Ven a mi mundo

 

  De aquí y allá     

 

 

La fundación de Tenochtitlan *

 

 

 

 

Marco A. Almazán

 

Siguieron los aztecas su peregrinación hacia el sur, por la carretera nacional Méx—15, pero evitando hasta donde les fue posible las garitas de pago de Caminos y Puentes Federales de Ingresos, con lo cual se ahorraron una fortuna, si bien tuvieron que dar grandes rodeos. Consecuentemente, llegaron al valle de México con algún retraso cuando ya otras tribus se habían apoderado de las mejores tierras alrededor del lago.

 

Hacia mediados de 1255 acamparon los mexica en las faldas de Chapultepec y procedieron a elegir rey. Durante algunas semanas se rumorearon los nombres de diversos candidatos, hasta que la Asamblea Nacional del PAI (Partido Azteca Inmemorial), dio a conocer su tapado, que resultó ser el licenciado Huitzilihuitl, individuo hasta entonces un tanto oscuro y anodino, pero a quien de la noche a la mañana se le reconocieron relevantes méritos como estadista, organizador y revolucionario. Inmediatamente se unificaron los criterios y la tribu entera se lanzó a la cargada Los teponaxtlis funcionaron a todas horas, transmitiendo mensajes de adhesión y las pencas de maguey resultaron insuficientes para dar cabida al alud de jeroglíficos venidos de todas partes del reino, en que se ensalzaban las virtudes del candidato, haciendo resaltar su dinamismo ejemplar, su enorme capacidad de trabajo, su profundo sentido humano, su fecunda actividad, su extraordinaria facultad de organizador, su patriotismo acendrado, su sentido de responsabilidad y su entrega total a la causa de la tribu y del partido. En fin, todos los ditirambos usuales en estos casos.

 

A nadie extrañó, por lo tanto, que el señor Huitzilihuitl resultase elegido por abrumadora mayoría de votos. Poco tiempo le duró el gusto, sin embargo. Las naciones vecinas veían con desconfianza a los recién llegados, presintiendo, quizá, que dados sus procedimientos de aplanadora con el tiempo llegarían a imponerse sobre todas las comarcas ribereñas de la laguna, como efectivamente sucedió. Por lo pronto, los de Xaltocan les declararon la guerra, y tras cruentos combates derrotaron a los aztecas. En la lucha murieron Huitzilihuitl y la reina Xochipan, así como muchos jefes importantes de la tribu.

 

A consecuencia de la derrota, los mexica quedaron sometidos a servidumbre. Pero su dios Huitzilopochtli —que era algo así como el futuro oráculo de Jiquilpan, a pesar de no ser michoacano— les aconsejó que enviasen una embajada al rey de Culhuacán, para pedirle ejidos donde sembrar su maicito y fundar una ciudad. Ante el temor de una expropiación a la brava, el monarca les asignó terrenos baldíos por Tizapán, sin más condición que los tapiaran y se abstuviesen de pintarrajear las bardas con propaganda política. Los aztecas aceptaron —no les quedaba otro remedio— y durante algún tiempo se estuvieron quietos, dedicándose exclusivamente a manufacturar “Mexican curios” para lo que después serían las tiendas de Alí Babá en la Zona Rosa.

 

Tenoch era gran sacerdote de los aztecas y había ejercido el gobierno teocrático desde cuatro años antes de llegar a Chapultepec. Con la elección de Huitzilihuitl, Tenoch pasó a ocupar una oficialía mayor sin importancia, pero después de la batalla con los de Xaltocan y la muerte del monarca, el gran sacerdote recobró el mando y se hizo cargo de la presidencia del PAI. Mientras tanto, ocurrió que los culhua tuvieron guerra con los xochimilcas, a causa de que éstos les estaban quitando turismo, y el resultado fue que se liaron a garrotazos en la gran batalla de Ocolco. Viéndose casi vencidos, los culhua llamaron en su auxilio a los mexica, quienes lucharon con gran bravura y obtuvieron la victoria.

 

El triunfo sobre los xochimilcas, que lograron los aztecas sin armas y sin escudos, a pedrada limpia, les hizo comprender que habían recobrado su antiguo poderío. Inmediatamente se pusieron al brinco con el rey de Culhuacán, y éste los mandó expulsar de sus dominios. Los aztecas se instalaron provisionalmente en Mexicaltzingo, pero ya en plan de a ver qué pasa. Luego se trasladaron a Iztapalapan, después de haber sido perseguidos por toda la laguna, y de ahí salieron hacia Acatzintitlán. Este último sitio no fue de su agrado, ya que les costaba mucho trabajo deletrearlo, y en consecuencia decidieron establecerse en Iztacalco, en calidad de inmigrantes rentistas. Pero como no pudieron demostrar cuáles eran sus rentas, y en cambio se pintaban el rostro y se tronaban sus cigarritos de Doña juanita, Gobernación se les echó encima y les dio un plazo de veinticuatro horas para abandonar el sitio, considerándolos como “hippies” y extranjeros perniciosos. Fue la primera vez que se aplicó el Artículo 33 en el risueño valle de México.

 

Pero Tenoch, que se las sabía todas, les mostró a sus súbditos una moneda de un peso y les indicó que buscasen el lugar donde apareciese un águila devorando a una serpiente sobre un nopal. Los aztecas se lanzaron por todos los ámbitos de la laguna, hasta que dieron con un islote de mala muerte donde efectivamente hallaron la majestuosa ave disponiéndose a merendar. Al principio los exploradores quedaron un tanto indecisos, ya que vieron al águila de frente, con las alas extendidas en toda su gloria, en tanto que el emblema que les había mostrado Tenoch la representaba de perfil, medio jorobada y en una postura un tanto equívoca. Pero el gran sacerdote los tranquilizó, haciéndoles ver que esta última imagen sólo era resultado del espíritu de contradicción de algunos revolucionarios iconoclastas y astigmáticos. El águila de frente, con el gesto altivo y las alas extendidas, fue como la vieron los mexica, y así es como debiera seguir siendo símbolo de nuestra nacionalidad.

 

En plan de paracaidistas, los aztecas se instalaron en el islote un día del año de 1312. Levantaron chozas de tule y paja, y procedieron a la construcción del teocalli. Luego surgió el tzornpantli  y después vinieron los palacios y residencias de los emperadores y los miembros influyentes del PAI. El populacho, para no caerse al agua, se vio obligado a construir chinampas y atraer cascajo de las riberas para ir ampliando la ciudad. Desde el primer momento la Gran Tenochtitlan tuvo que enfrentarse con el tremendo problema del congestionamiento, la falta de espacio y la escasez de transporte. Según el Códice Mendocino, desde un principio se pensó en la necesidad de construir un “metro”, pero la falta de fondos, el papeleo burocrático y la desidia de los municipios determinaron que la obra se pospusiera durante 655 años, hasta que llegó mi general Corona del Rosal, con sus ímpetus de hormiga arriera.

 

La ciudad creció y padeció innumerables calamidades: inundaciones, terremotos, incendios, cuartelazos, motines y algaradas, sitios (pero jamás de taxis), invasiones, huelgas, tolvaneras, hambres y pestes. Supo de regentes avorazados y arbitrarios, de soldadescas extranjeras, tropas revolucionarias, cancionistas a bordo de autobuses, turistas norteamericanos, patrulleros, inspectores de toda clase, pandilleros, motociclistas, mordelones y azules desgarbados, carteristas, halcones y choferes greñudos e insolentes. Sufrió baches, hundimientos, colonias proletarias, embotellamientos de tránsito, conciertos dominicales, adulteración de la leche y pedrizas con los granaderos. En fin, que pocas ciudades en el mundo hubieron de padecer las mil y una plagas que asolaron y asolan a la Gran Tenochtitlan.

 

Posiblemente si Huitzilopochtli les hubiese vaticinado a los mexica lo que se dejaba venir, éstos hubieran matado de una pedrada al pajarito aquél que les cantó “tihuí, tihuí”, y se habrían quedado en la legendaria Aztlán, dejando en paz al águila en su islote.

 

 

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 - 1991. Humorista de sátira fina y aguda.

      Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.

      Tomado de Episodios Nacionales en Salsa Verde”.

 

 


 

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