Ven a mi mundo

 

 

De aquí y allá

 

 

Invención de la “mordida” *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Reinaba en las Españas la católica majestad del señor don Felipe IV, cuando el 24 de junio de 1640 desembarcó en Veracruz, para gobernar en su augusto nombre el virreinato de la Nueva España el excelentísimo señor don Diego López Pacheco Cabrera y Bobadilla, duque de Escalona y marqués de Villena.

 

Era el tal don Diego —cuentan las crónicas—  un hombre que aún estaba en los años de su juventud; alegre, decidor, impetuoso, amigo del borlote y la grandeza; buen catador de caldos, adorador del naipe, espléndido en su trato y muy amante de las faldas. Decíase que en España había dejado más deudas e hipotecas que pelos .traía en la bien cuidada barba; y que ésta fue la razón primordial que lo indujo a dejar el fausto y boato de la corte para venir a Indias, donde era fama que el oro se recogía con cuchara. Por si fuera verdad tanta belleza, el señor duque vino provisto de una pala mecánica.

 

Don Diego tardó la friolera de dos meses en hacer el viaje de Veracruz a la capital del virreinato, ya que en cada sitio por donde pasaba organizaba una movida pachanga y después empleaba tres o cuatro días en reponerse y en rehacerse de fondos.

 

Su fama llegó antes que él a la metrópoli, siendo así que por fin hizo su entrada triunfal por los Indios Verdes” el 28 de agosto, esperándolo ya una suntuosísima recepción que le había preparado lo más florido de la aristocracia y el mundo oficial del virreinato. El jolgorio se prolongó con excursiones a la Plaza de Garibaldi para beber a pico de botella y para oír a los mariachis. Luego hubo retozos en Cuernavaca y por último paseos en yate a la luz de la luna en la plácida bahía de Acapulco. Sin embargo, cuando otros dos meses después por fin se instaló ya de firme en Palacio, recibió la desagradable noticia de que las arcas virreinales estaban más exhaustas que las de un sindicato al cambiar de líder.

 

El duque de Escalona, que era experto en aquello de chupar sangre y agenciarse de fondos, empezó por realizar la colocación de 37,000 ducados en “juros”, los cuales eran una especie de pagarés o bonos del Estado, sin más apoyo financiero que el juramento de la autoridad que los expedía: el virrey juraba que los pagaría, y a la fecha de su vencimiento los perjudicados a su vez juraban que nunca más les volverían a ver la cara de zopencos. Al poco tiempo los cándidos prestamistas primero se hubieran dejado empalar que aceptar otro vale del marqués de Villena; pero como las necesidades de la corte virreinal eran grandes y continuas, el señor don Diego procedió a vender privilegios a los ricos y a esquilmar a las comunidades de indios cual Banco Ejidal con mostachos a la borgoñona. Y cuando estas ubérrimas fuentes también se agotaron, apeló a los jueces que tenían la administración de bienes destinados a capellanías, dotaciones de huérfanos, cofradías de viudas y de señoritas quedadas, exigiendo que todas las cantidades que existieran en caja se pusieran a su disposición para hacer frente a los “fuertes” gastos del gobierno. Lo que no agregaba el excelentísimo señor virrey era que la mayor parte de estos fuertes gastos se iban en mantener el boato de su corte y en engordar sus cuentas bancarias personales en el extranjero.

 

“El recurso de sacar a remate los oficios públicos dice don Vicente Riva Palacio en su monumental obra «México a Través de los Siglos» se extendió hasta poner en almoneda todo cuanto era vendible, incluyendo las licencias para tener y llevar esclavos; también se exigió el pago adelantado de impuestos y las contribuciones que se pagaban por encomiendas de indios. Obligóse a negros y mulatos libres a inscribirse en un registro, mediante pago de cierta cuota; esto produjo igualmente fuertes cantidades, llegándose a vender hasta los títulos de villas y ciudades, que algunos poblachos compraban a alto precio para lisonjear la necia vanidad de sus vecinos, o para despertar la envidia de poblaciones rivales.”

 

“El fausto y el desorden reinaban en el Palacio de los virreyes -sigue diciendo el autor antes citado--. No se atendía en el despacho a más negocios que aquellos con esperanza de lucro y ganancia para las cajas virreinales, para el duque mismo o para sus validos y favoritos. Los pobres, los desvalidos y los indios no tenían acceso con el excelentísimo señor virrey. En cambio los parientes y amigos del duque de Escalona acumulaban cada uno de ellos grandes sueldos por empleos, comisiones y oficios que no podían desempeñar, pues cada uno tenía varios a la vez, no por su mérito, sino por el favoritismo y el cohecho. La alhóndiga se la dio a un influyentazo, que bien pronto la convirtió en un estanco para su provecho personal, donde los víveres se revendían a muy elevados precios. Una especie de lo que siglos después sería la pródiga «Conasupo»; otro obtuvo la concesión de fuentes y cañerías públicas, con la que hizo especulación tan escandalosa, que una carga de agua llegó a valer hasta tres reales; el abasto de carnes y el «juzgado de pulques> también fueron objeto de lucro. Como era natural, en todos estos negocios y trinquetes el señor duque tenía tajadas muy considerables. “

 

Total, que aquello parecía gobierno revolucionario.

 

A principios de 1642, cuando se habían agotado los “juros”, las contribuciones extraordinarias, la concesión de contratos y la venta de títulos y de empleos “aeronáuticos”, el señor don Diego López Pacheco y Bobadilla, duque de Escalona y marqués de Villena se vio súbitamente atacado por una extraña y molesta enfermedad en las encías, cuyo resultado final fue la pérdida de las pocas piezas dentales que le quedaban. Posiblemente haya sido piorrea, pero en aquella lejana época aún no existían dentífricos con anuncios cantados; así pues, el caso fue que a las pocas semanas el señor virrey tenía que alimentarse a base de atoles y productos “Gerber”; esto hubiera sido molesto para cualquier persona, pero para un gastrónomo y sobre todo para un tenorio de su categoría, tal situación resultaba intolerable.

 

 

Lo peor del caso era que en aquellas épocas no existían dentistas en la Nueva España. Los barberos (en el buen sentido de la palabra y no en el de adulones) ejercían adicionalmente el oficio de sacamuelas, si bien sus artes se reducían a extraer la pieza dañada, mientras un ayudante disparaba un pistoletazo detrás del paciente. El susto momentáneo, causado por el estampido, se aprovechaba para dar el tirón final con un par de pavorosas pinzas.

 

 

Sin embargo, ninguno de los fígaros establecidos en la Nueva España se encontraba en condiciones de moldear y fabricar una dentadura postiza que era lo que necesitaba el señor virrey, especialmente para una boca tan delicada como era la suya.

 

 

Solamente en Londres o en China se manufacturaban tan útiles aditamentos, que según parece costaban un ojo de la cara. Para agravar la situación, en aquellos días las arcas virreinales se encontraran más hueras que de costumbre. Don Diego, con los labios tan arrugados cual esfínter de gallina, se tiraba de los pelos y maldecía su desgracia entre sibilantes y salivazos.

 

¡Cheñor! gemía Penchar que no hay ni un ochavo en caja ... Penchar que a la noche nuevamente tengo que merendar chopita... Penchar que no puedo ni apapachar y bechar a Meche.

 

¿Quién es Meche? preguntó por lo bajo uno de los Iambíscones que lo acompañaban.

 

Es su nuevo amor contestó la pregunta otro. Una bailarina española que se llama Mercedes. Su Excelencia la llamaba “Meche” desde antes que perdiera los dientes. Al virrey se le rodó una lágrima.

 

¡Ea, caballeros! anunció al cabo de un rato uno de los validos que le debía al virrey tres casas en el “Pedregal” y varios ranchos diseminados por los alrededores: Es menester que los amigos de Su Excelencia nos coticemos para poner fin a esta angustiosa situación a efecto de mandar traer de Londres una dentadura para don Diego. El que esté conmigo y que esté dispuesto a caerse cadáver con mil escudos como yo que levante el dedo. . . “

 

Veinte dedos se levantaron en el acto.

 

El virrey nuevamente derramó una lágrima no se sabe si de agradecimiento o porque nuevamente se acordó de Meche.

 

Naturalmente que ninguno de sus amigos” ni ninguno de los protegidos estaba dispuesto a soltar ni un maravedí de su propio bolsillo para aliviar la tragedia de su benefactor, pero uno de ellos (que después llegó a ser ministro de la Real Hacienda) tuvo la luminosa idea de recurrir al comercio organizado y a los esquilmados contribuyentes, solicitando un donativo “voluntario” para adquirir la dentadura del señor virrey. A los que no aflojaban de inmediato y de buen grado, siempre se les encontraba que habían infringido el artículo número tanto de la Ley tal y tal, que era copiosa y complicada en la vasta legislación virreinal. Así, de óbolo en óbolo, al cabo de unas cuantas semanas se reun lo suficiente para mandar traer de Londres no una, sino diez mil dentaduras postizas para el excelentísimo señor virrey.

 

El procedimiento resultó extraordinariamente eficaz, al grado de que bien pronto todos los funcionarios y empleados de la administración virreinal se hicieron de sus casitas y sus ahorritos, mediante el simple expediente de hacerse de la vista gorda ante cualquier infracción supuesta o verdadera, siempre y cuando mediara un aporte para la dentadura del señor duque...

 

Este, dicho sea de paso, eventual y afortunadamente volvió a España, luciendo una dentadura de oreja a oreja. Pero en México quedó la costumbre de seguir chupando sangre en nombre de su dentadura, y después en las de sus sucesores. Con el tiempo llegó a ser una verdadera institución nacional, sólo que al sobrevenir la independencia, el nombre del sistema resultó un poco anacrónico y empezó a conocérsele por el más republicano y democrático de mordida”, que es el que conserva hasta nuestros días, en que sigue floreciendo con admirable lozanía.

 

 

NOTA IMPORTANTE: Según los trabajos e investiga eminentes sinólogos, el método antes descrito ya existía en China desde hace siglos, por lo cual puede decirse que, en realidad, la “mordida”, como todo lo demás, también fue inventada por los chinos.

 

 

 

Música de fondo: “La mordida", tema del grupo de rock mexicano.

 

Fuente: Marco A. Almazán, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Real y verdadera historia de los inventos”.

 

 


 

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