Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

Fútbol femenil *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Agapito Soroche, hombre de bien, contador público aunque sin título, católico, apostólico y romano, de nacionalidad mexicana por nacimiento, afiliado al PRI por inercia, de estado civil casado y al corriente en el pago del impuesto sobre la renta, bebía melancólicamente su cerveza en “El Puerto de Madrid”, cuando entré a ingerir el aperitivo nuestro de todos los días.

 

-¿Qué te pasa, Agapito? -le pregunté al verlo tan triste.

 

-A mí, nada -repuso-. A quien se lo pasan es a mi mujer.

 

-¿Qué le pasan? -indagué extrañado, conociendo la irreprochable línea de conducta de su consorte.

 

-El balón.

 

-¿Cuál balón?

 

Agapito apuró de un trago su espumante vaso de clara y se mesó los cabellos.

 

-A María de la Consolación -me explicó-, le ha dado por meterse a futbolista. Tú sabes que ella siempre fue buena chica. Tontita, pero en fin. Hija de María. En su niñez, terminó la primaria, hizo su curso de corte y confección, enseñó catecismo a los niños pobres de su zona postal y después se casó conmigo, simplemente porque le propuse matrimonio. Luego me dio cuatro hijos y cinco sustos. Nuestra vida conyugal ha transcurrido sin pena ni gloria, con un mínimo de broncas, ya que si ella es la clásica abnegada mujer mexicana, yo me precio de haber sido también el clásico abnegado marido mexicano, que también los habemos.

 

-Siempre los hemos considerado a ustedes como un matrimonio modelo -dije con toda sinceridad.

 

-Muchas gracias, hermano. Sin embargo, el panorama cambió radicalmente desde hace unos días, cuando mi hasta entonces sosegada consorte vio en la tele un partido de futbol femenil.

 

Mi mujer casi siempre se limitaba a llorar con los programas de televisión. “Simplemente María” la hizo llorar mucho más que la muerte de sus propios padres, o que el día en que me despidieron del empleo en Pemex. Pero en esta ocasión no lloró, sino que tomó un cojín de la sala, le dio descomunal patada y lo colocó certeramente sobre el cuadro del comedor que representa la Última Cena. Después anunció con inusitado desparpajo que era la última vez que me daba de cenar.

 

-Ah, caray…

 

-Así como lo oyes. Luego echó una carrerilla por el pasillo, pateando con singular destreza una pelota de los niños, salió al jardín y a colocó en la entrada de la casa. Desde ahí la disparó con un soberbio puntapié e hizo añicos el ventanal de los vecinos de enfrente, a través de la avenida. Fue tal su euforia, que se abrazó de un señor que pasaba y empezó a gritar “¡gol!, ¡gol!, ¡gol!”, como poseída.

 

-¡Atiza! -exclamé-. ¿Había tenido entrenamiento previo?

 

-Ninguno. Ni en disparar cañonazos ni en abrazar a señores desconocidos. Eso es lo notable.

 

“María”, le dije. “Haz favor de llamarme Pelé”, me contestó. “¡Hasta que por fin he descubierto mi verdadera vocación ! Yo sabía que tenía dentro de mí una extraordinaria habilidad para algo, y ahora acabo de descubrirla. Yo no vine al mundo nada más para zurcir calcetines, planchar camisas e ir al supermercado, chato”.

 

-¿Te llamó chato? -interrumpí.

 

-Sí -repuso Agapito sombríamente-. Antes siempre me había dicho “Pito” o “Chipichurris”.

 

-Creo que lo de “chato” es más respetuoso…

 

Agapito Soroche ignoró mi comentario, hizo seña al cantinero para que le abasteciera el vaso y prosiguió:

 

-María de la Consolación me dijo después que el S.C.M.F.F. le había abierto los ojos.

 

-iHuy! -comenté.

 

-El S.C.M.F.F. -se apresuró a explicar

 

Agapito-, fue el Segundo Campeonato Mundial de Futbol Femenil. No vayas a pensar otra cosa. Esa competencia se celebró, como recordarás, en el Estadio Azteca. Estuvieron presentes las selecciones de walkirias de México, Italia, Argentina, Francia, Inglaterra y Dinamarca.

 

-¿Y qué pasó?

 

-Pues que desde ese punto y momento mi mujer se constituyó en futbolista. Todavía no forma parte de ningún equipo, pero ha transformado nuestro hogar en una cancha. Patea todo lo que encuentra por delante. Nuestros hijos ya no son Agapito, Manolo, Pepe y Sófocles, sino el defensa derecha, el centro delantero, el ala izquierda o el portero, según la posición que ocupen en la habitación en un momento determinado. En casa (que es la tuya, si bien no creo que la aguantarías más de dos partidos), no se oye hablar mas que de fauls, corners, tiros desviados y fueras de lugar. No nos deja meter las manos ni para protegemos de uno de sus disparos, y te juro que suelta cada cañonazo que retiembla en su centro la tierra. No queda una lámpara, un cuadro ni un florero sano. A mí me marca “penalty” cada vez que doy un paso o dejo de dado. Si le pido el periódico,' lo agarra, lo hace una bola y me lo pasa con la cabeza. Cada vez que me da un balonazo en la boca del estómago, grita “¡gol!”, y cuando le pedimos de comer, nos hace una seña de esas que les hacen a los árbitros. Con decirte que ya ni siquiera nos queda el solaz de las escaramuzas nocturnas.

 

-¿Por qué? -pregunté, ya francamente escandalizado.

 

-Porque dice que con el transcurso de los años ahora estoy en tercera división…

 

Agapito Soroche se enjugó discretamente una lágrima.

 

-Don Victoriano -le dijo al astur cantinero--: haga favor de servirle a mi amigo la del segundo tiempo.

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de “Eva en camisón”.

 

 


 

Volver a la Página de
Marco A. Almazán

 


 

Volver a la Página de
INICIO

 

© 2012 / Derechos Reservados.