Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

Los pacientes vistos por los médicos *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

 

Aseveran los médicos:

 

“Siempre nos hemos opuesto, nos oponemos y nos opondremos, a que se incluya nuestro nombre en el epitafio de nuestros ex pacientes”.

 

 

Ahora me toca entrevistar al doctor: don Febronio Serrucho y de la Gárgara en su lujoso consultorio, el cual ocupa todo el décimo piso de su clínica particular. Por cierto que ésta, modernísima, tiene más aspecto de institución bancaria que de establecimiento médico, con su serie de máquinas calculadoras y ventanillas numeradas para hacer los pagos. La secretaria del doctor, una chica guapa y almidonada con el adecuado nombre de Lolita, antes de dejarme pasar me pide el estado de mi cuenta en el banco, títulos financieros, depósitos en el extranjero, factura del automóvil y dos referencias comerciales, creyendo que soy paciente. Cuando por fin la convenzo de que sólo vengo a entrevistar al doctor, me conduce con cierta reserva a su despacho privado, pero por las dudas me pide que deje el reloj en prenda. Como yo no uso reloj, le dejo una medallita de oro con la imagen de la Virgen de Fátima, que me regaló mi madrina cuando hice mi primera comunión.

 

Dentro de su inmaculada bata blanca el doctor Serrucho y de la Gárgara habla por dos teléfonos a la vez, sobre compras de cédulas hipotecarias, petrobonos y complicadas operaciones, no quirúrgicas, sino financieras. Con un dedo me hace seña de tomar asiento, y una vez que termina sus conferencias me ordena perentoriamente que le muestre la lengua.

 

– Doctor –le digo–, yo no vengo a consulta. Soy escritor y. . .

 

El galeno me interrumpe, francamente irritado.

 

– Si es usted escritor, ¿por qué no va a ver a un médico más barato?

 

– Insisto en que no vengo a consultado en su capacidad profesional, doctor. Posiblemente recuerde que hace dos meses y medio amablemente se dignó concederme una entrevista para esta fecha.

 

– ¡Ah, es verdad! -dice el médico arreglándose el nudo de la corbata, como si fuera a aparecer en la pantalla de la televisión y no en estas modestas páginas-. Nada más le pido-¿cómo me dijo que se llamaba?–, que sea breve. Brevísimo, pues para mí, como dicen nuestros apresurados vecinos del norte, “time is money”. . .

 

– Seré más breve que un infarto, doctor –le aseguro–. ¿Podría usted decirme qué opinión tiene de sus pacientes?

 

– No es que pretenda yo versificar, pero la opinión varía de acuerdo con el paciente, y más que nada con su cuenta corriente.

 

– ¿Cuántos enfermos recibe usted al día, doctor Serrucho?

 

– Enfermos, enfermos, muy pocos. Hipocondríacos que creen estar enfermos, como cien diarios.

 

– ¿A estos últimos les hace usted saber que en realidad sus males son imaginarios?

 

El doctor me lanza una mirada de rayo lasser.

 

– ¿Por quién me toma usted, señor mío? Yo soy médico cirujano, con título registrado en Educación y en Hacienda, y no hermanita de la caridad. iCon lo que me está costando la construcción de mi hotel en Cancún!

 

– ¿Y el juramento de Hipócrates? – me atrevo a insinuar.

 

– Mis ocupaciones me impiden leer a los clásicos griegos. Además, el único que me interesaba era Aristóteles Onassis, y ya se murió.

 

– ¿Cuánto cobra usted por consulta? –desvío la conversación.

 

– Amigo mío, ese es un asunto muy flexible. Además, cualquier cifra que le diera no iba a coincidir con lo que declaro a Hacienda, y no estoy para buscarme líos con el fisco. Así es que salte usted a otro tema. Pero rapidito, porque tengo esperando a una señora con osteítis fibroquística de Recklinghausen, cada una de cuyas consultas significa para mí el importe de una letra de mi último coche. Dios la bendiga.

 

– ¿Qué le hizo a usted escoger la profesión médica, doctor Serrucho?

 

– Diversas razones: la seguridad económica, el comedimiento y acato con que lo reciben a uno en todas partes, el privilegio de poder pedirles a las señoras que se desvistan sin que le den a uno una bofetada o que le cobren una burrada, el olor a yodoformo.. . A mí me encanta el olor a yodoformo. ¿A usted no?

 

– No –confieso tímidamente–. A mí no.

 

– Pues no sabe usted de lo que se pierde.

 

El doctor Serrucho saca un frasquito de yodoformo de uno de los cajones de su escritorio y lo aspira con evidente deleite.

 

– ¡Aaah! –exclama.

 

– Doctor –continúo–, ¿lleva usted muchos años de practicar su profesión?

 

– Como unos veinte. Treinta, para ser exacto.

 

– ¿Y se le han muerto algunos pacientes?

 

El galeno, medio intoxicado con el yodoformo, se encoje de hombros.

 

– A mí no se me ha muerto ninguno. Se murieron ellos solos.

 

– ¿Ha realizado usted alguna operación espectacular, de la que esté especialmente orgulloso?

 

– Pues. . . sí. Una crioterapia con tallado de colgajo del esfínter, de base límbica, con exposición del quiasma y aplicación de fotocoagulación sedimentaria. Con decide a usted que cuando la terminé, me tocaron el himno nacional. Y esta operación más tarde me valió una beca para posgraduados en la clínica de los hermanos Mayo y un diploma de la Asociación de Filarmónicos de Guadalajara.

 

–  ¿Y qué tuvo que ver la Asociación de Filarmónicos de Guadalajara con una intervención quirúrgica del esfínter?

 

– Pues que el paciente era presidente de la misma.

 

– Ah, vaya… Y ahora dígame usted, doctor, ¿qué prefiere atender, enfermos o enfermas?

 

– ¡Hombre, qué pregunta! Pacientes del sexo femenino, toda la vida. En primer lugar, las mujeres sufren de una serie de achaques imaginarios que, bien administrados y fomentados, a la larga pueden rendir más que un sexenio o un pozo de petróleo en Tabasco. Y en segundo, que hay algunas que están muy bien. Muy, pero muy bien… Inclusive diría yo que están requetebién.

 

El doctor Serrucho consulta su reloj (única consulta por la que no cobra) y me informa que la entrevista ha llegado a término.

 

– Una postrera pregunta, doctor: ¿por qué todos ustedes los médicos tienen tan mala letra?

 

El doctor don Febronio Serrucho y de la Gárgara me guiña un ojo.

 

– Porque si el enfermo se pone peor, o inclusive si se muere, siempre podemos echarle la culpa al bestia del farmacéutico, que no leyó bien la receta…

 

 

Fuente: Marco A. Almazán, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Los unos vistos por los otros”.

 

 


 

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