Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

Los médicos vistos por los pacientes *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

 

Gimen los pacientes:

 

“Si no morimos de la enfermedad que nos aqueja, de cualquier manera fallecemos del susto al recibir la cuenta”.

 

 

Al salir de la clínica del doctor Serrucho y la Gárgara entrevisto a un señor de cara muy triste, que está sentado en la sala de espera. Después de identificarme, accede a que le haga yo preguntas, si bien pide guardar incógnito evitar que después el médico le extirpe el hipogastrio en airada venganza.

 

– ¿Cuál es su padecimiento? -me pregunta.

 

– ¡Ay, señor! ¿Cree usted que si lo supiera iba a venir a consultar a un médico? Me curaría yo solo, con tecitos y tisanas. Y hasta con chiquiadores.

 

– ¿Cuántas veces ha visto al doctor?

 

– A éste, como cincuenta y siete. Me lo recomendaron como muy bueno, nada más que no me explicaron para qué.

 

– ¿Qué opinión tiene-usted de él?

 

– La de ser un mercader fenicio; aunque eso sí, lo que sea de cada quién, muy acertado.

 

– ¿Acertado en qué sentido?

 

– A que sabe exactamente cuáles son mis ingresos.

 

– ¿Y por qué no va a ver a otro?

 

– Porque todos los demás que he visto han sido iguales, nomás que peores. Este, por lo menos, me deja fumar y tomarme mis copas. Hay otros que empiezan por obligarlo a uno a convertirse en monje franciscano. O en ejidatario henequenero.

 

– ¿Hace mucho que está usted enfermo?

 

– Desde que empecé a ver médicos.

 

– A ver, dígame: ¿cómo estuvo la cosa?

 

– Pues mire usted: yo gozaba de una salud envidiable, pero sucede que soy electricista. Un día entré en el consultorio de un doctor para arreglar un corto circuito, pero como el galeno estaba recién recibido -y ansioso de agarrar lo que cayese- pues ahí tiene usted que antes de que pudiera defenderme ya me tenía sobre la camilla: me tomó la temperatura, la presión arterial y el ritmo de pulsaciones. Me examinó el hígado, el páncreas, los riñones y el peroné. Me auscultó el corazón y los pulmones, me palpó de arriba a abajo y me puso una inyección de caballo en el canal colédoco. Después me dijo que no se explicaba cómo podía yo andar por la calle, siendo que tenía enfermos todos los órganos examinados y aún los no revisados. De paso, me sacó cincuenta pesos.

 

– Bueno –lo consuelo–, no estuvo tan caro.

 

– No – replica–, pero tenga usted en cuenta que esto sucedió hace treinta años.

 

– ¿Y qué pasó después?

 

– Pues nada, que como yo soy muy aprensivo, efectivamente empecé a sentirme enfermo. Estoy suscrito a diversas revistas médicas, y enfermedad acerca de la cual leo, síntomas que siento. Créame usted que yo soy el encanto de los facultativos. A muchos de ellos les he explicado enfermedades nuevas, padecimientos exóticos y males desconocidos, de los cuales no tenían ni la menor noticia. Después me examinan, diagnostican de acuerdo con lo que les he explicado y tratan de curarme, pero en la mayor parte de los casos no pueden, por su prístina ignorancia.

 

– O sea que usted sabe tanto o más que ellos.

 

– Mucho más, mi estimado. Con decirle a usted que en la facultad de medicina me han ofrecido la cátedra de patología. Un buen enfermo: un hipocondríaco profesional, por llamarlo así, sabe mucho más de medicina que un galeno egresado de la Sorbona de París y con cuarenta años de práctica.

 

– Me impresiona usted. Pero dígame: ¿aceptó la cátedra de patología que le ofrecieron?

 

– No, señor.

 

– ¿Por qué?

 

– Porque yo no soy médico. Ya le dije que Soy electricista.

 

– ¿Le gustaría serlo?

 

– ¿Qué?

 

– Médico.

 

– ¡Dios me libre!

 

– ¿Por  qué?

 

– Porque como soy hipocondríaco, le tengo pavor a la posibilidad de contagio. A mí me horrorizan los enfermos. Me enferman los enfermos. Si tuviera que tratar con ellos, con toda seguridad caería enfermo.

 

– ¿Cree usted que los médicos de antes eran más eficaces que los de ahora?

 

– Tanto como más eficaces, no. Pero eran grandes psicólogos, posiblemente sin saberlo, y sabían inspirar confianza y tranquilidad al paciente. Sus métodos eran sencillos y económicos: recetaban cucharadas, polvos, emplastos, ungüentos, baños de asiento, jarabes, lavativas. Sobre todo lavativas. Todos los de mi generación asociamos a los médicos de nuestra niñez con las humillantes lavativas, y a los médicos de nuestra juventud con los terribles lavados de permanganato. Pero por otra parte, aquellos facultativos eran mucho más humanos. Ejercían su profesión, pero también la caridad. Con decide a usted que hacían visitas a domicilio.

 

– ¿Y los de ahora no?

 

– Algunos las hacen, pero cobran tanto por las, que hay que darles el domicilio.

 

– En resumen, amable señor entrevistado, ¿cree usted que los médicos son indispensables?

 

El veterano electricista e hipocondríaco me mira con asombro.

 

– ¡Claro que sí! –exclama–. De no haber médicos, ¿quién iba a extender los certificados de defunción?

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Los unos vistos por los otros”.

 

 


 

Volver a la Página de
Marco A. Almazán

 


 

Volver a la Página de
INICIO

 

© 2012 / Derechos Reservados.