Ven a mi mundo

 

 

De aquí y allá

 

 

El hipopótamo estrella *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Actualmente se rueda en uno de los grandes estudios cinematográficos de Hollywood una película que promete ser una verdadera maravilla, tales son los millones de dólares que se han invertido en ella. La cinta, sin embargo, requiere en varias de sus escenas la presencia de un hipopótamo, por lo cual los productores cinematográficos se dirigieron al parque zoológico de Nueva York (uno de los más grandes y mejor surtidos del mundo) en solicitud de que se les alquilara uno de estos paquidermos durante un par de semanas, pero las autoridades del zoológico se negaron rotundamente a ello, aduciendo que los hipopótamos, a pesar de su enorme corpulencia, en realidad son animales muy delicados, que se enferman fácilmente si se les altera el ambiente en que están acostumbrados a vivir.

 

En consecuencia, los productores enviaron sus agentes al África, en busca del hipopótamo más grande que pudieran encontrar. Tras dilatadas pesquisas, consiguieron hallar uno verdaderamente ideal, con el volumen y la apariencia que requerían. Su precio, sin embargo, estaba en proporción con sus dimensiones: los dueños del bicho pedían la friolera de cincuenta mil dólares, más seguro y gastos de manutención. Después de muchos regateos, a base de cablegramas y conferencias telefónicas (en que se gastaron otros varios miles de dólares), los productores convinieron en pagar lo que se les pedía, ya que mientras tanto el rodaje de la película estaba interrumpido y la empresa perdía sumas fabulosas a la semana.

 

Una vez adquirido el hipopótamo, surgió el problema del transporte. El paquidermo no cabía en ningún avión comercial, por lo que hubo que hacerle una jaula ad hoc a efecto de que pudiera viajar por barco de río, ferrocarril, vapor y camión, del centro de África a Hollywood vía Nueva York. En estos menesteres se fueron otros treinta mil dólares, sin contar con que el rodaje de la cinta continuó interrumpido –aunque todo el mundo cobraba, desde el director hasta el chiquillo que reparte píldoras tranquilizantes entre los actores y especialmente las actrices.

 

Los propietarios del hipopótamo, conocedores de los hábitos y temperamento del animal, sugirieron que os cuidadores nativos lo acompañaran en el viaje y después lo atendieran durante las primeras semanas en Hollywood hasta que se acostumbrase al nuevo ambiente. Los cuidadores -humildes morenos del Cuarto Mundo- pedían modestamente cien dólares al mes cada uno. Pero ya para entonces los productores de la película estaban hartos de gastar dinero en el maldito hipopótamo y por lo tanto se negaron a contratar los servicios de los guardianes nodriza. El animalito, por lo tanto, hizo el largo viaje solo y su alma, ya que los agentes que habían ido a comprarlo al África enfermaron de paludismo y diarrea, y regresaron en avión a Hollywood.

 

Al llegar a esta ciudad después de dos meses de travesía (durante los cuales el rodaje de la película continuó interrumpido, con los gastos consecuentes), el hipopótamo había adelgazado en forma por demás notoria y daba señales inequívocas de profunda melancolía. Ustedes no saben lo melancólico que se puede poner un hipopótamo. Bueno, yo tampoco, pero me lo imagino. Por principio de cuentas el hipopótamo estrella se negó a salir de la jaula, a la cual aparentemente ya se había acostumbrado. Fue necesario deshacer ésta, pero ni aun así el animal se movía. Veinte hombres tirando de él por delante y otros tantos empujándolo por la retaguardia no lograron desplazarlo ni una pulgada. Nuevas conferencias telefónicas al África para preguntar qué podría hacerse con el armatoste. Mientras tanto, la Sociedad Protectora de Animales amenazó con demandar a la compañía cinematográfica por medio millón de dólares, alegando crueldad física y mental para con el paquidermo. Y al enterarse de esto último, la embajada de Zaire (el antiguo Congo, país de procedencia del hipopótamo) también puso el grito en el cielo y exigió un dineral por daños y perjuicios a uno de sus súbditos.

 

Los exportadores del animal explicaron –por teléfono- que los hipopótamos están acostumbrados a pasarse la vida en el agua, por lo cual sugirieron que se construyese un lago artificial, con el líquido elemento a determinada temperatura, para que el interesado no fuera a coger una pulmonía. Se construyó, pues, el lago con clima artificial (a un costo de cien mil dólares), pero el hipopótamo no mostró ningún entusiasmo. Fue necesario atarlo con cadenas, izarlo con una grúa, llevarlo al borde del lago y echarlo al agua.

 

Con un gran chapuzón el hipopótamo fue a dar al fondo del estanque. Y allí está desde hace varias semanas. Como no sale para nada, los productores de la película tienen la horrible sospecha de que algo ha pasado. Por lo pronto se recriminan uno a otro, por no haber contratado los servicios de los cuidadores nativos, que pedían modestamente cien dólares mensuales por sus servicios.

 

Ahora están pensando en utilizar mejor un perro de San Bernardo, ya que el rodaje de la película continúa interrumpido. Y todos siguen cobrando.

 

 

             

 

Fuente: Marco A. Almazán, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “La dicha que el gallo tiene”.

 

 


 

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