Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

El pediatra *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Así corno los electricistas manipulan cables y alambres como si fueran fideos, con la mayor naturalidad del mundo, y los empleados de las agencias funerarias estiran, acomodan y cargan cadáveres como si fueran bultos postales, los pediatras manejan a los niños pequeñitos con una liviandad y un aparente descuido que ponen los pelos de punta a los padres, sobre todo si son primerizos.


Yo recuerdo vivamente al doctor don Crisógono Topete, a quien llevamos mi mujer y yo por primera vez a nuestro hijo primogénito, que entonces tendría un par de meses de nacido. Durante esos sesenta días habíamos tratado a la criatura como si estuviera hecha de cristal de Bohemia: cuando lo tomábamos en brazos, poníamos colchones y cojines en el sucio, por si ocurriera el percance de que se nos resbalara de las manos; mi mujer me obligaba a ponerme un pañuelo en la nariz y la boca cuando me acercaba al niño, por temor de transmitirle los gérmenes que hubiera yo coleccionado en la calle; y al bañarlo, tomábamos con termómetro no solo la temperatura del agua, sino también la del cuarto. Y cada ve que había que cambiarle pañales —lo cual ocurría con harta frecuencia—, se le limpiaba el traserito con algodón esterilizado y se le entalcaba con un polvo de silicato de magnesio especial, importado de Suiza, que costaba más o menos lo mismo que un kilo de heroína.


Podrán ustedes imaginar nuestra impresión, pues, cuando llegamos con el bebé al consultorio del doctor Topete y éste empezó por desenfundarlo de los múltiples ropones, chambritas y cobertores en que iba envuelto. Después lo enarboló por una piernecita, le dio dos o tres vueltas en el aire y lo arrojó sobre la mesa de reconocimiento, donde la infeliz criatura quedó despatarrada.
 

—Los niños son mucho más fuertes y resistentes que nosotros —rió el doctor ante los gritos de mi mujer y mi cara de espanto—. No los parte ni un rayo.
 

Y para demostrarlo, le propinó al bebé un par de nalgadas que le dejaron el pompi como un par de tomates. Desde entonces mi hijo mayor (que ahora es coronel de artillería) siempre ha visto a los pediatras con mucha suspicacia.
 

 


 

 

El doctor Topete colocaba a los niños boca abajo, les llevaba los talones hasta las orejas, los levantaba a pulso —tomándolos por la nuca o la barbilla— y a veces los dejaba al borde de la mesa. Cuando el infante iba ya camino del suelo, lo cogía en el aire, lo arrojaba hacia el techo, lo volvía a atrapar y reía campechanamente:
 

— ¡Jo, jo, jo! ¿Qué pensaron ustedes, que se iba a caer? ¡No, hombre, qué va! Estos becerritos tienen siete vidas, como los gatos.
 

Los dejaba en cueros vivos a una temperatura de cero grados, los sumergía en agua helada, los sentaba sobre la palma de una mano y ‘os paseaba por todo el consultorio, ante la mirada aterrada de los padres.
 

—Ustedes no saben cómo tratarlos —se mofaba de nosotros—. A los infantes hay que acostumbrarlos desde ahora a crecer sin carantoñas, arrumacos ni miramientos. Así criaban los espartanos a sus hijos.
 

—Sólo que este niño no es espartano —gemía mi mujer—. Nació en Tacubaya...
 

La mesa donde los reconocía era de hierro con una cubierta de hule, sin una colchoneta ni una triste sábana donde depositar al bebito. Al doctor Topete le encantaba extender las recetas y dar las explicaciones mientras la criatura yacía sin una sola prenda sobre la frígida cubierta de hule. Y como era muy prolijo en sus advertencias, no era raro que el niño se pusiera de un color morado muy poco tranquilizante. En estos casos los hacía entrar en calor con un par de nalgadas, otro de cachetadas y un masaje que hubiera desollado a un atleta olímpico.
 

Luego los fajaba él mismo. No haciendo girar la faja alrededor del niño, sino al niño alrededor de la faja, la cual extendía sobre la tantas veces citada mesa de reconocimiento. En esta maniobra a veces se le caía el pequeño al suelo, pero de un rápido tirón a la faja lo hacía subir nuevamente, como a los yoyos.
 

El doctor don Crisógono Topete fumaba constantemente unas tagarninas infames y sin el menor cuidado arrojaba el humo sobre el rostro de sus minúsculos pacientes. Jamás lo ví que se lavara las manos antes o después de reconocerlos, ni que se las desinfectara con alcohol o cuando menos con aguarrás o gasolina. Para examinarles la garganta, les bajaba la lengüita con un dedo amarillo de nicotina o con su pluma fuente, que chorreaba tinta verde. Y les limpiaba la cerilla de los oídos con un palillo de dientes, que después se guardaba en un bolsillo del chaleco; nunca supe si para usarlo más tarde con otros infantes o para escarbarse su propia dentadura al terminar de comer.
 

Sin embargo, siempre tenía el consultorio lleno de padres con sus vástagos, ya que era fama que todos los niños atendidos por el rudo y primitivo pediatra crecían fuertes, chapeados y saludables. Además de que sólo cobraba dos pesos por consulta.
 

 

Fuente: Marco A. Almazán, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior” de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado del libro “Pitos y Flautas”.

 

 


 

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