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  De aquí y allá     

 

 

La leyenda de Quetzalcóatl *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

_¿Quién fue Quetzalcóatl, la serpiente emplumada? Según la leyenda indígena, fue un señor de tez relativamente clara y con barba estilo “hippie”, a quien los toltecas eligieron por jefe de gobierno en Tula alrededor del año 925 de nuestra era, nombrándolo gran sacerdote con derecho a dejar sus tamemes estacionados donde le diera la gana.

 

Quetzalcóatl, también llamado Topiltzin, construyó cuatro casas de oración, penitencia y ayuno. Una era de madera, otra de coral, la tercera de caracoles y la cuarta de plumas preciosas. Como se ve, en aquella época los mandamases de Anáhuac eran bastante moderados, conformándose con cuatro residencias de materiales rascuachones. Mil y pico de años después, sus sucesores se recetarían no cuatro, sino cuatro docenas de palacetes en el Pedregal, las Lomas, Cuernavaca, Isla Mujeres y Acapulco. Además de sus ranchitos.

 

Quetzalcóatl era de naturaleza reservada y pocas veces se presentaba en público, prefiriendo celebrar sus acuerdos en la intimidad de su despacho. Más aún, antes de preparar su informe anual se recluía en las soledades de la sierra, sin más compañía que la de su secretario particular y dos o tres muchachonas que lo mismo tomaban dictado, que le peinaban la barba, que desempeñaban otras actividades. Muy de cuando en cuando asistía a la ceremonia de inauguración de alguna pirámide, y sólo cada cuatro años hacía acto de presencia en la toma de posesión de don Fidel Velázquez.

 

Quetzalcóatl era enemigo de los sacrificios humanos y sistemáticamente se negó a presidir el repugnante espectáculo, más aún, durante su reinado prohibió la extracción de corazones, inclusive cuando se trataba de llevar acabo un trasplante, lo cual le valió la ojeriza de los tiamacazque, o sacerdotes—matarifes. Estos empezaron a intrigar con los demonios, y los demonios se dedicaron a escarnecer y mortificar a Quetzalcóatl: unas veces se le aparecían a media noche, aullando y pintados de verde, y otras se limitaban a pedirle audiencia para recordarle las promesas que había hecho durante su campaña electoral, con el propósito de volverlo loco, pues entonces, como ahora, era imposible que un gobernante pudiera cumplir con todo lo que promete siendo candidato. Quetzalcóatl, sin embargo, se mantenía inalterable.

 

En su desesperación, los demonios llamaron a Tezcatlipoca, la luna, para que luchara contra Quetzalcóatl. El rey—sacerdote la amenazó con mandarle un Apolo si no lo dejaba quieto. Por último, Ihuimácati y Totécatl lo invitaron a tomar unas copas y consiguieron embriagarlo. Avergonzado de la guarapeta que cogió, Quetzalcóatl abandonó la ciudad, llegó a la orilla del mar y se arrojó a una hoguera, de donde salió convertido en estrella. Hay por ahí chicas que han llegado a lo mismo tan sólo con tener buenas piernas.

 

* * *

 

Hasta aquí la leyenda indígena. Después vienen una serie de lucubraciones y teorías acerca del posible origen europeo de Quetzalcóatl, basadas en tres circunstancias principales, a saber:

a) El hecho de que en todos los relatos oficiales de la época, el monarca—sacerdote aparezca como hombre blanco y barbado.

b) El hallazgo, por los españoles, del culto a la cruz en diversas partes delo que ahora es México.

c) Las profecías del propio Quetzalcóatl, en el sentido de que eventualmente vendrían de Oriente hombres blancos y barbados como él, que terminarían por apoderarse del país y de todas las cantinas y tiendas de abarrotes.

 

En esta forma ha pretendido demostrarse que el enigmático personaje fue un náufrago de las expediciones de vikingos que llegaron a Groenlandia y a la costa de la Nueva Inglaterra antes de que don Cristóbal Colón se saliera con la suya. Lo anterior resulta completamente absurdo, sobre todo si se toma en consideración que los escandinavos beben como cosacos y tienen la mayor resistencia alcohólica del mundo. Si Quetzalcóatl hubiese sido un marino sueco o noruego, con toda seguridad él hubiera tumbado debajo de la mesa a Ihuimácatl y a Totécatl antes de que éstos lograran embriagarlo. Y en vez de avergonzarse de su pítima e ir a incinerarse a la orilla del mar, se le hubiera calentado el pico y hasta la fecha estaría diciendo ¡skol! entre hipos.

 

Otros teorizantes sostienen que el legendario barbudo fue un monje irlandés, a quien una terrible tempestad arrastró desde el río Shannon hasta el Golfo de México. Hipótesis igualmente absurda, ya que los irlandeses siempre le han tenido terror a las serpientes, especialmente a las imaginarias que les hace ver su bronco whisky. Precisamente se convirtieron al cristianismo cuando San Patricio llegó a la isla de esmeralda y la limpió de reptiles. ¿Cómo puede concebirse, entonces, que un irlandés se haya resignado a adoptar el símbolo de la serpiente, y encima de ello emplumada? Los hijos de la verde Erín ya bastante sufren de delirium tremens  para todavía imaginar que uno de ellos iba a convertirse voluntariamente en víbora.

 

Por último, no falta quien diga que Quetzalcóatl fue el mismísimo Santo Tomás, que vino al Nuevo Mundo para catequizar a los pobres indios paganos. De todas las teorías sobre el origen extracontinental del personaje, ésta es la más absurda. Santo Tomás existió en Judea casi mil años antes que Quetzalcóatl en Tula. Y él mismo no creía en milagros.

 

* * *

 

¿Quién fue, pues, Quetzalcóatl? ¿Quién fue ese misterioso hombre blanco y barbado, mitad monarca y mitad gran sacerdote, enemigo de los sacrificios humanos, mal bebedor, que termina incinerándose cual vulgar monje budista a la orilla del mar, para luego convertirse en el lucero vespertino? ¿Quién fue aquel reformador de la religión, fundador de una secta numerosa, que después se transmuta en dios del aire y bajo la advocación de la serpiente emplumada vaticina la llegada de extranjeros con boinas vascas? Nunca lograremos saberlo a ciencia cierta. Aunque por todas las características antes señaladas, no sería difícil que sólo haya sido un engendro del Departamento de Turismo. De ese estilo son sus folletos, sus promociones a base de esculturas prehispánicas hechas de material plástico, y sobre todo sus sicodélicos programas de Luz y Sonido.

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de Episodios Nacionales en Salsa Verde”.

 

 


 

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