Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

Medicamentos para hipocondriacos *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

El vendedor de productos farmacéuticos tocó el timbre de la puerta, y al aparecer en el umbral la señora de la casa, saludó muy fino levantando unos centímetros su sombrero hongo, que dejó al descubierto una calva sonrosada y reluciente. Después depositó con todo cuidado su maleta en el suelo.

_ Señora, muy buenos días. Soy representante de los laboratorios Pépez, S. A., fabricantes de medicamentos para hipocondriacos. Tenemos entendido que su marido es uno de ellos.

_ Mi marido no tiene carrera _repuso la dama_. Apenas cursó la instrucción elemental y por eso no ha pasado de oficial quinto en los treinta años que lleva de trabajar en Hacienda.

_ No me refiero a profesión, oficio, ministerio o actividad _sonrió el vendedor_, sino al padecimiento llamado hipocondría, afección nerviosa, caracterizada por una tristeza habitual y una constante y angustiosa preocupación por la salud.

La señora miró al hombrecillo del bombín con cierta sospecha.

_ Bueno, ¿qué es lo que quiere usted, señor?

_ Proponerle medicamentos inofensivos para su esposo. Repito que tenemos informes en el sentido de que es hipocondriaco. Es decir, que imagina tener todas las enfermedades conocidas y por conocer, debido a lo cual siempre se está medicinando. ¿No es así?

_ Pues sí _admitió la señora_ Dagoberto siempre está tomando pastillas, píldoras y potingues.

_ Sin estar enfermo en realidad _volvió a sonreír el hombrecillo, esta vez con aire de triunfo.

_ Lo que le enferma son las medicinas que el mismo se administra.

_ Naturalmente. Por eso vengo a proponerle  remedios inofensivos. Si bien no curan nada, puesto que no hay nada que curar, por lo menos no causan daño. Están hechos a base de sacarina y son menos perjudiciales que un caramelo.

_  ¿Y no engordan?

_ Desde luego que no. Le digo a usted que están hechos de sacarina, no de azúcar. Y las materias colorantes que entran en su composición también son totalmente inocuas. Mire usted que línea más variada y atractiva tenemos…

El vendedor fue sacando una serie de pomos, frascos y cajitas, con toda clase de líquidos y cápsulas de diversos colores. Aquello era un arco iris.

_ Aquí tiene usted supuestas medicinas para todo: para el insomnio, las palpitaciones, los cólicos nefríticos, la caspa, la hipertensión, la diarrea, el cáncer, la pulmonía, la peritonitis, el lumbago, la erisipela, la hipotermia, los feocromocitomas de la vejiga, el carcinoma adenoideo quístico, las vascas matinales, la inflamación del nervio glosofaríngeo, la filariosis y el catarro común y corriente. En fin, para todas las enfermedades habidas y por haber que cree padecer su marido.

La señora contempló  la colección de medicamentos desplegados.

_ Desde luego se ven muy bonitos _reconoció_ pero imagino que han de costar un dineral.

_ Nada de eso _replicó el hombrecillo_. Puede usted adquirir toda la línea mediante un módico pago inicial y el resto en cómodas mensualidades.

_  ¿Y si se muere antes mi marido?

_ Nos devuelve usted a su marido, o lo que no haya tomado, y en paz.

La señora reflexiono unos momentos.

_  ¿Pero está seguro de que estas medicinas no hacen daño?

_ Segurísimo, señora. ¿Acaso tengo yo cara de estar enfermo?

_ No _repuso la dama_. Tiene usted un aspecto muy saludable

_ Muchas gracias. Pues aquí donde usted me ve, yo tomo todos estos medicamentos todos los días.

_  ¿Para demostrar al mundo que son del todo inofensivos?

_ No, señora. Es que yo también soy hipocondriaco. Precisamente ahora creo que me va a dar un síncope… ¡Ay!  Se me está  nublando la vista.

El vendedor (que además era un gran actor) se puso pálido y empezó a doblar las piernas. La señora, considerablemente más alta y robusta que él, lo tomo en brazos para impedir que cayera al suelo.

_ Déme usted una pastilla. Cualquiera. Con eso me pongo bien…

Pero el hombrecillo no se puso bien, pues en esos momentos llegó el marido de la señora, que además de ser hipocondriaco era muy celoso, y lo tundió a palos al verlo prendido a su mujer.

 

 

Fuente: Marco A. Almazán, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de El libro de las comedias”.

 

 


 

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