Ven a mi mundo

 

   De aquí y allá    

 

 

Los perros y yo *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Hay personas que tienen propensión a ser mordidas por los perros. Un servidor de ustedes ocupa lugar destacado en esta nómina. A mí me han mordido inclusive los perros que ladran, a pesar de la conseja popular de que perro que ladra no muerde. Me han mordido perros grandes y pequeños, desde un San Bernardo hasta un chihuahueño. Me han mordido cachorros, canes adultos y perros desdentados que se estaban cayendo de viejos; perros de casa rica y perros callejeros; perros bailarines, perros falderos, perros-guía de ciegos, perros roñosos y hasta perros de hortelanos. Con decir a ustedes que en Alabama me mordió un perro de la policía estatal, sin ser yo negro.

 

-¿Por qué -me he preguntado mil veces-, por qué me muerden todos los perros? Si yo los provocase, les tirara piedras, si tan siquiera les dirigiese la mirada, podría existir quizás una justificación. A veces va uno distraído por la calle y le pisa el rabo a un perro, o le propina una patada para apartado del camino, en cuyo caso es muy natural que contesten con una tarascada. Pero yo me guardo mucho de que tal cosa suceda: voy por la calle con los ojos bien abiertos, y en cuanto veo a un perro, cruzo rápidamente a la acera de enfrente. Por regla general el chucho se da cuenta de mi maniobra y entonces él también cruza, con el exclusivo propósito de morderme.

 

Alguien me ha asegurado que los perros, con su sentido del olfato tan extraordinariamente desarrollado, perciben de inmediato las emanaciones y efluvios de quienes les tienen miedo, lo cual los enfurece y los hace atacar sin más trámite. Posiblemente sea cierto. Yo conozco ciudadanos -y especialmente ciudadanas- que no temen a los perros y éstos jamás les hacen nada. Son capaces de cruzar impávidos frente a un doberman pinscher de ojos inyectados, o un pastor alemán de aterradores colmillos, sin que las fieras se lancen sobre ellos. Incluso les mueven la cola. La última vez que yo traté de pasar junto a un gran danés fingiendo que su presencia me era totalmente indiferente, tuvieron que darme veinte puntos en el sanatorio. Por otra parte, las reacciones de los canes carecen del más elemental sentido ético. Hay quienes los patean, les pisan el hígado o les retuercen las orejas, y todo lo que hacen los muy cobardones es salir aullando con el rabo entre las piernas. En cambio uno los mira sonriente o les silba en plan amistoso, y los malditos arman un escándalo de ladridos y terminan por quedarse con un pedazo de pantalón o de nalga en el hocico.

 

También se dice que los perros reconocen las diferencias económico-sociales entre las personas. Así, los de casa rica les ladran y si pueden muerden a los menesterosos, en tanto que los perros de los indigentes muestran hostilidad hacia las personas bien vestidas, recién bañadas y con aspecto de tener cuenta corriente en algún banco. En mi caso particular, desde el punto de vista canino debo pertenecer a una sociedad sin clases, ya que lo mismo me ha mordido el perro de un pordiosero yendo yo en andrajos y con barba de tres días, que el perro de un financiero a quien fui a ver en Cadillac y con sombrero de copa, para que me facilitara algún dinerillo. En ambas circunstancias los canes no se dejaron engañar por las apariencias. Y por lo que respecta a los perros de clase media, a la cual pertenezco (es decir, que pertenezco a la clase media de personas, no de perros), tampoco muestran solidaridad social conmigo, ya que en cuanto pueden me sueltan un mordisco, vaya como vaya ataviado.

 

Los más temibles, sin embargo, son aquellos cuyos propietarios aseguran que no muerden. Va uno de visita a una casa y se queda petrificado en el jardín, ante la presencia de un lobo estepario que nos mira fijamente y después nos muestra los colmillos en forma que no admite duda respecto a cuáles son sus intenciones. No obstante, la dueña de la casa sonríe desde la puerta:

 

-Pase, pase usted, don Fulano. Pase con confianza. Satanás no muerde.

 

Y luego, una vez que ha ocurrido el asalto, mientras la propia señora nos limpia la sangre muy apenada y ordena que nos den té de tila, viene el comentario:

 

-¡Pero qué cosa más extraña! Este perro nunca había mordido a nadie. Ni siquiera a los lecheros…

 

Comentario que también deprime, caramba.

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Cien años de humedad”.

 

 


 

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