Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

El mendigo *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

-¿Se puede saber qué es lo que me ha dado usted? -contempló el mendigo la moneda que brillaba en el fondo de su mano.

 

-Una monedita de veinte centavos miré a mi vez, el modesto óbolo que yo le había dado-. Y bien nuevecito; por cierto.

 

-¿Y tiene usted el descaro de creer que esto es una limosna? -hizo un mueca de inmenso desprecio el inconforme pordiosero.

 

-Hombre, yo creo que sí -repuse un poco molesto-. A los pobres siempre se les da una moneda de baja denominación. En mis tiempos se les daba un centavo y se deshacían en bendiciones.

 

-¡En, sus tiempos!, gruñó el mendicante aún más despectivamente-. En sus tiempos imagino que el filete de res costaba diez centavos y no hablo de la gasolina porque con seguridad todavía no existía.

 

-Por lo visto es usted el clásico limosnero con garrote -respondí ya francamente indignado-. Si no quiere la moneda, devuélvamela.

 

El pordiosero ignoró mi sugerencia y se embolsó los veinte centavos.

 

-Lo que soy es el clásico mendigo del Tercer Mundo de mediados de la segunda mitad del siglo XX, señor mío. En otros tiempos, cualquier mendicante moría rico: cuando estiraba la pata de hambre o de frío, como era lo habitual, siempre encontraban entre sus harapos montones de billetes de banco y alteros de monedas de oro. En cambio en la actualidad el pobre muere auténticamente pobre.

 

Igual que muchos ricos –filosofé-. Pero por otra parte no puede usted negar que ahora los indigentes viven mejor que antes.

 

-Naturalmente, como todo el mundo. –Yo tengo mi coche, mi apartamento amueblado, con su cocina integral y mi aparato de televisión, que pago en cómodos abonos mensuales. Pero para ello, tengo que trabajar como un enano.

 

-No lo dudo. Con la cantidad de gente que hay ahora en las ciudades, le caerán muchísimas limosnas. Y una monedita de veinte centavos por aquí, y otra por allá, al cabo de la jornada representarán un buen pico.

 

-No crea usted -dijo el mendigo en tono más conciliatorio-. Pero desde que llegaron esos condenados extranjeros se vino abajo nuestro negocio.

 

-¿Cuáles extranjeros? -pregunté mirando a mi alrededor sin ver a ninguno.

 

-Los greñudos. Los mentados “hippies”. La gente los confundía con nosotros y les daban limosna. Entonces los “hippies” se ponían como tigres y les arrojaban las monedas a la cara, pues decían que dólares o francos suizos o nada. Y como las almas caritativas no tienen dólares ni francos suizos, y cuando los tienen se los guardan, esperando la próxima devaluación, pues entonces se acostumbraron a ya no dar limosna. De paso, como comprenderá usted, nos reventaron a nosotros, los mendigos profesionales.

 

-¡Qué barbaridad! -dije, por decir algo.

 

-Además de que el pedir en la vía pública -continuó el pordiosero- ya no es tan cómodo como era antes, que se tumbaba uno en el suelo con el platillo al lado y sólo tenía que esperar a que fueran cayendo las monedas. En la actualidad, con la maldita manía de las prisas, tiene uno que correr al lado del alma caritativa contándole sus cuitas y sus penas. En ocasiones inclusive tiene uno que prestarles alguna calderilla para el parquímetro del estacionamiento callejero. Lo peor es que, después de recorrer doscientos metros a paso gimnástico, se despiertan el hambre y sobre todo la sed, y entonces tiene uno que gastarse la limosna en bocadillos y refrescos. Usted no me creerá, buen caballero, pero llevo años sin poder ahorrar ni un miserable peso.

 

-Lo de miserable es relativo -volví a filosofar-. Un peso siempre es un peso.

 

-¿Usted cree? -me miró de hito en hito el locuaz pordiosero.

 

Bajo su barba espesa y pringosa creí advertir un gesto de ironía.

 

-Un peso siempre es un peso -repetí autoritativamente.

 

-En tal caso -alargó la mano el pordiosero -démelo usted y no me quite más el tiempo…

 

 

 

Música de fondo: “If I were a rich man”, en español: Si yo fuera rico”;

tema de la obra musical “Feddler on the roof”, en español: El violinista en el Tejado” .

 

 

Fuente: Marco A. Almazán, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Ni todo lo bueno ni todo lo malo, sino todo lo contrario”.

 

 


 

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