Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

El hombre de ciencia *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Los ojos del hombre de ciencia se iluminaron con extraño fulgor.

_ Creo que ahora si _dijo, frotándose las manos.

Acto seguido se dirigió a un extremo de la celda, donde estaba el teléfono que comunicaba directamente con el despacho del director.

_ ¿Señor director?

_ Al habla. ¿Qué se le ofrece ahora, profesor?

_ Un poquito de salsa de tomate. ¿Sería usted tan amable de enviármela lo antes posible?

El director del manicomio tapó la bocina con una mano y sonrió al visitante que tenía en su despacho.

_ Esta es una oportunidad dorada para ver el caso más extraordinario que tenemos en el sanatorio. ¿Está usted dispuesto a acompañarme?

El visitante asintió con una ligera inclinación de cabeza. El director del manicomio retiró la mano de la bocina y habló con voz meliflua.

_ ¿Salsa de tomate? Por supuesto, profesor. Ahora mismo se la llevo a usted, personalmente.

El director del manicomio sacó una botella de salsa de tomate de una gaveta de su escritorio e invitó a su visitante a acompañarlo.

_ ¿Sabe usted algo de energía nuclear? _le preguntó, mientras amigablemente le conducía del brazo a través de largos corredores.

_ Muy poca cosa-

_ Tanto mejor. Así no habrá posibilidad de que copie alguna de nuestras fórmulas.

Al llegar frente a una celda, el enfermero de guardia descorrió varios cerrojos y empujó la pesada puerta. En el interior, ante una mesa llena de probetas, retortas, tubos de ensayo, alambiques y muchos otros complicados aparatos científicos, se encontraba un hombre menudo, bastante calvo y cano (en lo que le quedaba de pelo), con gafas de miope y labio babeante. El hombre no se dio cuenta de la entrada del director ni de la visita, por lo cual continuó hablando solo:

_ Je, je…   Antimoniato sulfhídrico, mas propano-dimetil-bióxido de megoncio, con su chorrito de dextro-anfetamina, dos gotitas de excipiente coloreado de ácido  benzoico, más un treinta por ciento de pezuña de gato, y ya está…

El profesor tomó una cubeta que tenía a su vera, y añadió un generoso chorro de agua al menjunje que estaba preparando.

_ H2O, como es natural. Esto nos dará el compuesto bivalente que necesariamente precede a la electrólisis nuclear. Lo único que hace falta es la maldita salsa de tomate para que el bombardeo de positrones origine la reacción en serie.

_ Aquí la tiene usted, profesor _dijo el director del manicomio alargándole la botella.  

_ Muchas gracias. Ahora solo le ruego que se retire, pues podría entrar en el campo magnético de la palangana dio térmica. Creo que este es el experimento definitivo.

El director y el visitante, respetando los deseos del hombre de ciencia, salieron de la celda. El enfermero volvió a correr los cerrojos.

_ El profesor _explicó el director del manicomio_, está tratando de inventar la bomba de hidrogeno.

_ ¡Pobrecillo! _sonrió compasivamente el visitante_. La bomba de hidrogeno se inventó desde hace tiempo. Sin embargo, imagino que el profesor se divertirá horrores. No veo su caso tan patético.

_ Desde luego que no lo es. Por eso le proporcionamos todo lo que nos pide. Además, no hay que perder la esperanza…

El visitante se paró en seco.

_ ¿No hay que perder la esperanza de qué? _preguntó asombrado.

_ De que llegue a descubrir la bomba de hidrogeno _repuso muy serio el director del manicomio.

_ Y en tal caso _inquirió con sorna el visitante_ ¿no tienen ustedes el temor de volar por los aires?

_ No, hombre, no ¿No vio que le echa agua a todas sus mezclas? Por eso le enviamos un cubo lleno todas las mañanas temprano…

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico Excélsior, de la Ciudad de México y de El Porvenir de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de El libro de las comedias”.

 

 


 

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