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  De aquí y allá     

 

 

El paraguas *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

El paraguas, como todo lo demás en este mundo, fue inventado por los chinos. Ya en el siglo XI antes de Cristo se utilizaba en las cuencas del Yang-Tse Kiang y del Si Kiang (ríos Azul y de las Perlas, respectivamente), para protegerse del sol y de la lluvia. También se utilizaba en dichas cuencas para protegerse de los enemigos (a quienes se les vaciaban las cuencas de los ojos al abrir el artefacto súbitamente al doblar una esquina); a veces las víctimas no eran enemigos, sino amigos, pero al sufrir el percance automáticamente dejaban de ser esto último y pasaban a engrosar las filas de los primeros, o sea que todo cuadraba dentro del orden lógico a que tan aficionada es la sabia mentalidad china.

 

Mercaderes mongoles llevaron el paraguas a la India, a Persia y hasta la remota Asiria, según lo revelan hallazgos arqueológicos. En las ruinas de Assur existen bajorrelieves en los que puede apreciarse un grupo de furibundas matronas recibiendo a paraguazos a los que se supone hayan sido sus maridos por llegar tarde a su casa y en estado de vomitona embriaguez. Como ven ustedes, no hay nada nuevo bajo el sol. En Babilonia, es fama que Assurbanipal, el (“Sardanápalo”) de los griegos, arquetipo del príncipe disoluto y afeminado, a quien se atribuyen los más nefandos vicios, practicados dentro de un boato desenfrenado; era fama, repito, que el tal degenerado se entretenía en empalar a sus víctimas en paraguas cerrados; después los mandaba abrir, revolcándose en el suelo a carcajadas al observar los espantables resultados.

 

De Asiria, el paraguas pasó a Egipto, donde al principio se le consideró como un adminículo totalmente inútil, ya que en aquel exótico país nunca llueve. Sin embargo, con el tiempo constituyó un emblema de categoría y distinción, al descubrirse que también servía para protegerse de los candentes rayos del sol. Por regla general un sirviente portador caminaba con el paraguas detrás del faraón, del sacerdote o del voraz recaudador de impuestos. A los portadores que se permitían la broma de cerrar el paraguas y de picar con él a sus amos por la retaguardia para que aligerasen el paso, invariablemente se les agujereaba vivos con el propio paraguas, echándose después el colador resultante al Nilo, para solaz de los verdes cocodrilos.

 

En las antiguas Roma y Grecia el paraguas se consideró como un objeto un tanto amariconado y era raro que lo usaran los hombres, a menos, claro está, que fuesen de costumbres también raras y que fuesen de dicha inclinación o que pertenecieran a tan extendida cofradía.

 

Poco se sabe del uso del paraguas en la Edad Media; si bien con toda certeza mi tocayo, el insigne viajero Marco Polo, debe haberlo traído de China para dado a conocer en su nativa. Venecia. Es así que las viejas crónicas cuentan que hacia el siglo XII de nuestra era, un noble “dux” veneciano se hizo construir uno de ceremonia para su uso personal. Sin embargo, el día que lo estrenó, la ceremonia se prolongó hasta el amanecer del día siguiente, degenerando en alborotada y trepidante francachela; con la consecuencia de que el “dux”, cuando ya veía dox o trex a causa de las frecuentes y copiosas libaciones, se tiró de cabeza desde un balcón de su palacio a las turbias aguas del Gran Canal, dando vivas a México y a la Revolución.

 

El hombre se arrojó con su paraguas abierto, alarde ando que también servía de paracaídas y en caso necesario, de góndola. Pero hasta la fecha no han salido, ni el “dux” ni el paraguas. Fue Inglaterra, sin embargo, el primer país europeo en que, por razones climatológicas, el paraguas echó raíces, convirtiéndose en prenda de uso cotidiano y eventualmente en símbolo y emblema del húmedo Imperio Británico.

 

La literatura inglesa nos ofrece múltiples referencias al respecto: Dayton ya lo cita en 1ó20; Jonathan Swift lo menciona en 1710 en “City Showers” (Chubascos de la ciudad), y en 171ó John Gay, el célebre autor de la “Opera de los Mendigos”, y en su menos famosa obra “Trivia”. Incluso se dice que Shakespeare originalmente escribió en su drama histórico “Ricardo IlI”: ¡un paraguas!, ¡un paraguas! ¡Mi reino por un paraguas! Ambición y cambalache que después fueron sustituidos por un caballo.

 

No obstante, el verdadero introductor del paraguas en Inglaterra -y por ende en el mundo occidental-, fue un tal John Hanway o Hanaway, quien se fabricó uno enorme, de tela embreada y más de doce libras de peso, y en el año de 1750 se atrevió a salir con tan tremendo armatoste por las calles de Londres. Ahora lo inaudito es salir a la calle en Londres sin paraguas, pero en aquella época la osadía de Mr. Hanaway revelaba un valor digno de epopeya. Sus contemporáneos, al verlo venir como hongo humano debajo de su monstruoso y estrafalario artefacto, lo tomaban por loco y le lanzaban molestas y obscenas cuchufletas. Los perros le ladraban, los gatos arqueaban el lomo con los pelos erizados y los chiquillos le tiraban piedras. Pero el gran hombre no les hacía caso; navegando bajo la lluvia por las calles londinenses, con su paraguas se defendía al mismo tiempo del chubasco, de los comentarios, de las piedras, de los perros y de los gatos.

 

Mr. Hanaway era un próspero hombre de negocios que había amasado una gran fortuna comerciando con Rusia y el Lejano Oriente, donde pudo admirar los paraguas, los parasoles y los paranieves de los tártaros y mongoles, herencia de los chinos, naturalmente. A los 38 años de edad había reunido suficiente cantidad de dinero (y de paraguas), que le permitió retirarse a la vida privada para dedicarse a la filantropía y a hacer obras de caridad. Así fue como fundó en Inglaterra hospitales, dormitorios, tabernas y orfanatos. Un día, al salir en uno de sus recorridos de beneficencia, fue sorprendido por un terrible aguacero en el Pall Mall, a consecuencia del cual quedó hecho una sopa y de paso se le encogió el traje, que acababa de recoger de la tintorería.

 

Desde ese punto y momento Mr. Hanaway decidió utilizar paraguas, sólo que aquellos que había traído de Oriente eran de papel floreado y la primera (y última) vez que salió con uno de ellos a la calle, el populacho le silbó, dos lores del Parlamento de “manita caída” le hicieron proposiciones indecorosas y un guardia lo conminó a prescindir del artefacto so pena de ir a dar a la cárcel de Reading (donde muchos años después se hospedó el poeta Oscar Wilde, quien como ustedes saben, era de la cáscara amarga), por dizque faltas a la moral en la vía pública. Fue entonces que el paciente filántropo y paraguófilo se construyó su propio utensilio de tela embreada y costillaje de cañas, pintándolo luego de negro para no dar impresión de frivolidad y para estar más a tono con el lúgubre carácter de los ingleses bajo la lluvia.

 

Años después Henry Holland, también británico y víctima de chaparrones, sustituyó las costillas de cañas por varillas de acero, que además de hacer más manejables a los paraguas, permitieron utilizarlos como instrumentos contundentes sin riesgo de que se rompieran. Así surgió el clásico paraguazo, que fue muy utilizado en Inglaterra y sobre todo en sus colonias durante el resto del siglo XIX por las clases altas sobre los lomos de las bajas.

 

A partir de 1840 se inició en Manchester, Glasgow y Londres la producción de paraguas en gran escala, de tal manera que la población de las islas británicas, que se había venido empapando desde la época de los druidas -mucho antes de la invasión romana-, empezó a pensar que, después de todo, el estorboso armatoste de Mr. Hanaway no era ninguna tontería; pronto salieron al mercado modelos de fácil manejo y precio asequible, con el resultado de que el paraguas rápidamente se convirtió en el adminículo (después del té, el whiskey y el “bombín” o sombrero hongo) más utilizado en el reino y sus vastas posesiones de ultramar.

 

Incluso llegó a convertirse en emblema de respetabilidad, en una época en que los caballeros ya no ceñían espada. Sir Neville Chamberlain, primer ministro de la Gran Bretaña de 1937 a 1940, lo inmortalizó al andar con él de aquí para allá y de allá para acá en sus idas y venidas a Alemania para tratar de apaciguar a Hitler, ante quien, sin embargo, claudicó en 1938, abriéndole así el camino para desatar la desastrosa Segunda Guerra Mundial.

 

Curiosamente, Chamberlain nunca abría su paraguas, ni siquiera para protegerse de la lluvia. De otra manera, habría podido utilizarlo para solfearle las espaldas o para sacarle un ojo al nefasto canciller teutón, como lo hubiera hecho cualquier judío de aquella agitada época. Pero no lo hizo, desperdiciando así uno de los mil usos que dieron al utilísimo paraguas sus primigenios y sabios inventores chinos.

 

 

Música de fondo: “Have you ever seen the rain?", tema del grupo de rock estadounidense Creedence Clearwater Revival”.

 

Fuente: Marco A. Almazán, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Real y verdadera historia de los inventos”.

 

 


 

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