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De aquí y allá

 

 

Matrimonios vegetarianos *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

El “Weekly Advertíser” de Londres, es un periódico famoso por sus anuncios matrimoniales. Columna tras columna, en páginas enteras, hombres y mujeres de todas edades, colores, estaturas y condiciones económicas y sociales se ofrecen como si fueran automóviles de segunda mano o solicitan contraer matrimonio con personas de determinadas características. Hace unos días, por ejemplo, apareció el siguiente aviso:

 

“Vegetariano, rubio de treinta y cinco años de edad, contraería matrimonio con vegetariana morena de veinticinco”.

 

Nosotros no somos vegetarianos, y Dios mediante nunca esperamos serlo, pero ello no significa que no le tengamos gran consideración a los partidarios de las legumbres cocidas. En primer lugar, porque todas las convicciones sinceramente sentidas nos merecen respeto, y en segundo, porque entre más vegetarianos haya en el mundo, más filetes nos tocarán a los carnívoros.

 

Consecuentemente, hemos visto con gran simpatía el anuncio del vegetariano rubio que desea contraer matrimonio con una vegetariana morena, puesto que es síntoma de que se reproducirá la especie, y no sólo por proselitismo. Uno de los grandes problemas con que siempre han tropezado los vegetarianos, aparte del de no encontrar zanahorias hervidas en un momento determinado, es el de hallar pareja adecuada.

 

Se puede pensar que en el caso de un matrimonio mixto, en que el marido sea vegetariano y la mujer no, bastará con que cada uno de los cónyuges siga su propio régimen alimenticio para que todo esté arreglado. Pero no. Si el esposo, por ejemplo, ve a su mujer comiéndose un suculento solomillo o unas chuletas de puerco y piensa sincera y honradamente que la señora se está envenenando, ¿puede reprochársele que intente llevarla por el buen camino, tratando de convencerla de que sólo las lechugas son saludables? Y si, por complacerlo, a la esposa carnívora le dan vértigos de debilidad al cabo de una semana de no comer más que acelgas y colecitas de Bruselas, ¿se le puede censurar que se rebele contra los propósitos de su marido, de convertirla al vegetarianismo, y acabe tirándole una remolacha a la cabeza?

 

La diferencia de convicciones sobre la nutrición puede constituir un semillero de discordias en el matrimonio. Aparte de los agarrones cada vez que la pareja se sienta a la mesa, llegado el momento de la crianza y educación de los hijos se tropezará con el problema de si debe dárseles manzana rallada o carne picada, coliflor hervida o caldito de pollo. El padre vegetariano que encuentra a su hijo royendo un hueso y se lo quita de un manotazo, crea en el niño un tremendo complejo, ya que el chiquillo irá a refugiarse con su madre, y ésta -que fue quien le dio la pata de pollo en primer lugar- se pondrá de su parte y en contra del marido, con más encono cuanto cabe suponer que la señora ya estará hasta la coronilla de verdolagas y calabacitas. La criatura crecerá con una terrible confusión psicológica y alimenticia, y al cabo de los años a la mejor se convierte en antropófago por reacción neurótica, empezando por merendarse a su propio padre vegetariano. Con su poquito de sal y pimienta, pues estará medio desabrido.

 

En cambio, cuando ambos cónyuges son vegetarianos, se asegura una coincidencia básica. Luego podrán venir las diferencias superficiales que son la salsa de todo matrimonio, pero lo fundamental ya estará conseguido: vegetariano él, y vegetariana ella. Ambos completamente convencidos de los daños que acarrean al organismo humano el lomo de ternera y los tacos de buche, y del bien que, en cambio, le produce el chayote. Los dos seguros de que la longaniza es un veneno, y que no hay mejores entremeses que unas rebanadas de [jitomate con sus trocitos de apio...

 

De este modo no habrá discusiones en la mesa, y el rubio y la morena del anuncio podrán contemplarse con ternura por encima de un humeante plato de coliflores cocidas, sin discrepancias sustanciales que enturbien su vegetariana felicidad.

 

 

Música de fondo: “Chícharos dulces”, tema del grupo de rock mexicano Los Rockin Devils.

 

 

Fuente: Marco A. Almazán, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

     Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

     Tomado del libro “Clarooscuro”.

 

 


 

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