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  De aquí y allá     

 

 

La mujer y los zapatos *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Uno de los grandes misterios de la Naturaleza lo constituye la manía que tienen las mujeres de comprarse zapatos y más zapatos, para luego quitárselos en la primera oportunidad que se presenta. Excepción hecha de mi tío don Hilarión Segundo -a quien tomaron por japonés en la Segunda Guerra Mundial debido a su tipo decididamente otomí, e hicieron caminar descalzo y a punta de bayoneta dieciocho leguas en pleno Mezquital, lo cual desde entonces le produjo la obsesión de comprarse zapatos cada quincena-, los demás mortales de sexo masculino adquirimos calzado una o dos veces al año y conservamos tales prendas hasta que materialmente se nos sale un dedo de fuera. Y lo que es más, una vez que nos ponemos los zapatos por la mañana ya no nos los quitamos sino hasta acostarnos por la noche. Especialmente los gordos, para quienes la maniobra de calzamos va acompañada de resoplidos, alteración del pulso, transpiraci6n abundante y vislumbre de luces sicodélicas.

 

Las señoras, en cambio, tienen la compulsión de comprarse zapatos cada tercer día, para luego quitárselos cada tres minutos. En las paradas de los autobuses, en los andenes del “metro”, en las colas del cine o del supermercado, es frecuente observar cómo sacan un poco el pie de un zapato y luego repiten el proceso con el otro.

 

Algunas lo sacan del todo y mueven los dedos como si estuvieran haciendo ejercicio o diciendo adiós a un enano. Dentro .de los cines y los teatros, casi todas las señoras se quitan los zapatos en cuanto se arrellanan en la butaca, viniendo después el problema de encontrarlos. Yo tuve una novia, pelirroja y pecosa ella, que en cuanto presentía el final de la película me daba un codazo en las costillas y me hacía ponerme a gatas para localizarlos con el resultado de que en más de una ocasión salimos de la sala con tres o cuatro pares distintos, ninguno de los cuales era el suyo, ya que también hay damas que se dedican al perverso deporte de patear por debajo de las butacas los zapatos de las vecinas.

 

Al llegar a casa, lo primero que hacen las mujeres es quitarse los zapatos. La mía se los zafa con un diestro golpe de talón y luego los dispara con una fuerza y un tino que harían a Pelé ponerse verde de envidia. Bueno, si no fuera negro. Una vez le dio mi dueña y señora en un ojo al novio de la criada, que solía instalarse con ella (con la muchacha) a ver televisión en la sala, lo cual tuvo como consecuencia inmediata que nos quedásemos sin servicio durante seis meses. Desde entonces, el joven galán viene a casa cada fin de año, con bastón blanco y perro guía, para deseamos felices pascuas y a recibir el aguinaldo que yo acabo de cobrar.

 

Además de la costumbre de quitarse los zapatos en cuanto pueden, las señoras también suelen sentir aversión o antipatía por determinado par:

 

- i Ay, cómo me chocan esos zapatos beige clarito con la hebilla al lado! -dice una dama con rencor africano.

 

- ¿Por qué no los tiras a la basura o se los regalas a la muchacha? -pregunta ingenuamente su marido.

 

- ¿Estás loco? ¡Con el trabajo que me costó encontrarlos y la fortuna que pagué por ellos!

 

Porque, curiosamente, son los zapatos que más tardan en adquirir probándose todos los modelos de todas las zapaterías de la ciudad- los que después se quitan con más frecuencia o relegan al olvido en un rincón del closet. Lo lógico sería que los quemaran o los tirasen por la ventana, si tanto las hacen sufrir. Pero a ver quién de ustedes obra con lógica, guapas mías.

 

Al respecto, recuerdo una ocasión en que me atreví a sugerir a doña Bracamontes Averno, mi suegra -campeona internacional en el arte de quitarse los zapatos y muchas otras cosas con la moral reñida- acerca de la conveniencia de andar descalza. Esa misma tarde fue y se compr6 un par de botas hasta las rodillas. Y las cargó a mi cuenta, claro.

 

 

 

Música de fondo: “La sirenita”, tema de Rigo Tovar; Matamoros, México.

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Eva en camisón”.

 

 


 

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