Gaudencio Solomillo se cruzó en la calle con su viejo profesor de matemáticas. Al principio no lo reconoció. Los cabellos de sus sienes estaban totalmente blancos, el reuma le hacía cojear lamentablemente y los años habían encorvado su espalda. Parecía haber empequeñecido. ¡Pobre profesor de matemáticas!

 

Llamábase do Eutimio, y Gaudencio recordó que en la escuela le apodaban Don Cascajo, porque siempre llevaba los hombros llenos de caspa. Cuando explicaba sus complicadas lecciones sobre raíces, senos, cosenos y cotangentes, solía quitarse las gafas; entonces aparecían unos ojos redondos y muy azules, totalmente inexpresivos, que le daban un aire como de asustado. Gaudencio todavía recordaba aquella vez que otro alumno, aprovechando la oportunidad que daba la miopía del dómine, le había disparado un garbanzo con una cerbatana. El proyectil dio a don Eutimio justo en medio de la frente. La clase se llenó de cuchicheos y sonrisitas. Pero el profesor continuó la lección sin inmutarse. Al terminar, se colocó de nuevo las gafas sobre la nariz y estuvo unos cuantos minutos en silencio, mirando fijamente hacia la primera fila de pupitres. Luego llamó a Gaudencio. Pero fue inútil que protestara su absoluta inocencia. Con una regla de filo metálico que tenía en la mano, el profesor le atizó tres terribles golpes en la coronilla, que le estuvieron escociendo al pobre inocente, por espacio de una semana.

 

¡Treinta y cinco años habían transcurrido desde entonces! Alguna vez Gaudencio se había encontrado con algún compañero del colegio y juntos habían recordado los felices años del bachillerato tomando algunas copas. En alguna ocasión alguien intentó reunir en una comida a los antiguos condiscípulos y profesores, pero no prosperó la añoranza: unos habían emigrado, otros, desaparecido; unos cuantos estaban muy ricos y desdeñaron la invitación; algunos inclusive habían muerto. Siempre hay muchos deseos de retornar a la infancia y a la primera juventud, aunque sea con aquellos que compartieron estudios y recreos, exámenes y travesuras. Pero después de los afanes y los contratiempos de la edad madura relegan a un oscuro rincón los recuerdos de la niñez y la adolescencia.

 

Don Eutimio no reconoció a su antiguo alumno. Sus ojos azules y redondos, ya nublados, le miraron inexpresivamente. Es difícil que un maestro grave la imagen de miles de alumnos imberbes y escuálidos, que pasan por su magisterio. Cuando de pronto se encuentran con un cuarentón, ventrudo y medio calvo, difícilmente lo reconocen.

 

―¡Don Eutimio! ―exclamó Gaudencio.

 

El anciano profesor de matemáticas continuó mirándolo con sus ojos vacíos de sentimiento. Tentativamente alargó una mano temblorosa, que posó en su brazo.

 

―¿Quién eres, muchacho? ―Preguntó con voz cascada.

 

¡Pobre don Eutimio! Sus setenta años, o más, estaban marcados en el rostro lleno de arrugas, su piel manchada y reseca, la dentadura postiza bailona, los cristales de sus gafas más gruesos, su venerable calva orlada por mechones blancos llenos de caspa. A Gaudencio le hubiera gustado oírle decir de nuevo cuáles eran las divisiones y subdivisiones de los quebrados, y recitar las reglas para conocer si un logaritmo con mantisa es o no número inconmensurable. El ex alumno estuvo a punto de pedirle que explicara una vez más la teoría de Descartes. Pero aprovechando la circunstancia de que casualmente llevaba una regla de filo metálico en la mano, Gaudencio prefirió sacudirle tres tremendos golpes en la coronilla a su anciano mentor, dejándolo atónito y asustado.

 

Allí quedó don Eutimio, soltando juramentos y llamando a gritos a la policía. Es casi seguro que no llegó a reconocer a Gaudencio, máxime que este se marchó muy tranquilo, pensando que por fin, después de treinta y cinco años, estaba a mano con su pobre, querido, venerable profesor de matemáticas.

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de El libro de las comedias”.

 

* Relato enviado por Víctor Manuel Fierro.

 

 


 

Volver a la Página de
Marco A. Almazán

 


 

Volver a la Página de
INICIO

 

© 2012 / Derechos Reservados.