Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

La ofrenda de Xóchitl *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Tecpancaltzin, rey de Tula, se encontraba revisando el presupuesto de Luz y Sonido para las pirámides de Teotihuacán cuando su secretario particular, el licenciado Chalchihuite, le comunicó por “interphone” que el noble Papantzin solicitaba audiencia.

 

— Dile que venga mañana, porque ahorita estoy en acuerdo.

 

—Muy bien, señor. Sólo que...

 

— ¿Sólo que qué? —gruñó el rey de mal humor.

 

—Sólo que dice que mañana no podrá venir con la señorita Xóchitl, pues tiene canasta en casa de las Huehuepopoca.

 

El monarca saltó de su asiento.

 

— ¡Ah, caray! ¿Qué viene con su hija?

 

—Sí, señor.

 

—Entonces diles que pasen como de rayo.

 

Tecpancaltzin se arregló el nudo del tilmatli y se dispuso a recibir a la flor más bella del ejido tolteca. Era la tal Xóchitl una real hembra de ojos de obsidiana y cuerpo detentación, que le hubiera dado escalofríos al mismísimo Quetzalcóatl. Enmarcaban el bello óvalo de su rostro un par de trenzas endrinas, que caían desfallecidas sobre las turgencias de un pecho rabiosamente aprisionado por el huipil, albo y descotado. La enagua, o cuéyetl  —que ella había convertido en minicuéyetl—  dejaba al descubierto una generosa porción de muslo color de canela, a cuya vista el rey Tecpancaltzin tartamudeaba y sufría taquicardias.

 

El noble Papantzin hizo una profunda reverencia y pidió venia para entrar en el real aposento.

 

—Pasa güero —dijo el monarca—. ¿Qué buenos ventarrones te traen por aquí? ¿Dónde está tu hijita Xóchitl?

 

—Señor, se ha quedado en la antesala. —Dile que pase, pues allá hace chiflón. —Sólo esperaba vuestra real licencia.

 

Papantzin hizo una seña y Xóchitl apareció en toda su deslumbrante belleza, con una jícara en las manos y una mirada de picardía que le enchinó el cuerpo a Tecpancaltzin.

 

—Majestad... —sonrió la guapa, haciendo la máxima genuflexión que le permitía su faldita entallada.

 

— ¡Adelante, adelante! —gritó el monarca—. Pasad a lo barrido y tomad asiento. No, Xóchitl: tú aquí más cerquita, que soy miope. ¿Qué os trae por esta dependencia del Ejecutivo?

 

—Señor —dijo solemnemente Papantzin—, bien sabéis cuánto nos preocupa la invasión de bebidas gaseosas con nombres extranjeros que poco apoco han ido desplazando a nuestras típicas y tradicionales aguas frescas.

 

—A mí lo que me revienta son sus anuncios cantados —repuso el rey de Tula.

 

—Ya nadie bebe agua de tamarindo, ni chía, ni tepache, ni jamaica — prosiguió el noble anciano—. Ahora todo son refrescos con sabor a medicina, y que, además, contienen peligrosos ciclamatos.

 

—Es verdad —convino Tecpancaltzin, cuya atención, sin embargo, estaba concentrada en las pantorrillas de Xóchitl, que había cruzado la pierna.

 

—De ahí que desde hace tiempo me haya dedicado a experimentar con diversos jugos nacionales, para sacar al mercado una bebida autóctona que nos ponga en onda sin tener que devolver el casco.

 

— ¡Con la falta que me está haciendo una prieta superior! —sonrió el rey,mirando significativamente a Xóchitl.

 

— ¿Una qué, señor? —preguntó asombrado Papantzin.

 

—Nada, nada. Tú sigue, que te escucho.

 

El noble anciano carraspeó y continuó su discurso.

 

—Hace unos días, paseando por mi finca, observé cómo un ratoncillo horadaba el cogollo de un maguey y bebía con deleite el jugo. Después se limpió los bigotes, se puso en dos patas y gritó cosas feas con respecto a las madres de todos los gatos.

 

— ¿De todos los qué? —inquirió el monarca.

 

—Bueno, de todos los ocelotes —corrigió Papantzin, recordando que losgatos aún no venían de Europa—. El caso es que, llevado por la curiosidad, yo también probé el néctar y lo hallé dulce y agradable. Después procedí a extraerel jugo de toda una hilera de magueyes y lo guardé en una vasija.

 

Xóchitl le guiñó un ojo al rey, y éste entornó los párpados y se mordió el labio inferior.

 

—Poco después, al destapar la vasija —continuó Papantzin haciéndose dela vista gorda ante el coqueteo entre su hija y el monarca—, hallé que el líquido había fermentado, produciéndose un líquido bastante nauseabundo, pero de efectos asaz estimulantes. Mi hijita Xóchitl sugirió que le echásemos miel y frutas, para contrarrestar su peste y acidez.

 

—Hubiera bastado con que esta rorra metiese los deditos en la olla para darle sabor al caldo —dijo galantemente el monarca, acercándose a la muchacha. Esta sonrió y bajó modestamente la mirada.

 

Papantzin se puso de pie y anunció con toda solemnidad:

 

—Y es así que hemos venido a ofreceros, ¡oh gran Tecpancaltzin, rey de Tula y sus pintorescos alrededores!, la primera jícara de curado de tuna. A ver qué os parece.

 

Xóchitl ofreció la vasija al rey, y éste bebió largamente, sin quitarle los ojos de encima a la muchacha. La muy coquetona se pasó la puntita de lalengua por los sensuales labios.

 

— ¿Qué os parece? —preguntó Papantzin. —Que está como para comérsela con todo y trenzas —repuso el monarca.

 

—Me refiero a la nueva bebida.

 

— ¡Ah! Pues la encuentro bastante potable. ¿Cómo se llama? —Todavía no le ponemos nombre. Xóchitl había sugerido “bábara drai”, pero a mí me suena uno poco extranjerizante. ¿Qué pensáis de “caldo de zopilote”?

 

—No —dijo el rey—. Me parece demasiado prosaico. Me gustaría más “tónico Bayer”... —O “el blanco néctar de las verdes matas” —propuso Xóchitl.

 

—Muy poético, pero un poco largo —observó Papantzin.

 

Tecpancaltizn bebió el resto de la jícara y se limpió los ralos bigotes con el dorso de la mano.

 

—O “consomé de Babilonia” —dijo entre dos discretos hipos.

 

El monarca se incorporó de su asiento y le pasó amigablemente un brazopor encima del hombro al noble anciano.

 

—Mire, mi buen Papantzin; usté se va ahorita como de rayo por las otras, y mientras tanto Xóchitl y yo seguimos pensando nombres...

 

Papantzin hizo una profunda reverencia —¿qué otro remedio le quedaba?— y salió a buscar una tanda de catrinas, tomillos y cacarizas. Acto seguido, Tecpancaltzin se le acurrucó a Xóchitl.

 

Según la leyenda, el anciano hizo como quince viajes, sugiriendo nombres tales como “pulmonil”, “tiamapa”, “nectarífero”, “caldo de oso”, “consomé debigote”, “tiachique” y “tlachicotón con moscas”, “agave cola”, “pulman”, “pulmón”, “mal comprendido”, “el lión de los caldos”, etc., pero a cada nueva denominación Tecpancaltzin decía que no, y mientras tanto continuaba agarrado a Xóchitl.

 

Por eso es que el pulque tiene tan vasta nomenclatura

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de Episodios Nacionales en Salsa Verde”.

 

 


 

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