Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

Niños gordos *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Durante una conferencia sustentada hace algún tiempo en Hamburgo, el doctor Otto Wolff, profesor de pediatría e higiene infantil de la Universidad de dicha ciudad, declaró que el número de niños gordos va en constante aumento, lo cual constituye un motivo de preocupación para el estado.

 

Lo anterior viene a dar al traste con una vieja teoría vigente hasta hace poco, en el sentido de que la ilusión de todos los padres de familia era que sus hijos estuvieran gordos. La falta de carnes siempre estaba considerada como indicio de mala salud, y en cuanto a un crío empezaban a señalársele las costillas, hacía aparición inmediata la botella de emulsión de Scott, de aceite de hígado de bacalao o el frasco de vitaminas de colores.

 

“¡Come!, ¡Come!, ¡anda, come más!”, era la eterna cantinela cuando el niño hacía un mohín de desgano y apartaba lejos de sí el plato de sopa o de papas hervidas. “Estás más flaco que un cesante”, le reprochaba la madre; “mira en cambio a Leovigildo, el de los vecinos; ese chico está más gordo que Santa Claus; ese niño está que revienta de salud”…

 

* * *

 

Pues ahora, al conocerse los notables adelantos de la pediatría, las madres van a llevarse la sorpresa de su vida, al saber que le vástago que parece palillo de dientes está mucho más sano que el barrigón de Leovigildo. Según los descubrimientos del doctor Wolff, los niños obesos están más propensos a las enfermedades que los delgados, además de que tienen mayores probabilidades, de continuar siendo gruesos de mayores, de padecer toda clase de achaques y enfermedades, además de los peligros y las incomodidades inherentes a la gordura.

 

De acuerdo con las teorías del pediatra alemán, el exceso de niños gordos es un fenómeno característico de los países de alto nivel económico. En Inglaterra, por ejemplo, el tres por ciento de los niños en edad escolar pesan más de lo normal, en Alemania (Occidental, claro, pues en la Oriental casi no hay que comer), el cinco por ciento; y en Estados Unidos, el porcentaje se eleva a un alarmante diez. El exceso de calorías, proveniente de una alimentación excesiva, es la causa de esa obesidad infantil, si bien parece que también intervienen ciertos factores psicológicos: el niño que vive rodeado de abundancia tiende a comer más, por un deseo subconsciente de participar en la prosperidad de sus mayores. O sea que si usted, por azares de la política o buena suerte en la lotería empieza a colmar su mesa con jamones, pasteles, pavos trufados, lechones al horno, pate-fois-gras, bombones y helados de pistaches, etc., no le extrañe que a los pocos meses se les salten los botones de los pantaloncitos a sus hijos -y a usted también-, en su afán de compartir la prosperidad que los rodea.

 

Agrega el doctor Wolff que los niños gordos, además, son muy sensibles a las bromas y las burlas de sus compañeros y amiguitos, lo cual determina que se retraigan de los juegos infantiles, y en vez de andar correteando y subiéndose a los árboles y las bardas como los demás, se van por ahí a comer un filete de ternera con papas fritas y una docena de pastelitos rellenos de crema. Esto, como es natural, los hace engordar todavía más y al ponerse como baloncitos, aumentan las cuchufletas de los otros chicos, lo cual hace que los agraviados, para desquitarse, se larguen a un restaurante y pidan una ración doble de pizza napolitana, seguida de una fuente de spaghetti al pomodoro. Lo cual, etc., etc., y así hasta el infinito… O hasta la indigestión.

 

En consecuencia, el doctor Wolff recomienda que no se haga comer a los niños más de lo que buenamente apetezcan, y que se les reduzca el menú en cuanto empiecen a engordar. En vez de atiborrarlos, hay que mantenerlos a media ración. Medidas que, a no dudarlo, serán recibidas con aplauso y gritos de júbilo por la gran mayoría de padres de familia mexicanos, ahora que el precio del aguayón se ha puesto a la par con el del uranio. Al paso que vamos, no será difícil que nuestros hijos sean los más saludables del mundo, gracias a la semi-inanición a que están condenados por los precios de las subsistencias, con la ventaja de que podremos exportarlos a los países superdesarrollados en calidad de percheros o de semáforos.

 

 

 

 

 

Fuente: Marco A. Almazán, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Y sigue la mata dando”.

 

 


 

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