Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

La joven tras la ventana *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Como veterano observador que es uno de la conducta del prójimo -y sobre todo de la prójima-, se ve obligado a reconocer que la gente realiza una increíble cantidad de actos superfluos cuando no sabe que la están observando.

 

No hay más que mirar a una familia, a través de una ventana, para darse cuenta de la cantidad de movimientos y actos inútiles que verifican. Por ejemplo, si se disponen a comer y nos tomamos la molestia de contar las entradas y salidas que hace la señora de la casa en nuestro campo visual antes de servir la sopa, nos quedaremos sorprendidos de sus idas y venidas, así como del hecho de que cuando ella misma se dispone a sentarse a la mesa, se vuelve a levantar con un pretexto u otro.

 

¿No han visto ustedes desvestirse a una joven a través de una ventana? Yo sí he visto a una muchísimas veces, sin que ella se percatase nunca de mi existencia. Sin embargo, les aseguro a ustedes que jamás acabé de acostumbrarme a sus evoluciones.

 

Dadas las características de su alcoba y el número de muebles que había en ella, la joven podría verificar en buena lógica no más de ciento diecisiete movimientos antes de meterse en la cama. Sin embargo, aquella muchacha ejecutaba nada menos que tres mil cuatrocientos ochenta y seis movimientos. ¿En qué consistía tal derroche de energía y tan extraordinario barroquismo? Voy a tratar de explicarlo:

 

Cuando uno se quita determinada prenda, digamos los pantalones, los coloca sobre una silla, los cuelga en un gancho o simplemente los deja tirados en el suelo. Cualquiera de estas tres cosas y una sola vez. Pero aquella chica no. Aquella chica se quitaba la blusa, pongo por caso, la colgaba en un gancho, colgaba el gancho dentro de su ropero, daba diez o doce pasos por la habitación -sin rumbo fijo-, volvía al ropero, descolgaba el gancho, cogía la misma blusa -no otra, sino la misma-, se la volvía a poner, daba otros tantos pasos, se quitaba la blusa otra vez y la colgaba en el mismo gancho -no en otro, sino en el mismo-, lo colgaba de nuevo en el ropero, cerraba la puerta del ropero, la volvía a abrir, alisaba la blusa, corría un poquito el gancho hacia la izquierda -o hacia la derecha- y cerraba la puerta del ropero otra vez. Este proceso lo repetía cuando menos doce veces todas las noches.

 

Igualmente se peinaba y despeinaba por lo menos quince veces por sesión. Con los movimientos superfluos que hada nada más para quitarse la falda, otra mujer -digo yo-, se hubiera quedado desnuda por completo; o si esos mismos movimientos se hubieran aplicado a un dinamo, con toda seguridad se generaría suficiente corriente como para electrificar a una pequeña capital de provincia. La operación le llevaba a la joven sus buenos veinte minutos. Después, repetía con la falda las mismas maniobras ya descritas respecto a la blusa. A mí nunca dejó de maravillarme que la puerta de su ropero todavía pudiera girar sobre los goznes.

 

La muchacha también dedicaba buena parte de la noche a poner cosas sobre los muebles, quitarlas de ahí, cambiar de posición dichos muebles y volverlos a la original. Asimismo enderezaba los cuadros en las paredes y luego los ponía como antes estaban. Había uno en particular que alineaba y tomaba a desalinear cada vez que pasaba frente a él, lo cual era algo así como novecientas veces cada noche.

 

La joven aquella tenía infinidad de broches, botones y alfileres. Una noche la vi desabrocharse veintitrés veces en sitios diferentes. ¿Y horquillas? Madre de Dios, yo creo que debería tener algo así como cinco mil. Se las quitaba, se las metía en la boca, se le caían al suelo, las recogía, se las volvía a poner. Era algo como para volverlo a uno loco.

 

Mi ángulo visual era lo suficientemente amplio y privilegiado como para poder captada también frente al espejo en su cuarto de baño, cuya puerta dejaba confiadamente abierta ya que, como antes dije, no sabía que estaba siendo observada, y menos por un varón de tan respetable edad como un servidor de ustedes. Pues bien, la muchacha se lavaba los dientes cada noche por espacio de veintiocho minutos. Se frotaba, se daba masaje en las- encías, hacía gorgoritos, volvía a darse con el cepillo, se enjuagaba, hacía buches y por último se miraba en el espejo y se enseñaba a sí misma los dientes, con gesto que parecía de felino enfurecido o de motociclista de tránsito.

 

Luego venía la maniobra de quitarse los zapatos y las medias. Ya sin dichas prendas –cuyo deshollejamiento también le llevaba su buen cuarto de hora-, se tendía en la cama y estiraba las piernas. Luego las ponía en alto y movía los dedos de los pies, como si le estuviera diciendo adiós a alguien. (Entre paréntesis, un médico búlgaro amigo mío me ha dicho que  éste es un magnífico ejercicio para fortalecer los músculos de las pantorrillas, los muslos y el bajo vientre, así como para eliminar adiposidades superfluas de la región que las personas educadas llamamos glútea, por lo cual no dudo en recomendarlo a mis gentiles lectoras, aunque no tengan que decide adiós a nadie).

 

Después la joven daba vueltas y más vueltas por la habitación, ya descalza. Cuando por fin parecía que se iba a meter en la cama, se dirigía una vez más al tocador para despeinarse y volver a peinarse. Me colmaba tanto la paciencia, que más de una vez estuve a punto de mandada al cuerno y cerrar mi propia ventana. La tensión, como imaginarán ustedes, era verdaderamente intolerable.

 

Y lo hubiera hecho, a no dudado, de no ser que aquella joven tenía la saludable costumbre de acostarse a dormir como su madre la  trajo al mundo, solamente abrazada a un osito de peluche. Lo cual, además de enternecedor, era un espectáculo tonificante, que bien valía tan larga espera y el recuento de sus interminables idas y venidas, vueltas y revueltas por todo el cuarto.

 

 

     

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Eva en camisón”.

 

 


 

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