Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

Invención del cero *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

El cero, como es natural, fue inventado por los chinos hace miles y miles de años, pero puesto en práctica siglos después por un comerciante libanés un día que no entraron ni las moscas en su cajón de ropa, por el rumbo del populachero mercado de la Merced.

 

-¿Cómo va la cosa, ya jabibi? -le preguntó doña Laila, su corpulenta mujer.

 

-De la bedrada -contestó el comerciante rascándose la prominente nariz.

 

-¿Qué hay de esto? -volvió a preguntar la señora formando un círculo con el índice y el pulgar, curioso signo con que solía referirse al dinero.

 

Don Selim, que así se llamaba el comerciante, y quien en sus ratos de ocio gustaba especular con las altas matemáticas, se quedó mirando fascinado el círculo que hacía su mujer con los dedos, a través del cual podía distinguir perfectamente su vestido de percal corrientón.

 

Es decir, que el círculo no contenía nada, al igual que su caja registradora; en otras palabras, el círculo cerrado era la representación del no ser, del vacío, de lo hueco, de lo insustancial, de lo vacante, de lo que no existe ni tiene materia, en fin, del nada.

 

La historia no nos dice qué fue lo que don Selim repuso a su mujer, pues según parece el buen hombre sólo pegó un brinco y salió corriendo a la calle con los brazos en alto, dando gracias a Alá y gritando a voz en cuello que acababa de inventar el cero. (Lo cual no dejaba de ser una exageración, pues como ya dijimos y además era lógico suponer, el cero fue inventado por los chinos siglos antes. Don Selim, por decido así, solamente lo redescubrió).

 

Pero analicemos un poco lo que es el cero, tan escaso de valor como fecundo en consecuencias. A veces la falta de clientela en un cajón de ropa propiedad de un robusto matrimonio libanés puede tener resultados sorprendentes, como ocurrió en el caso que nos ocupa.

 

El cero redescubierto, propalado y puesto en circulación por don Selim Abu Gafar Toufic al-Hassan, fue acogido con aleluyas y gran entusiasmo tanto por las mayorías como por las minorías, ya que vino a facilitar extraordinariamente las cosas. Antes de su empleo, puede decirse que la Humanidad estaba trunca.

 

Las consecuencias de la invención del cero por los chinos y su divulgación por don Selim, fueron realmente prodigiosas: la primera de ellas consistió en que los ejércitos, que hasta entonces sólo tenían nueve hombres como máximo, pudieron traspasar la infranqueable barrera del 10 (o sea del uno seguido por un cero), alcanzando así los gigantescos contingentes humanos que, al participar en las conflagraciones modernas, tanto han contribuido al progreso y avance de la civilización.

 

La educación asimismo cobró gran impulso, ya que los alumnos tuvieron el aliciente de poder sacarse un 10, siendo que antes la máxima calificación que podían obtener era de 9, lo cual deprimía a los alumnos más aprovechados.Por otra parte, el cero contribuyó también a eliminar a los estudiantes más borricos, a pesar de que constituían, como siguen constituyendo, abrumadora mayoría.

 

Los comerciantes asimismo pudieron empezar a traficar con partidas superiores a nueve unidades, logrando así que los precios se desbocaran y llegasen a las sublimes alturas que han alcanzado. Igualmente, primero por aquí, después por allá y más tarde por acullá, comenzaron a surgir los coleccionistas de ceros, especialmente entre los acaparadores, los especuladores y los políticos, que los agarraban al vuelo, como quien caza mariposas y los iban metiendo en sus cuentas bancarias, hasta alcanzar cifras tan impresionantes como las de 1.000,000; 10.000,000; 100.000,000; y aún 1,000.000,000, etcétera, etcétera.

 

Algunos políticos, dirigentes obreros y funcionarios gubernamentales destacaron notablemente en este inocente pasatiempo de acumular ceros en sus cuentas bancarias, sobre todo en instituciones de Nueva York, Miami o Ginebra, prudentemente a salvo de molestas investigaciones y hasta de arbitrarias confiscaciones. En el cero estaba implícito también el uso del teléfono, desde el 001 con que se inició, hasta las monstruosidades que ahora se usan en todas las grandes ciudades del mundo, especialmente si se les agregan las cifras del “LADA”. Yo tuve hace mucho tiempo una amiga austriaca, güerita y muy mona ella, pero residente en Viena, con quien me vi obligado a suspender relaciones, ya que pretendía que la llamara por teléfono cuando menos una vez a la semana. Y su número (con la clave de “LADA), era el 98-43-62-22-012680. Tanto el importe de las llamadas como el tiempo que me tardaba en efectuarlas hicieron prohibitivos mis amores con la guapa muchacha.

 

Pero, volviendo al redescubrimiento del cero, añadiremos que éste automáticamente originó el talonario de cheques, la primera fila de los teatros, los espías internacionales como James Bond, el famoso agente 007, la fabricación en serie, las medidas clásicas de busto, cintura y cadera (90-60-90), el número de votos para los candidatos de los partidos de oposición, las medidas infinitesimales, el termómetro; este último al indicar que subía la temperatura del cuerpo humano, a su vez motivó el invento de las inyecciones y de los supositorios.

 

La invención del cero asimismo hizo posibles los programas espaciales, con presupuestos de cientos de miles de millones de dólares para traer cascajo de la Luna o para fotografiar las soledades de Venus y los barrancos de Marte; la fabricación de la bomba de hidrógeno, con su equivalente a 1.000,000 de toneladas de TNT; la explosión demográfica -3,600.000,000 de seres humanos y varios cientos de miles de millones más de seres inhumanos o infrahumanos-, así como la elaboración de gigantescos presupuestos cuyas cifras no citamos porque de cualquier manera se esfuman. Sin embargo, el hombre debe andar con infinitas precauciones, si no quiere que la explosión demográfica resulte definitivamente cercenada por la explosión nuclear, con el peligro de que estos 3,600.000,000 de seres humanos queden convertidos en un 0.000,000,036 de ser humano.

 

O sea que el buenazo de don Selim Abu Gafar Tufic al-Hassan no supo lo que desencadenó al redescubrir el cero aquel día que no entraron ni las moscasen su cajón de ropa, y en que doña Laila, su corpulenta mujer, le preguntó cómo andaba de faluz, que así se llama en árabe el dinero. Por algo los chinos, raza sabia y prudente, inventaron el cero hace fuilenios, pero barruntando lo que se dejaba venir, después lo desinventaron y lo dejaron varios siglos en el olvido, hasta que vino a hallado de nuevo don Selim.

 

 

Fuente: Marco A. Almazán, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Real y verdadera historia de los inventos”.

 

 


 

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