Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

Invención de la mecanógrafa *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Don Remigio Remington, don Ulpiano Underwood y don Giuseppe Olivetti, tres caballeros de exuberante imaginación y mucho cacumen, habían inventado un extraño artefacto lleno de teclas que, según ellos, servía para escribir a máquina, por lo cual lo llamaron máquina de escribir.

 

Presentado que fue el dicho artefacto a una serie de hombres de empresa, éstos, después de examinado minuciosamente y enterarse de su funcionamiento, dijeron:

 

-Bueno, el aparato nos parece muy ingenioso, pero ¿dónde está la manivela?

 

-¿Qué manivela? -preguntaron asombrados los señores Remington, Underwood y Olivetti.

 

-Pues la manivela para hacer girar la máquina, a efecto de que funcione. Como ustedes comprenderán, nosotros, los ejecutivos, directores y gerentes de empresa, estamos siempre muy ocupados y no tenemos tiempo para ir poniendo los dedos tecla por tecla para escribir una simple carta. Si esto no es capaz de funcionar con un solo golpe de manivela, no nos interesa.

 

Don Remigio, don Ulpiano y don Giuseppe salían muy cariacontecidos de los despachos-de los hombres de empresa, tras de recibir estas crueles negativas. Cosa que, por otra parte, causaba no poco contento y hacía bailar de gusto a un tal don Paco Parker, que por aquellas fechas acababa de inventar la pluma fuente, curioso adminículo que también servía para escribir, sin necesidad de andar desplumando gansos y cargando tinteros, como hasta entonces se había hecho.

 

-Algo le falta a nuestro invento -se dolía el señor Remington.

 

-Es que los hombres de empresa son unos comodines, a quienes encanta que todas las cosas se las sirvan peladitas y en la boca –comentó el señor Underwood–. Son incapaces de desarrollar el menor esfuerzo físico.

 

-Sin embargo, no hay que desesperar-sonrió el signore Olivetti, que como buen italiano tenía enormes bigotes y era muy optimista-. Recuerden ustedes lo que le ocurrió a mi paisano Cristóforo Colombo: todo el mundo lo tiraba a lucas, pero al decimoquinto intento descubrió América.

 

-¿Y si le pusiéramos más teclas? –sugirió el señor Remington.

 

-¿A Cristóforo Colombo? -preguntó escandalizado Olivetti.

 

-No, hombre, no. A nuestro invento.

 

-De ninguna manera -protestó don UIpiano Underwood-. Si algo le sobra a este artefacto, son teclas. Y eso que hemos omitido signos de admiración, estrellitas, espirales, etcéteras y demás caracteres que sólo sirven para expresar palabrotas, especialmente en los textos de los cartonistas.

 

-Con lo fácil que es escribirlas tal como son -dijo don Giuseppe.

 

-Yo creo que lo que necesitamos es un complemento para hacer funcionar la máquina sin que los ejecutivos tengan necesidad de poner ni un dedo sobre ella -declaró teatralmente don Giuseppe Olivetti-. Cuando mi paisano Cristóforo Colombo descubrió América, se valió, además de las joyas de la reina Isabel la Católica y de los conocimientos náuticos de los hermanos Pinzón, de las famosas carabelas Santa María, La Pinta y La Niña.

 

El señor Underwood, que se paseaba cavilando por la habitación, se paró en seco.

 

-¿La Niña? -dijo.

 

-Sí, mi estimado colega -repuso el signore Olivetti-. La Santa María, La Pinta y La Niña.

 

Don Ulpiano se dio una gran palmada en la frente.

 

-¡Ya está! -exclamó-. jUna niña! Lo que tenemos que inventar es la mecanuda.

 

Un escalofrío de emoción recorrió las respectivas médulas espinales de los descubridores, pues inmediatamente intuyeron que por ahí iba la cosa.

 

-Sí -reconoció Remington-. Pero no es precisamente la mecanuda lo que necesitamos, sino la macanota.

 

-No, tampoco es la macanota -rebatió Underwood-. En todo caso sería la mecanófrega.

 

-¡De ninguna manera! -terció Olivetti, que como buen italiano gastaba un enorme bigote y era amante de las cosas y las palabras bellas-. Eso suena horrible. Mejor llamémosla mecanógrafa.

 

Los tres inventores palmotearon de gusto y acto seguido se pusieron a diseñar la primera mecanógrafa. El signore Olivetti trajo a una sobrina suya -que como buena italiana no usaba bigote pero estaba estupenda-, a la cual, después de tres meses de entrenamiento intensivo, enseñaron a escribir en maquina con el dedo índice. De la mano izquierda, porque era zurda.

 

Cuando estuvo lo suficientemente práctica y expedita, la llevaron al despacho del más importante de los hombres de empresa a quienes habían entrevistado previamente. Este señor, al examinar la nueva versión del artefacto, se relamió los labios y exclamó entusiasmado:

 

-¡Esta sí que es una invención maravillosa!

 

Desde luego que me quedo con ella.

 

-Muy bien -hicieron una reverencia a los inventores-. Mañana mismo le enviaremos la máquina.

 

-¿Cómo que la máquina? -preguntó perplejo el hombre de empresa-. Yo me refiero a la señorita.

 

Cual era de esperarse, los señores Remington, Underwood y Olivetti no estaban dispuestos a ceder a la señorita si no se quedaban también con la máquina. El cliente no tuvo más remedio que transigir y de esta manera fue como se colocó la primera mecanógrafa en el mercado.

 

Después vinieron de todas clases, medidas, colores, estilos, modelos, precios, mañas y tamaños. Máquinas y mecanógrafas.

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Eva en camisón”.

 

 


 

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