Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

La mujer de los ojos verdes *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

La conocí en una de tantas reuniones sociales a las que se ve uno obligado a asistir por compromiso. Antes de que me la presentaran la estuve observando largo rato; y ella observó que la estaba yo observando. Estaba- sentada a unos cuantos metros frente de mí y de cuando en cuando cruzaba una pierna estupenda sobre otra que no estaba menos estupenda para hacer juego, seguramente. Repito que ella tampoco me quitaba la vista de encima, aunque no creo que haya sido por mis piernas. En primer lugar porque no las tengo estupendas, y en segundo porque no puedo cruzadas, ya que me lo impide la barriga.

 

Su cabellera color caoba descendía en cascada sobre unos hombros maravillosos que, al igual de sus brazos, la espalda y una generosa epidermis dejada al fresco por el escote, conservaba el tinte canela que deja la temporada veraniega en alguna playa de moda. Sus ojos eran verdes y luminosos, enmarcados por unas pestañas postizas de ensueño. Su bolso también era verde, pero no luminoso ni tenía pestañas.

 

Agréguense a todo esto unas medidas 95-60-95 Y se comprenderá el por qué de mi taquicardia al contemplarla, sobre todo porque ella tampoco apartaba la vista de mi esférica persona.

 

Yo tenía a mi lado un señor latoso que me hablaba de cálculo infinitesimal y resistencia de materiales, y ella tenía a su propio lado a una señora gorda que con toda seguridad le estaba diciendo lo imposible que se ha puesto el servicio doméstico. Hasta que apareció Pedrito, ese ángel de la guarda y director de protocolo que nunca falta en las reuniones sociales y cuya misión en la vida parece ser la de presentar personas. Se acercó a saludar a la escultural mujer de los ojos verdes. Ella debió decirle algo acerca de mí, ya que Pedrito volvió la cara y me miró muy sonriente: Cuchichearon unos minutos y después la mujer se levantó de su asiento. Pedrito la tomó del brazo y, muy sonrientes los dos, se dirigieron a mí. Yo dejé al señor pesado con una ecuación en la boca y me incorporé del asiento como si me hubiera picado una hormiga arriera en el traspuntín.

 

Pedrito hizo las presentaciones de rigor y luego se esfumó discretamente, para seguir haciendo presentaciones por otro lado.

 

-Tenía yo especial interés en conocerle –me dijo Ojos Verdes con una voz medio ronca que hizo que se me erizaran todos los pelos y vellos del cuerpo.

 

-Y yo a usted -repuse con el corazón en la garganta.

 

-Me han hablado mucho de usted –continuó ella sonriendo con una sonrisa de madona-. Por visto es usted muy popular con las mujeres; tiene docenas de admiradoras.

 

-¿Quiere usted que nos tomemos un whiskey? -carraspeé, para disimular mi turbación.

 

-Los que quiera -volvió a sonreír la preciosa mujer-. Nos dirigimos al bar, pedí las bebidas y, dentro de mi euforia, le di al cantinero una propina de cincuenta pesos, los únicos que traía. Después conduje a Ojos Verdes a un rincón apartado, oscuro y estratégico.

 

-Es usted un hombre muy interesante –volvió a sonreír, pasándose una lengüita deliciosa por los labios después de beber un sorbo de su vaso-. Es usted el clásico tipo del intelectual. Tengo entendido que ha viajado mucho.

 

-Así es -dije sacudiendo la ceniza de mi cigarrillo con la uña del meñique-. Algo llevo trotado por el mundo.

 

-Y por el grosor de sus lentes, imagino que ha de leer a lo bestia.

 

-También es verdad -repuse atizándome un buen trago de whiskey-. Dos debilidades tengo en la vida: los libros y las mujeres de ojos verdes.

 

Nuevo sorbito y nueva sonrisa.

 

-Me encantaría hablar con usted -me murmulló casi al oído-. Pero en privado y de preferencia a solas. ¿Dónde y cuándo podemos vemos?

 

-Donde y cuando tú quieras -dije yo, ya con la mirada turbia.

 

-Me llamo Cordelia -rió la real hembra con risa clara y cristalina-. ¿Le parece bien mañana a los once en su despacho?

 

La hora y el sitio no me parecieron de lo más romántico, pero se comprenderá que a esas alturas no estaba la cosa para andar con titubeos ni melindres.

 

-Hecho -le dije dándole mi tarjeta. Después nos despedimos, con el horizonte cuajado de promesas.

 

Al día siguiente acudió ella muy puntual a la cita convenida. Pero en esta ocasión no hablamos de vaguedades. Ella, por lo menos, fue directamente al grano: en menos de diez minutos me colocó los veinte tomos de la Enciclopedia Británica y ocho sobre La Vida de los Coleópteros, con mil pesos de enganche y doce cómodos plazos de quinientos pesos mensuales. Todos los libros finamente empastados en cartulina verde, como sus ojos.

 

 

        

 

Fuente: Marco A. Almazán, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Ni todo lo bueno ni todo lo malo, sino todo lo contrario”.

 

 


 

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