Ven a mi mundo

 

   De aquí y allá    

 

 

Los niños y el circo *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

A los niños les encanta el circo porque es un espectáculo no apto para menores. Se insiste mucho en que los niños no vean ciertas películas porque hay asesinatos o enredos eróticos, o porque aparecen señoras luciendo determinado número de metros cuadrados de sonrosada epidermis. Pero en cambio se les permite admirar cómo un señor con capa y chistera se traga un sable, un acróbata se lanza al espacio en bicicleta desde una altura de veinte metros o un jefe comanche dibuja con puñales la silueta de una dama en bikini sobre una pared de cartón.

 

¡Qué ejemplos más tentadores para un chico avispado y con tendencias homicidas o suicidas, como suelen ser casi todos los chicos de esta era atómica! Al llegar a casa tratará de engullir el cuchillo de la cocina, de lanzarse en triciclo escaleras abajo y de probar –valiéndose de proyectiles adecuados- el número sensacional del tirador de puñales con el hermanito más pequeño o en su defecto con el hijo de la criada.

 

También les entusiasma ver al domador de fieras con un látigo en la mano, haciendo que éstas se encaramen sobre un taburete. O mejor aún, que el domador meta la cabeza en la boca de un león o haga saltar a un tigre por en medio de un aro ardiendo. Claro que son contados los niños que tienen leones o tigres en casa para ensayar el número, pero en cambio son muchos los que disponen de perros y gatos. Y a falta de aros ardiendo, siempre se les puede prender fuego a las cortinas de la sala.

 

Luego viene el número de los trapecistas. La chica que se columpia en un trapecio a veinticinco metros de altura sobre el nivel de la pista, indudablemente despierta en el niño ideas más morbosas que la actriz de cine que representa papel de vampiresa, y tiene amores y apapachos con un señor gordo que es director de banco y con un joven delgado que es su amigo. De ella. O de ella y del director de banco al mismo tiempo. Al niño le tienen sin cuidado las vampiresas y, además, su padre se cuida mucho de no tener una en casa. Pero en cambio en la sala hay una lámpara de diez brazos, la cual, mediante un poco de ingenio para llegar a ella -y para eso se hicieron las sillas y las mesas- reproduce estupendamente el vaivén del trapecio, con la añadida emoción de que se puede venir abajo arrastrando de paso medio techo.

 

Después viene el número del hombre-proyectil, que sale disparado de un cañón. A falta de cañón, el cesto de la ropa sucia suple sus veces si se le coloca en un ángulo adecuado en lo alto de la escalera. Y qué decir de los acróbatas que saltan sobre los lomos de caballos que trotan alrededor del ruedo. Y del hombre que come vasos de cristal, masticándolos a conciencia. O el malabarista que se mete una antorcha encendida en la boca. .. En fin, que no sigo citando casos para no dar más ideas a mis lectores infantiles, y que después me busquen sus padres látigo en mano.

 

Lo único que puedo añadir es que el circo es un espectáculo mucho menos apto para menores que todos los conjuntos de coristas del Follies Bergere de París y que todas las películas suecas. Lo cual no significa, ni mucho menos, que proponga llevar a los niños a la función de medianoche para ver a una colección de estupendas señoras, en cueros y emplumadas, que salen al escenario moviendo rítmicamente el brazo derecho en sentido horizontal y cantando aquello de “París, tara ta táta... “, como lo han venido haciendo desde fines del siglo pasado.

 

Ese -y las películas de condescendientes rorras escandinavas- son espectáculos reservados exclusivamente para los papás, a quienes no les interesan los tragasables.

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Cien años de humedad”.

 

 


 

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