Ven a mi mundo

 

 

De aquí y allá

 

 

El padre idealizado *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Cirilo parecía un niño antiguo. No porque anduviera con rizos, ni porque llevara el pantalón a media pierna, ni porque jugara con aros o soldaditos de plomo, ni porque vistiera de marinerito. Cirilo parecía niño antiguo por la sencilla razón de que admiraba a su padre.


Era el único niño en el colegio con devoción filial. Era el único que tenía a su padre en alto grado de reverencia y estimación. Y lo decía con orgullo. No con orgullo desafiante, no. Lo decía con el modesto, pero legítimo orgullo de quien se sabe superior. Cirilo decía, para envidia de sus pequeños compañeros de clase:


—Mi papá es bombero.
 

Y aquellos otros niños, hijos de vulgares directores de empresa, de directores de banco, de acaudalados industriales, de connotados médicos o de famosos abogados, se quedaban con la boca abierta cuando lo oían decir:
 

—Mi papá es bombero.
 

Después se atropellaban para alardear: “Pues el mío es director de la Naviera del Pacífico”, o “el mío es senador de la República”, o “el mío construyó el edificio más alto de la ciudad”, o “al mío le dieron el Premio Nóbel de la Paz, porque lleva veinte años de no pelearse con mamá”... Pero todos lo decían corno para disculparse ante Cirilo, que era el único que podía afirmar:
 

—Mi papá es bombero.
 

A veces, para bajarle los humos, los chicos le recordaban que en aquel colegio habían estudiado don Fulano, padre de Fulanito, que había sido domador de leones, y don Zutano, progenitor de Zutanito, que era nada menos que capitán de paracaidistas. Pero los condenados no lograban bajarle los humos a Cirilo, ya que Cirilo no los tenía: simplemente admiraba a su padre, que era bombero. Y en esto aventajaba a Fulanito y a Zutanito, que en realidad nunca habían admirado a sus propios progenitores, por muy domadores de leones o muy capitanes de paracaidistas que fueran. Cirilo sólo veía en su padre la circunstancia gloriosa de que era bombero. Tenía de los bomberos la misma idea mítica, la misma imagen quimérica que tienen todos los niños del mundo que no son hijos de bombero, acerca de los bomberos. Con la prepotencia de que él sí lo era.
 

Cuando había un incendio, los chicos del colegio acentuaban su amistad y rodeaban a Cirilo para pedirle la crónica del suceso. Después de todo, el padre de Cirilo había estado en el siniestro. Y Cirilo, que admiraba a su padre y además tenía una imaginación de publicista, soltaba el rollo:
 

Su papá —decía Cirilo—, salvaba vidas, joyas, cuadros de pintores famosos. A veces, rodeado por las llamas, se salvaba él mismo en el último instante arrojándose desde una cornisa al círculo de lona que sostenían sus compañeros, tensos, en mitad de la calle. Entre los brazos o sobre sus espaldas unas veces llevaba a un niño, otras a un anciano paralítico, y las más, a bellísimas mujeres, tesoros o documentos muy importantes. En tres o cuatro ocasiones había saltado con un poderoso explosivo que hubiera hecho volar a toda la ciudad. Para corroborar sus asertos, Cirilo sacaba del bolsillo una hebilla retorcida o unas astillas chamuscadas, reliquias que, según él, había encontrado dentro de las humeantes botas de su heroico progenitor.
 

Cuando el gran incendio de “Almacenes Pérez”, el padre de Cirilo no fue a dormir a su casa y su madre se pasó toda la noche llamando al cuartel de bomberos para preguntar cómo iba la cosa. Después de colgar, la pobre mujer suspiraba.
 

Ya por la madrugada llamaron a la puerta. Lo llevaban entre cuatro compañeros. Sin decir palabra, lo colocaron sobre la cama. En un rincón, la madre de Cirilo lloraba resignada, calladamente y sin aspavientos.
 

Y es que siempre ocurría lo mismo: cuando un incendio duraba muchas horas, el padre de Cirilo acababa borracho perdido.
 

Porque el padre de Cirilo se aburría solo y su alma en el cuartel. Mientras sus compañeros salían en los rojos carros de sirenas ululantes para apagar espantables incendios, él se quedaba a cargo del teléfono, para recibir recados y avisos de otros siniestros. Pero nunca iba a los incendios. Y como no estaba el sargento, aprovechaba la oportunidad y se empinaba una botella o dos de tequila hasta acabar en el suelo. Después, sus compañeros misericordiosamente lo llevaban en hombros a su casa.
 

Esto, naturalmente, Cirilo no lo sabía. Como no tenían televisión, Cirilo se acostaba a las siete y media de la noche y dormía como un angelito hasta bien entrada la mañana siguiente. Cirilo sólo admiraba a su padre porque sabía que era bombero.
 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de Pitos y Flautas”.

 

 


 

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